Capítulo 83
FUEGO CRUZADO
P ero aquello aún no había terminado.
—Escúchame —dijo Jake, agarrando por los hombros con ambas manos a una Stephanie abatida y desconsolada—. Esto es importante. Necesito que esperes aquí mientras busco a Elliot. ¿Puedes hacerlo?
La mano de Stephanie se desplazó hacia su boca. Se limpió la nariz y se restregó las lágrimas que le corrían por las mejillas. —Vuelve… por favor.
Jake no dijo nada más y rodeó el lateral del edificio.
El humo seguía saliendo por el pequeño agujero del tejado como si fuera un volcán, formando rápidamente una densa nube negra a su alrededor y llenando sus pulmones de vapores tóxicos.
Al doblar la última esquina del edificio, empezó a preocuparse.
No se había oído nada desde el interior del almacén después de los disparos.
Ni siquiera se le pasó por la cabeza que Fabian pudiera estar dándoles caza, persiguiéndolos.
En su mente, Bate de Béisbol estaba muerto.
Cuando llegó a la escalera, Jake bajó los peldaños de dos en dos, apoyándose en la barandilla. Al llegar abajo, corrió hacia la entrada del edificio y alcanzó el marco de la puerta antes de detenerse en seco. Un denso muro de humo negro estalló a través del anexo en la base de la L.
Tapándose la boca con el brazo y conteniendo la respiración, Jake se adentró en la construcción. El humo lo cegaba, nublándole la vista. Chocó con la máquina pulpo, lastimándose el hombro, pero continuó a pesar de todo.
La atmósfera, la temperatura y la presión del aire se intensificaron a medida que se acercaba a la puerta del almacén principal.
Una caldera de tonos naranjas, rojos, amarillos y negros ardía en el centro de la nave; las llamas trepaban por la pared en un furioso intento de escapar.
Jake abrió los ojos y buscó a Bridger. Pero fue inútil.
No veía nada, ni siquiera la silla a la que habían atado a Stephanie.
El humo y el calor eran tan abrumadores que le escocían los ojos y la garganta.
¿Has oído hablar alguna vez del benceno, Jake?
—¡Jake! —gritó Stephanie. Él no se había dado cuenta, pero ella lo había seguido hasta el interior del edificio. Tosió violentamente y se protegió la boca con la mano. Con la otra, le agarró el brazo y tiró de él para sacarlo de allí. Para su sorpresa, él ofreció poca resistencia.
Cada vez que veía a un personaje de ficción entrar valientemente en un edificio en llamas en una serie de televisión o en una película, siempre se había imaginado a sí mismo haciendo lo mismo.
Acudiendo al rescate, arriesgando su vida, salvando a otros, emergiendo como un héroe.
Pero la vida no era como las películas. La realidad de la situación era un peligro inabarcable.
Lo que significaba que no era tan valiente como creía.
Además, tenía una familia en la que pensar; en lo que quedaba de ella. Y necesitaba ponerlos a ellos primero.
Si Bridger seguía vivo, ya habría salido del almacén.
Si no, estaba prácticamente muerto.
Los dos salieron al exterior, escapando de las garras del fuego.
Jake se alejó apresuradamente del almacén y se dobló, apoyando las manos en las rodillas, tosiendo y arqueándose hasta que le dolieron el cuerpo y el pecho.
La rápida expulsión de aire de sus pulmones lo mareó y se balanceó de un lado a otro.
Tras escupir un gargajo al suelo, se enderezó y arqueó la espalda, abriendo el pecho y llenando sus pulmones de oxígeno limpio.
Inspirando y espirando profunda, lenta y pausadamente.
—¿Estás bien? —preguntó Stephanie, posando una mano suave sobre su espalda.
Él se giró para mirarla. Tenía la piel ennegrecida por el humo, ocultando sus lágrimas y moratones. Por encima del hombro de ella, Jake vislumbró su coche. Más allá había una comitiva de vehículos policiales que se dirigían hacia ellos a toda velocidad.
—Tú no has matado a nadie —dijo él, mirándola fijamente a los ojos; Stephanie tenía la mirada perdida, rota—. No disparaste a nadie. Cualquier residuo de pólvora es de las otras personas que había allí dentro. Se dispararon entre ellos y tú te viste atrapada en el fuego cruzado. ¿Lo entiendes?
Los ojos de Stephanie se nublaron.
— ¿Lo entiendes? —insistió Jake, sacudiéndola para que reaccionara—. Tú no has matado a nadie. Y no sabes quién lo hizo. Stephanie, necesito que asientas si entiendes lo que te digo.
Los coches patrulla frenaron en seco y un grupo de agentes uniformados corrieron hacia ellos, ladrando órdenes por sus radios, solicitando más dotaciones de bomberos y paramédicos.
Jake volvió a mirar a Stephanie. Ella nunca le respondió.