Capítulo 76
ADJUNTO ENVÍO
A unque estaba físicamente con Bridger, y su relación funcionaba y dependía de un fino velo de confianza, Jake nunca se había sentido más solo.
Sin teléfono, sin comunicación con el exterior, sin dinero.
Nadie sabía dónde estaba y, tal como iban sus relaciones, nadie se molestaría lo suficiente como para buscarlo.
Bridger y él. Solos en mitad de un guardamuebles industrial. A kilómetros de casa.
A estas horas de la noche, cuando la temperatura era más baja y las estrellas brillaban con más intensidad, Jake recordó la única otra vez que se había sentido así de solo.
Caminando por la orilla del Támesis con Henry Matheson, preguntándose si sentiría el trozo de plomo atravesándole el cuerpo antes de oír el disparo o al revés.
Una sensación similar lo recorrió ahora mientras atravesaban el aparcamiento y se dirigían al guardamuebles, un pequeño módulo en un almacén gigante.
Entraron por la puerta principal, firmaron el registro de asistencia y continuaron hacia el módulo treinta y siete.
—Seguro que había una lista de cosas permitidas y prohibidas en los términos y condiciones, pero nadie se lee esas cosas —dijo Bridger mientras abría la puerta—. Siempre y cuando no escondas un cadáver dentro o algo así.
A Jake le vino a la memoria la escena de Breaking Bad en la que Walter White y Skyler están de pie frente a su montaña de dinero obtenido ilícitamente, sin saber qué hacer con él.
Lamentablemente, lo que Jake tenía delante no se parecía en nada a aquello.
No había dinero para solucionar sus problemas; la reina lo había dejado tirado de nuevo.
En su lugar, Jake contemplaba algo sacado de los noventa.
El módulo estaba lleno de cajas de cartón viejas y secas, un ordenador que necesitaba una hora para arrancar y una silla de madera de los años sesenta que había perdido el color y la pintura desde su fabricación.
—No importa el tamaño, sino lo que hagas con ello; eso es lo que marca la diferencia —dijo Bridger, guardándose las llaves en el bolsillo.
Jake centró su atención en el montón de cajas y marcos de fotos que había en el suelo a su derecha. —¿Qué estoy mirando exactamente? —Se agachó y cogió una foto antigua de un niño pequeño en bañador junto a una piscina infantil.
Bridger le arrebató la foto y dijo: —El resultado de la investigación de los últimos dos años. Pero las fotos de mi familia no se tocan.
—¿Por qué no las tienes en casa?
—Porque prefiero tenerlas aquí, donde sé que están seguras.
Era extraño, pero la forma en que Bridger acariciaba y cuidaba la foto, como si fuera un ser vivo y sintiente, hacía que pareciera uno de sus amigos.
Que todas las pruebas que había allí, todas las fotos y los muebles, eran sus únicos amigos, y que pasaba mucho tiempo en el módulo hablando con ellos, hablando consigo mismo.
Si alguna vez hubo un anuncio para que los niños no consumieran drogas, Bridger era el ejemplo perfecto.
—¿Necesitas algo específico? —preguntó Bridger.
«Una lista detallada de todo lo que tienes». Jake solo podía imaginar la cantidad de horas que harían falta para cribar y catalogar las pruebas. Alguien del equipo tendría que hacerlo y, dada su proximidad al caso, Jake sabía que debía ser él.
Hora de empezar.
Bridger pasó la siguiente hora enseñándole lo que había en el ordenador. Existía una copia digital y otra física de todo; los archivos digitales tenían una copia de seguridad en la nube para que, si había un incendio, no se perdiera nada.
Las pruebas contenidas en el primer archivo que Bridger le mostró eran bastante sustanciales: una copia de la correspondencia por correo electrónico enviada entre la dirección personal de Richard Candy y Rupert Haversham, detallando sus movimientos y dónde escondían a los hermanos Cipriano en el programa de protección de testigos.
También figuraban en el correo electrónico los nombres de Liam Greene, Drew Richmond y Pete Garrison.
Cada uno con un nivel de implicación diferente.
Luego revisaron varios correos y mensajes de texto más entre Candy y un contacto en el extranjero responsable de cargar los contenedores llenos de seres humanos; entre Candy y Henry Matheson hablando de los últimos cargamentos de droga; entre Candy y Martin Radcliffe para agilizar el proceso de traslado de Jake de la policía de Hampshire a la Brigada Móvil.
El libro de contabilidad de las pruebas contra Richard Candy, incriminándolo de todas las formas imaginables.
Jake sintió un hormigueo de emoción por todo el cuerpo.
—¿Cómo has conseguido todo esto? —preguntó.
Bridger lo miró de reojo con una mueca de suficiencia, la primera que Jake le veía en todo el día.
—La gente se cree muy lista con sus contraseñas, pero suelen tener algo que ver con el pasado del usuario.
Dado que me crié con ese cabrón, lo conozco mejor que nadie.
En cuanto adiviné una, las demás fueron bastante fáciles de sacar.
—Tecleó furiosamente en el ordenador—. Y para ser alguien capaz de hacer cosas complicadísimas con su teléfono y su ordenador, la seguridad de sus contraseñas es alarmantemente relajada.
Bridger pulsó la tecla Enter con el dedo. En algún lugar de la habitación, una hoja de papel empezó a girar y salió por el otro extremo de una impresora. Bridger se reclinó en su silla, la localizó con facilidad y le entregó el documento a Jake.
En letras grandes y negritas aparecían las palabras que tanto tiempo lo habían atormentado.
LE AGRADECEMOS SU SILENCIO
El correo electrónico que le había enviado La Cábala. El mismo que había provocado la muerte de Roland.
Jake se acordó de su antiguo colega. El mago de la informática se lo habría pasado en grande en el acogedor trastero de Bridger. Aunque parecía que el trabajo duro ya estaba hecho.
Otro documento. Esta vez una imagen de Jake y Henry junto al río.
Otro documento. Otra imagen.
Poco a poco, a medida que aumentaba el montón de pruebas, Jake empezaba a sentirse como Bridger.
Cada una de estas pruebas empezaba a parecerle también un amigo.
Como si cada pieza estuviera allí para apoyarlo y respaldarlo.
En un mundo donde contaba con pocos apoyos, esa era la motivación que necesitaba para seguir adelante, para seguir presionando hasta que Richard Candy acabara entre rejas.
Otra impresión. Otra imagen. Esta vez de Jake y Stephanie. La foto era reciente; en la parte inferior de la pantalla había una marca de tiempo con la fecha de la otra noche. Pero Jake no necesitaba ver eso para saber de qué se trataba.
—Debió de... —Jake la miró con incredulidad—. Debió de seguirnos.
—O uno de sus contactos estaba allí vigilándote.
La siguiente impresión era la imagen de Jake agarrado a los hombros de Stephanie, empapado por la lluvia, mientras lo metían en la parte trasera de su coche.
El tecleo continuaba, cada vez más rápido y con más fuerza a cada segundo que pasaba.
—Ha estado ocupado —señaló Bridger—. Hay un montón de cosas nuev—
La imagen de la pantalla cambió. Los ojos de Jake se clavaron en ella, impulsados por una mezcla de intriga y curiosidad. Algo le llamó la atención. Justo cuando iba a acercarse más, Bridger minimizó la pantalla.
—Vuelve a ponerla.
—No, no creo que—
—Elliot, hazlo.
—Pero—
—Hazlo.
A regañadientes, Bridger volvió a poner la pantalla. Entonces Jake se inclinó y leyó el documento.
Darryl:
Según lo acordado, adjunto envío una copia de mi carta de queja con respecto a Jake Tanner y la recomendación para el aviso de regulación, junto con todas las pruebas que lo fundamentan.
Gracias,
Stephanie
A Jake se le dio un vuelco el estómago. Se le secó e inflamó la garganta. Y el pecho se le oprimió.
El aviso de regulación. La queja sobre su conducta profesional. El motivo de su revisión interna.
Había sido ella . Stephanie, la amiga en la que tanto había confiado.
Jake miró la fecha y la hora en que se envió el correo: 14:12 h, 7 de enero. «Primero destroza mi carrera y, unas horas después, destroza mi matrimonio».
Esa zorra. Esa maldita traidora—
—Jake —dijo Bridger, devolviéndolo al presente—. Cálmate. No fue culpa suya.
Jake se miró las manos. No se había dado cuenta, pero había estrujado el papel que tenía en la mano y sus uñas lo habían rasgado en dos.
—La Cábala la obligó a hacerlo —continuó Bridger.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hay correos electrónicos entre él y la prisión de Belmarsh, hablando de su padre, Brian Grayson.
«¿Su padre está en la cárcel? ¿Por qué no me dijo nada?»
«Probablemente porque si te dijera dónde está, me juzgarías y tendrías muchas preguntas».
Y entonces todo cobró sentido para él.
Del mismo modo que La Cábala había presionado a Danika y a Poojah, había obligado a Stephanie a cumplir sus órdenes, ya fuera para asegurar la liberación de su padre o su protección.
Jake apenas podía reprochárselo. No había situación en el mundo en la que él no hubiera hecho lo mismo por su familia.
Apoyó una mano en el hombro de Bridger. —Voy a necesitar varias copias de esto.
—Marchando.
Observó cómo Bridger movía el ratón varias veces y pulsaba un par de atajos en el teclado; luego preguntó: —¿De dónde estás sacando todo esto?
—Del disco duro de Richard. El problema de la nube hoy en día... hace que todo sea muy fácil de acceder a.
—Hablando de eso... —empezó Jake, cayendo en la cuenta—. ¿Cómo va a sostenerse nada de esto en un tribunal si has hackeado las cuentas de tu hermanastro?
Bridger reflexionó un momento. Al igual que para Jake, las consecuencias de sus actos solían ser algo en lo que pensaba a posteriori.
«Es mejor pedir perdón que pedir permiso».
—Preséntale esto a tu inspector jefe y dile que tienes motivos razonables. Consigue la orden y encuéntralo todo antes de que Dicky tenga oportunidad de borrarlo.
Porque era así de sencillo.
D de Darryl.
Adjunto envío una copia de mi carta de queja...