Capítulo 79
ESPECTÁCULO EN DIRECTO
N o había manuales de entrenamiento para esto. No existían guías de autoayuda que pudieran sacarla de su aprieto. Ninguna preparación habría sido suficiente para equiparla. La ironía era que la única forma de experimentarlo y comprenderlo de verdad era viviéndolo.
A lo largo de su carrera, había oído hablar a mujeres fuertes y poderosas, lo bastante valientes como para compartir sus historias.
Las había escuchado relatar sus calvarios, viviendo los hechos con ellas mientras los narraban.
Sin embargo, siempre se había mantenido a una distancia prudencial, incapaz de captar plenamente el horror y el sufrimiento por el que habían pasado.
Anoche y hoy, sin embargo, todo aquello había cambiado.
La rodeaban trescientos sesenta grados de oscuridad y aire frío.
Grandes y gélidas ráfagas de aire le rozaban los brazos y las piernas.
Gracias a la escasa luz que se filtraba a su alrededor, y a medida que sus ojos empezaban a acostumbrarse al entorno, Stephanie se dio cuenta de que ya no estaba en la comodidad de una habitación pequeña, como hacía veinte minutos.
En su lugar, se hallaba dentro de un gran almacén, con Dios sabe qué acechando en el vacío.
A lo lejos, oyó el agua correr por lo que supuso que era un canalón.
Intentó moverse, pero pronto fue consciente de que tenía los brazos y las piernas atados a una silla de metal, tan fría que le ofrecía un alivio balsámico ante las quemaduras de la parte baja de la espalda, las muñecas y la entrepierna.
—Espero que no esté preocupada —dijo una voz. Parecía venir de detrás de ella. De delante. De su izquierda. De su derecha. De todas partes, rodeándola, cerrándose sobre ella desde todas las direcciones. El eco en aquella vasta extensión de espacio hacía estragos en sus sentidos.
Y entonces oyó pasos. Al principio, pensó que se alejaban, pero luego se hicieron más fuertes, más cercanos.
Y el hormigón sobre el que caminaban sonaba mojado.
Stephanie se inclinó hacia delante y miró a su alrededor.
Vio los charcos en el suelo, que reflejaban los puntos blancos de los agujeros de la estructura superior.
Y entonces, por fin, lo olió.
—No hay necesidad de que se preocupe —continuó la voz, esta vez más fuerte, más profunda, simultáneamente junto a su oído y al otro lado del almacén.
Aguzó el oído, pero las reverberaciones y el eco disfrazaban la voz. No lograba reconocer quién hablaba, aunque estaba casi segura de saber quién era; sus experiencias en las últimas doce horas le decían que no podía ser otra persona.
Entonces, unos segundos después, sintió un par de manos gruesas y firmes que le tocaban los hombros.
Las mismas manos que le habían tapado la boca cuando había intentado gritar.
Las mismas manos que le habían inmovilizado los brazos y la garganta contra la cama.
Las mismas manos que le habían abierto las piernas a la fuerza y habían destrozado todo en su interior.
Stephanie apartó la cabeza bruscamente en un intento de evitar el contacto del hombre. Al hacerlo, alcanzó a verlo detrás de ella. Él la agarró entonces de la nuca, apretó y le empujó la cabeza contra el pecho.
—Alguien tiene prisa —dijo la voz—. ¿Es que no hay romanticismo en lo desconocido? ¿En no saber qué va a ser lo siguiente que le pase? ¿En no saber dónde está? ¿O es simplemente terror puro y duro?
Stephanie permaneció en silencio. El manual sobre negociación de rehenes, a pesar de estar dirigido a personas que se encuentran en el otro lado de la barrera, le habría dicho que conversara con el secuestrador, que le hiciera hablar, que hiciera que se sintiera a gusto porque lo más probable era que estuviera tan asustado como ella.
Lamentablemente, sabía que la realidad era todo lo contrario.
El hombre que tenía detrás no era una especie de animal herido que se hubiera colado en la casa y no pudiera salir.
Él era el animal dueño de la casa y de todo y de todos los que había en ella.
Las últimas doce horas lo habían demostrado.
Manual de instrucciones, es hora de irse.
Y hora de que ella se adentrara en territorio inexplorado, tanto en mente como en cuerpo.
—Me pregunto si nuestro amiguito se habrá dado cuenta ya de que ha desaparecido —preguntó Candy.
—¿Cuál de ellos?
Él rodeó la silla hasta ponerse delante y se posó sobre su regazo; su peso grotesco la aplastaba, transportándola de nuevo a aquella habitación.
—Su pequeño amante. Sabe, tengo un nombre para Jake que nadie más ha oído antes.
Me lo susurro a mí mismo en el baño cuando me enfado con él. ¿Sabe cuál es?
Stephanie permaneció en silencio.
—Candirú. ¿Ha oído hablar de él alguna vez?
Stephanie mantuvo los labios apretados y sostuvo la mirada.
El contacto visual era crucial. El contacto visual le permitía calibrar su reacción. El contacto visual le permitía predecir sus acciones.
El contacto visual, a diferencia de anoche, era potencialmente lo que la iba a salvar.
Eso esperaba. Eso rezaba.
—Un candirú es uno de esos pececitos que nadan a contracorriente por tu chorro cuando estás meando en el Amazonas. Son unos cabrones asquerosos. Se te meten justo por ahí y te causan un dolor de mil demonios. Eso es exactamente lo que Jake me ha hecho a mí.
—¿Le puso a su empresa el nombre de Jake?
Candy metió la mano en el bolsillo trasero y sacó un encendedor.
—Era lo más apropiado, teniendo en cuenta la cantidad de negocios que he perdido, la cantidad de dinero que me ha robado.
Más dinero del que usted va a ver en su vida, especialmente con su sueldo.
—Hizo girar el encendedor entre los dedos—.
Y aquí está usted, una de las personas más cercanas a Jake. Su damisela en apuros...
—Sé cuidarme sola.
—Si usted lo dice... Pero por si acaso, creo que deberíamos hacerle saber que está viva y bien.
Candy dejó caer el encendedor en el regazo de Stephanie, sacó el teléfono de ella del bolsillo de su americana y marcó el número de Jake. Ella recordaba vagamente que él le había exigido el código antes, prometiendo detener el dolor si se lo daba.
—Pongámoslo en el altavoz, ¿le parece? A ver si lo coge.
La llamada sonó y sonó, y cada fibra de su ser se preparó para gritar en cuanto él respondiera. Pero entonces decidió no hacerlo; él se dirigía a una trampa. No tenía ninguna duda de que Candy iba a matar a Jake. Ninguna duda de que...
—Stephanie, ¿eres tú?
Candy se puso el dedo en los labios, recordándole a Stephanie que debía permanecer en silencio.
—¿Stephanie? Steph, ¿estás ahí?
Una sonrisa malévola se dibujó en el rostro de Candy. —Oh, ella está aquí, no se preocupe. Le echa de menos.
Hubo una larga pausa llena de silencio, salvo por el sonido de un motor arrancando de fondo.
—¿Dónde estás? —preguntó Jake finalmente.
—Podría preguntarle lo mismo.
La respiración de Jake se aceleró hasta hacerse audible por el altavoz.
—Intentando encontrarle. En su oficina, de hecho.
Tiene cosas bastante comprometedoras en su nube, Richard.
Y la Veintinueve —supongo que es así como la llama, a juzgar por el número de su muñeca— se ha mostrado muy comunicativa.
Ella lo admiró por la forma en que le hablaba a Candy. Años de dolor y agitación fluían a través de sus palabras. Su batalla de largo recorrido llegaba por fin a su punto crítico.
Con ella atrapada en medio de todo.
—¿Así que se ha enterado? —respondió Candy—. Le subestimé.
—Siempre lo ha hecho. ¿Qué quiere, Richard?
—Una hora y un lugar.
—Dígame.
—¿Ha oído hablar alguna vez del benceno, Jake?
Stephanie no necesitó oír su respuesta para saber que la contestación era afirmativa. De hecho, los tres sabían lo que era el benceno: los analistas forenses habían encontrado rastros de él en la gasolina que Henry Matheson había utilizado para quemar a Jermaine y Frank Graham.
Altamente inflamable.
Altamente peligroso.
—Almacén de Candy Cleaning Services, en Coldharbour. Treinta minutos. De lo contrario, su pequeña novia arderá en llamas.
Candy colgó, lanzó el teléfono por encima del hombro de Stephanie y agarró el encendedor. Mientras el dispositivo se detenía tras deslizarse por el suelo, él hizo girar la piedra. Una sola llama bailó en el aire, ofreciendo un espectáculo exclusivamente para ella.