Capítulo 81
EN EL NIDO DE LAS AVISPAS
A menos de medio kilómetro, con tres minutos de margen.
A lo lejos, a unos cientos de metros por delante, se alzaba un imponente almacén de color beige con tejado inclinado. Frente a él había grandes cubos de basura compactada.
Jake siguió la carretera y, a medida que se acercaba al edificio, el asfalto se volvía irregular y lleno de baches, destrozando los bajos de su coche y la suspensión; en su vehículo de cuarenta años, sentía que cada uno de ellos sacudía su columna vertebral.
En lo alto de una pequeña pendiente había montañas de palés de madera apilados unos sobre otros. Se extendían a lo largo de la carretera, variando en altura y color.
Sin previo aviso, los palés marcaron el final de la carretera y la pista pasó de asfalto a gravilla. Con el almacén a su derecha, Jake redujo la velocidad, sin perder de vista el punto. Solo faltaban unos pocos metros.
Finalmente, detuvo el coche suavemente detrás del almacén principal, fuera de la vista de los palés, donde descubrió un anexo más pequeño adosado a la parte trasera, de modo que toda la estructura tenía forma de L.
Jake puso el freno de mano y se inclinó hacia delante, observando el edificio que tenía frente a él.
Era imponente pero al mismo tiempo discreto, de al menos quince metros de altura, casi tanto como Bow Green.
No había otros coches en las inmediaciones, a excepción de un muro de neumáticos apilados y el marco de una puerta roto y destrozado que yacía en el suelo.
La fábrica y los alrededores parecían llevar tiempo abandonados.
El lugar perfecto para masacrar a gente.
O quizás el lugar perfecto para dirigir un cártel de narcotráfico y trata de personas.
Jake salió del coche despacio, cauteloso y vacilante. Mantuvo un pie dentro del vehículo y puso la mano en la puerta, girando sobre la punta de los pies mientras inspeccionaba la zona, buscando cualquier signo de movimiento o vida.
Nada.
Echó un vistazo rápido a su móvil para comprobar que funcionaba y que tenía cobertura, y cerró la puerta, asegurándose de no echar el cierre. Si necesitaba una huida rápida, no quería sufrir ningún retraso, por pequeño o insignificante que fuera.
Sujetando el teléfono con fuerza en el puño, avanzó hacia una pequeña puerta al final de la L, encajada en el vértice de la unión. Caminaba con sigilo, manteniendo los pies planos para no desplazar la gravilla. Y para reducir el ruido al mínimo.
Al llegar a la puerta, vaciló. Se la quedó mirando un rato.
Y entonces comprendió que debía tener cuidado.
Huellas dactilares. Huellas de pisadas. Marcas de neumáticos.
Fibras de ropa. El espíritu de Edmond Locard le seguía.
Cualquier cosa que tocara dejaría un rastro.
Y si, Dios no lo quisiera, le pasaba algo a Stephanie, entonces él se convertiría en el principal sospechoso.
Más de lo que ya lo era.
Eso era algo que no podía permitirse.
Jake se cubrió la mano con la manga de la americana y abrió la puerta. Las bisagras oxidadas chirriaron, y cualquier esperanza que tuviera de pasar inadvertido desapareció tan rápido como los pájaros que salieron espantados por encima de su cabeza.
La temperatura dentro del anexo era más baja que en el exterior; la estructura metálica irradiaba un aire gélido.
Lamentablemente, sin embargo, el frío no hacía nada para mitigar el olor a basura y estiércol que flotaba en el aire como mierda en un zapato.
Jake hizo una mueca y se frotó la nariz con la manga.
Justo delante de él había una máquina vieja.
No sabía qué era, ni para qué se había utilizado, pero era incapaz de apartar los ojos de ella.
La máquina constaba de un tanque metálico circular con docenas de tubos que brotaban de la parte superior, a la misma distancia unos de otros.
Los tentáculos de pulpo pasaban a varios palmos por encima de su cabeza y atravesaban la pared de metal corrugado a la derecha de Jake, desapareciendo en la sección principal del edificio.
Jake se giró, vio otra puerta en la esquina del extremo derecho y avanzó hacia ella, manteniendo sus sentidos alerta a todo lo que le rodeaba.
Al poner la mano cubierta por la manga en la puerta, volvió a vacilar.
Esta vez, oyó el sonido de un goteo. Al principio pensó que estaba detrás de él, pero tras echar un vistazo a la estructura de pulpo, se dio cuenta de que se equivocaba.
Venía del otro lado de la puerta. Y entonces oyó el sonido de unos llantos ahogados.
El sonido de la angustia.
Stephanie .
Jake abrió la puerta de golpe e irrumpió en el almacén más grande, con el corazón golpeándole en el pecho y resonándole en los oídos.
Bum . Bum . Bum .
Bumbumbum .
Este almacén era el polo opuesto al que acababa de dejar atrás.
Para empezar, era diez veces más grande. En segundo lugar, estaba casi a oscuras, salvo por un hilo de luz que se filtraba por un agujero en el techo.
En tercer lugar, estaba vacío, a excepción de una persona en el centro: Stephanie, atada y sujeta a una silla. Amordazada. Con el cuerpo encogido hacia delante. La cabeza caída sobre el regazo; su pelo era lo único que se veía de ella.
En cuanto se abrió la puerta, levantó la cabeza. Aturdida y jadeante, con una imagen de delirio y miedo grabada en sus ojos.
—Steph… —susurró él, dejando que la puerta se cerrara a sus espaldas.
Corrió hacia ella, sin importarle lo que hubiera a su alrededor ni los peligros que le aguardaban. El suelo estaba resbaladizo por algo que se había vertido sobre él, pero continuó a pesar de todo.
Agua de lluvia, se convenció a sí mismo.
Al acercarse, Stephanie sacudió la cabeza frenéticamente y gritó, con el sonido amortiguado por la mordaza. Su cuerpo temblaba violentamente.
Acortó la distancia.
Tres metros.
Uno y medio.
Cero.
Los rasgos de Stephanie se volvieron más nítidos. Tenía el pelo revuelto. Ríos negros le surcaban las mejillas. Tenía los ojos inyectados en sangre y las muñecas al rojo vivo.
—Está bien —le dijo él, acuclillándose de inmediato detrás de ella y poniéndose manos a la obra con la cuerda que le ataba las manos—. Voy a sacarte de—
Un fuerte chasquido rasgó el aire y resonó por todo el almacén. Jake se quedó helado. Notó la presencia de alguien cerca, pero no sabía dónde. ¿A la izquierda? ¿A la derecha? ¿Delante? ¿Detrás?
Acechando en las sombras.
Trescientos sesenta grados de oscuridad.
Trescientos sesenta grados de anonimato.
Y entonces oyó los pasos, que avanzaban lenta y cuidadosamente hacia él.
Jake giró sobre la punta de sus pies. A veinte metros, caminando desde la misma puerta por la que acababa de entrar él, estaba el hombre al que Jake, en un momento de su carrera, había admirado.
El hombre cuya ilustre trayectoria había aspirado a emular.
El hombre que había tenido la amabilidad de ayudar a su familia.
La Cábala.
Richard Candy.
—Qué detalle por su parte unirse por fin a nosotros, Jake. La cosa empezaba a ponerse interesante.