Capítulo 78
A RASTRAS
P ero Jake tuvo el valor de hacer algo al respecto. Meter un dedo ahí, aflojar el nudo de la soga y echárselo al cuello a La Cábala.
Para lograrlo, necesitaba encontrar al hombre en persona. En su casa. En su coche. En su despacho.
Esto último era lo más probable.
New Scotland Yard era el segundo hogar de muchos de los miembros de mayor rango de la Policía Metropolitana: el comisionado, los subcomisionados, los comandantes y el subcomisionado adjunto.
Era el centro neurálgico de los cuarenta mil empleados.
Dentro de aquellos muros se daban por concluidas las decisiones, reuniones y estrategias.
Y en su primera visita, Jake sintió la abrumadora presencia del edificio.
El mobiliario moderno, la limpieza, las ventanas.
Todo superaba con creces a Bow Green y sus sillas desfiguradas y rotas, sus unidades de aire acondicionado defectuosas, sus ventanas turbias y sus alfombras mugrientas.
Aquel era el lugar donde se guardaba el dinero, mientras el resto se filtraba gradualmente río abajo como la sangre que corre por las venas de un hombre obeso.
Mientras esperaba su turno en la recepción, no pudo evitar pensar que sería un buen sitio para trabajar. Algún día.
La persona que tenía delante avanzó y Jake dio un paso al frente, aclarándose la garganta antes de empezar.
—Necesito hablar con el subcomisionado Candy —le dijo a la empleada, cuya falsa expresión de cara al público empezaba a desgastarse una hora después de haber comenzado su turno.
—¿Tiene usted una cita?
Jake sacó su placa de golpe. —Debería tenerla. Él y yo la reservamos juntos el otro día.
La mujer echó un breve vistazo a la placa y volvió a centrar su atención en la pantalla. No le importaba quién fuera él; podría haber sido el presidente de los Estados Unidos y no habría supuesto ninguna diferencia para ella. Jake era un estorbo y un inconveniente.
Cuéntame algo que no sepa.
—No hay nada en el sistema —le informó la mujer.
—¿Está segura?
Ella le lanzó una mirada de reproche que decía: Sé hacer mi trabajo, gracias.
—¿Sabe dónde está ahora?
Más tecleo. Más ceño fruncido.
—Su agenda dice que está fuera de la oficina en este momento, pero...
—¿Sabe dónde?
Aquello no le gustó. Ni lo más mínimo. Para demostrar su descontento por la interrupción, entrelazó los dedos y dijo:
—Déjeme que consulte mi bola de cristal... —entonces fingió hacer clic con el ratón—. No, por desgracia, no sé dónde está. Pero si habló con él el otro día, llámelo y averígüelo usted mismo.
Jake se alegró de que la comisaría no recibiera muchas consultas de civiles; de lo contrario, solo podía imaginar el tipo de quejas que les llegarían.
Al alejarse, lamentando no haber dicho nada ingenioso para estar a la altura de su beligerancia, Jake sacó el móvil y buscó el último mensaje que había recibido de Richard Candy.
He hablado con mi contacto y está de acuerdo en realizar la operación en el Hospital de Croydon.
Eso le recordó algo.
Elizabeth. Alan.
Había conseguido cargar el móvil por la noche en casa de Bridger y, cuando lo comprobó aquella mañana, había echado un vistazo rápido al aluvión de mensajes de texto y notificaciones de llamadas perdidas, pero se había distraído con el taxi que lo recogía frente a la casa de Bridger.
Cuarenta mensajes de Elizabeth. Todos repitiendo su nombre, con diversas cantidades de signos de interrogación, suplicándole que la llamara.
Luego encontró los mensajes de voz —veinte en total— y empezó a escucharlos. Llamadas acumuladas durante dos días, cada una de ellas cada vez más agresiva, maligna y breve. En la última, pudo hacerse una idea de lo que Elizabeth sentía por él en ese momento.
—Espero que estés jodidamente contento ahora, Jake. Más vale que estés tirado en alguna puta cuneta.
No lo estaba, pero tras oír aquello, le dieron ganas de meterse en una a rastras.
¿Qué clase de marido y padre era? Dos días sin dar señales de vida; dos días sin, al menos, hacerle saber que seguía vivo.
Justo cuando estaba a punto de guardarse el teléfono en el bolsillo y volver al coche, el dispositivo vibró.
Un mensaje de texto. De un número desconocido.
¿Bridger?
Cerca, pero no del todo.
El texto contenía una imagen de Stephanie en una habitación oscura, atada y amordazada. Debajo había un mensaje aparte:
Te quiere con locura. Pero, ¿la quieres tú lo suficiente como para salvarla?