Capítulo 77
LA SOGA
L a soga se estaba aflojando. Por fin permitía que Jake volviera a respirar.
Excepto que el juicio de un hombre decidiría si se apretaría hasta matarlo o si lo dejaría libre.
Todo el trabajo duro, todas las pruebas, todos los amigos que ahora tenía, pendían de las manos de un solo hombre.
La D de Darryl.
El mismo hombre de quien había sospechado que andaba en malos pasos todo este tiempo.
Jake estaba tan castigado por su jefe que empezaba a oír silbidos agudos, el cierre de la puerta de un coche a media milla de distancia, el leve crujido de las hojas de los árboles de fuera. Y sabía que la única forma de salir de aquel hoyo sería lamiendo muchos culos.
Muchos.
Con vacilación, cruzó la entrada de la oficina en Bow Green, recorriendo rápidamente con la mirada a sus colegas. Buscando a Stephanie, pero encontrando en su lugar a Ashley.
Manteniendo la cabeza agachada, Jake pasó junto al equipo y llamó a la puerta de Darryl. La voz ronca de su jefe resonó desde el otro lado.
—Adelante.
La D de Darryl.
La D de Dick Candy.
Darryl había sido exonerado de todos los cargos que ni siquiera sabía que se habían presentado contra él.
Sin embargo, un elemento de duda y sospecha seguía planeando sobre él para Jake como una nube densa y siniestra, a pesar de que ni él ni Bridger habían logrado encontrar ninguna prueba que lo incriminara.
La intuición de Jake no le había fallado nunca hasta el momento, y no creía que fuera el momento adecuado para empezar.
La puerta se abrió, sacándolo de su ensimismamiento.
—Tú… —dijo Darryl, como si fueran dos amantes protagonizando una comedia romántica.
—¿Puedo pasar, jefe? Tengo algo que necesito enseñarle. —Jake levantó una de las mochilas de Bridger en el aire. El hombre había decidido quedarse en Surrey, debido a su paranoia inducida por la cocaína.
Ahí fuera no estoy a salvo, Jake. Podrían venir a por mí cuando menos me lo espere.
Como si no existiera la posibilidad de que le pasara algo a Jake.
Ojalá pudiera ayudarte más. Lo siento.
Darryl se hizo a un lado y Jake entró, tomó asiento frente al escritorio y empezó a desplegar los documentos de la mochila por la superficie.
—¿Cómo has estado? —preguntó Darryl mientras se sentaba enfrente.
¡Genial! He descubierto que podría perder mi trabajo. He destruido mi matrimonio con un beso de borracho. Casi consiguen pegarme un tiro a quemarropa. He visto morir a una mujer ante mis propios ojos. ¿Necesita algo más?
—Bien, señor —mintió. Se estaba convirtiendo en un hábito. —Creo que el tiempo fuera me ha venido bien.
—Me he enterado de lo que ha pasado entre Stephanie y tú.
Jake vaciló y apretó los labios. ¿Cómo podía saberlo?
La D de Darryl. A menos que…
—¿Se lo ha dicho Stephanie?
Darryl asintió.
—No tenía derecho a hacerlo. Elizabeth y yo hemos estado intentando solucionar algunas cosas. No ha sido fácil esta última semana.
Darryl asintió de nuevo, esta vez ofreciendo una especie de reconocimiento y simpatía. —Estas cosas pueden ser difíciles, pero estoy seguro de que podréis arreglarlo.
Eso esperaba él.
Tras una breve pausa, Darryl continuó: —Supongo que quieres hablar de mi correo electrónico…
Si no hubiera descubierto las pruebas que sugerían que Stephanie se había visto obligada a denunciarlo, Jake habría irrumpido allí echando chispas y dispuesto a lanzar unos cuantos ataques verbales a Darryl.
Pero entonces Bridger había acudido en su ayuda y había apaciguado su deseo de empeorar las cosas para sí mismo.
—Estoy aquí por El Cónclave, señor.
—Jake…
—Tengo pruebas.
—Jake, ya hemos hablado de esto…
Ignorando a su jefe, Jake vació el resto del contenido de la bolsa sobre la mesa.
—Está todo ahí. Todo lo que necesita saber.
El Cónclave ha estado trabajando como un alto cargo de la policía durante varios años.
Ha estado justo delante de nuestras narices.
O mejor dicho, justo por encima de ellas.
Y hemos dejado que se salga con la suya durante demasiado tiempo. Hoy eso va a cambiar.
Darryl estudió los documentos de su escritorio durante un momento. —¿Qué necesitas?
—Una orden de registro.
—¿Para quién?
Jake tragó saliva. —Siento decirle esto, jefe, pero para Richard Candy.
—¿El subcomisario?
¿A cuántos otros Richard Candy conoce?
—El mismo, señor, sí.
—¡No me jodas! —exclamó Darryl.
—¿Señor?
Podía sentir que la soga se apretaba de nuevo.
—Estás fuera de juego, Tanner. Dando palos de ciego. ¿Cómo te atreves siquiera a pensar que puedes lanzar una acusación así contra el subcomisario?
O bien Darryl formaba parte del equipo de El Cónclave o le habían lavado el cerebro para que creyera que el subcomisario era un santo. Ambas opciones eran catastróficas.
—Señor, por favor . Solo mire las pruebas. Está todo aquí, delante de usted. —Jake separó un par de documentos, acercándoselos para que los viera mejor.
Darryl cogió uno y lo examinó. Sus ojos recorrieron las palabras de la página. —Esto es un correo electrónico. ¿Cómo has tenido acceso a esto?
Jake volvió a tragar saliva; se le estaba secando la boca a medida que la soga se tensaba. —Un contacto mío, un viejo amigo, los encontró por mí…
—¿De forma ilegal ?
Jake había esperado que no pronunciara esa palabra. Pero ya era demasiado tarde.
Más fuerte… Más fuerte…
Al ver que Jake no respondía, Darryl continuó: —No aprendes, ¿verdad?
Aquí tenemos formas de hacer las cosas. No solo aquí , sino en el cuerpo de policía.
Formas que nos protegen tanto a nosotros como al público.
Y por esto exactamente tuve que enviarte ese correo, Jake.
No quería hacerlo, pero tu comportamiento me obligó.
—Señor… puedo explicarlo…
—Las explicaciones son para quienes se las merecen. Ahora, lárgate.
Mientras Jake dejaba atrás las pruebas en el despacho de Darryl, se le cerró la garganta y sus pulmones se asfixiaron mientras su cerebro se desconectaba.
La soga se había apretado del todo.