Capítulo 80
DESAFIAR A LA CIENCIA
Treinta minutos. De lo contrario, su numerito de la novia termina en llamas.
Jake estaba ajeno a todo lo que le rodeaba —los coches, las luces rojas de freno de los de delante, las señales de tráfico que le indicaban el camino— mientras intentaba trazar un plan de contingencia.
Se dirigía al mismo nido que en Cosgrove Estate.
El nido de avispas. Solo, sin refuerzos.
Donde, sin lugar a dudas, iba a salir picado.
Plenamente consciente de los riesgos que corría, se puso en lo peor y decidió llamar a Elizabeth.
Hacer las paces. Sincerarse. Ser un mejor marido. Poner en marcha los propósitos de Año Nuevo con una semana de retraso.
Con un ojo en la carretera y el otro en el móvil, Jake desbloqueó el dispositivo y marcó el número de Elizabeth. El tono de llamada resonó por los altavoces del coche hasta que, finalmente, se cortó. Buzón de voz.
Jake colgó e intentó de nuevo. Nada todavía.
Una tercera vez. Una cuarta.
A la quinta, Elizabeth respondió.
—Ahora no es el momento, Jake —dijo ella. Su voz seguía siendo severa y firme, pero estaba enturbiada por un matiz de zozobra y desesperación. Él intuyó que ella había estado llorando y que se esforzaba por sofocar los sollozos.
—Liz, ¿qué está pasando? Tengo tanto que...
—No quiero oírlo. Es un poco tarde ya.
Jake exhaló profundamente y miró el teléfono, deseando poder desafiar a la ciencia y a la física para atravesar la pantalla y abrazarla.
—He sido un marido de mierda, lo sé, pero tienes que...
—Ha muerto, Jake. Se ha ido. No volverá jamás.
—Liz... —Jake se atragantó.
—¡No volveré a verle nunca, y tú ni siquiera estás aquí!
—Puedo explicarlo...
—Vete a la mierda, Jake.
Y, así de repente, le colgó, dejando el coche sumido en el silencio. Hasta el sonido del motor y el del asfalto bajo las ruedas parecían haberse amortiguado.
Jake golpeó el volante con el puño. La fuerza del impacto desvió la dirección y perdió el control del coche por un instante. Mientras enderezaba el vehículo, evitó por milímetros la mediana metálica que recorría la carretera.
Pero no sin antes preguntarse si debería dejar que el coche hiciera lo suyo. Ver qué pasaba después.
Una vez que recuperó el control del vehículo, Jake volvió a intentar llamar al móvil de Elizabeth. Pero no hubo respuesta. Probó una y otra vez. Todas derivaron al buzón de voz.
—Vamos —dijo Jake mientras lo intentaba de nuevo.
Seguía sin haber respuesta.
Y entonces tuvo una idea. La madre de Elizabeth, Martha. Ella respondería. Por supuesto que lo haría. Solo necesitaba hablar con ella antes de que lo hiciera Elizabeth.
Mientras Jake reducía la velocidad a 70 millas por hora, retiró el teléfono del soporte y navegó por la agenda hasta encontrar el número de Martha. Justo cuando estaba a punto de pulsar el botón de llamada, su teléfono sonó.
Era Stephanie.
Sin dudarlo ni un segundo, respondió.
—¿Diga? —Su voz estaba cargada de nervios.
—Parece un poco asustado, Tanner.
—¿Qué quiere?
—Solo un recordatorio amistoso de que solo le quedan veinte minutos.
Y no mencioné esto cuando hablamos antes —pensé que sería lo suficientemente inteligente como para no hacerlo de todos modos—, pero creo que probablemente sea mejor que venga solo.
Por su bien y por el de Stephanie. Sé que no se le da bien seguir instrucciones, pero ahora le conviene hacerlo.
Solo hace falta una llamada de teléfono y mi gente puede estar en su casa en cuestión de minutos.
Elizabeth. Maisie. Ellie.
—Ni se le ocurra... —siseó.
—El poder está en sus manos, Jake —respondió Candy—. No sea estúpido.
La llamada se cortó. Jake aumentó la presión sobre el acelerador y la velocidad del coche subió hasta su máximo: 90 millas por hora.
Pasó bajo un pórtico que le avisaba de un límite de velocidad de 50 más adelante.
Por suerte, las carreteras estaban tranquilas y Jake pudo mantener su peligrosa velocidad.
Unos segundos después, cuando estuvo seguro de que no había coches delante de él en al menos cien metros, llamó a Bridger. Era la única persona de la que podía depender ahora. La única persona en la que podía confiar.
El mentiroso. El policía corrupto. El drogadicto paranoico.
La única persona en la que podía confiar.
Se estableció la comunicación.
—Bridger, soy yo —dijo Jake en cuanto este respondió—. Necesito tu ayuda. Ha amenazado a mi familia. Necesito que te asegures de que estén bien. No saben que corren peligro. Confío en ti. Por favor.
—Yo... Jake... Es peligroso. ¿No deberías avisar a—?
—Deja de vivir con miedo a él , Bridger. Cuanto más dejes que se te meta en la cabeza, más control tendrá sobre ti. Olvídalo. Ahora hay gente que depende de ti. Yo dependo de ti.
Stephanie depende de ti.
—Jake...
—Esto ya casi ha terminado, Bridger. En cuanto acabemos, se habrá ido para siempre.
Vacilación. Respiración agitada. Un par de fuertes sorbidos de nariz.
—Tu casa. Croydon. Elizabeth y tu familia.
—Eso es, sácalos de allí y asegúrate de que estén protegidos.
—¿Y tú a dónde vas?
Jake apretó con fuerza el volante. Sus ojos se clavaron en el teléfono.
—A terminar con esto.