Capítulo 75
MANUALES
S e despertó de un sobresalto, y el mundo a su alrededor volvió a la existencia de golpe.
Lo primero que notó fue que tenía el cuerpo cubierto por una fina capa de sudor.
Hacía calor. Mucho calor. Y entonces sintió algo clavándosele en la espalda.
Metal, afilado. La fuente de la temperatura abrasadora que irradiaba hacia ella.
Pero otra parte de su cuerpo estaba fría. Su mitad inferior. De la cintura para abajo. Tumbada sobre el suelo firme, tenía las piernas mojadas. ¿Se había meado encima? Apretó las piernas y no sintió presión alguna en la vejiga.
Mierda .
Parpadeó de nuevo, intentando despejar su mente de pensamientos que la distraían. Trató de recordar dónde estaba y qué había pasado antes de la oscuridad. Williamson. Su casa. La cocina. Y después…
Stephanie se inclinó hacia delante, despegando el cuerpo de la punta de metal que se le clavaba.
Giró el torso y se dio cuenta de que estaba inmovilizada contra un radiador.
Vio las esposas de metal hundiéndose en sus muñecas antes de sentirlas, pero mientras las miraba, su mente invocó la sensación.
Y comenzó el ardor. Un calor insoportable y lacerante que derretía sus terminaciones nerviosas y receptores.
Intentó liberarse de sus ataduras, pero cuanto más se movía, más profundamente se hundían.
Gimió de malestar mientras luchaba contra el dolor. Al final, se volvió demasiado intenso y fue incapaz de contenerlo por más tiempo.
—¡Ah! —gritó—. ¡Que alguien me ayude!
La puerta de la habitación se abrió, dejando entrar un raudal de luz que iluminó su entorno. Sus ojos recorrieron rápidamente la estancia, absorbiendo todos los objetos y artículos que potencialmente pudiera usar como arma.
No había ninguno.
Se encontraba en un dormitorio destartalado con la única compañía de un colchón manchado y sucio.
—Siento eso —dijo un hombre al entrar en la habitación. Llevaba una bandeja de té. Encima había una taza—. ¿Una ofrenda de paz?
—¿Qué cojones está pasando? —preguntó Stephanie. Ya no era la oficial de policía que intentaba defender a los demás. Era la mujer solitaria dispuesta a defenderse a sí misma costara lo que costara.
Presa contra depredador.
A medida que el hombre se acercaba, sus rasgos se hacían más grandes. Y más grandes. Y más grandes. Hasta que ella se dio cuenta de a quién estaba mirando.
—¿Sorprendida?
—No creí que fuera usted capaz de esto.
—Soy capaz de muchas cosas, Stephanie —dijo el comisario adjunto Richard Candy con una sonrisa socarrona—. Algunas peores que esta.
—¿Dónde está Williamson?
—Preparándole algo de picar.
—¿Qué va a hacer conmigo?
—Está familiarizada con cómo funcionan los rescates, ¿verdad?
Stephanie no dijo nada, pero inclinó la cabeza ligeramente. Temía que el terror de sus ojos la delatara.
—Solo necesitamos que su mascota desobediente haga lo que yo le diga; de lo contrario, será usted la que tenga que sufrir.
—¿Por qué?
—Porque la vida no es justa. O tienes el poder o no lo tienes. Y, por lo general, aquellos que creen tener algún tipo de poder, como usted, Jake y el resto del servicio policial, viven engañados.
—Se lo juro por Dios. Como le haga daño a él y...
—¿Y qué hará? ¿Pelear conmigo? ¿Matarme? ¿Hacerme sufrir? —Candy se agachó a su lado y colocó la bandeja junto a sus rodillas—. He oído cosas mucho peores de gente mucho peor que usted, Stephanie. Incluido Jake.
Ella le escupió a la cara, y una densa flema fue a parar a su mejilla.
Candy sonrió y se limpió la suciedad.
—Valiente, se lo reconozco. Pero siempre supe que era una cobarde desde el momento en que la conocí. Su pobre padre…
—Váyase a la mierda.
—¿Eso es todo lo que tiene? Así que también es una decepción. No les enseñan este tipo de cosas en el entrenamiento, ¿verdad? Solo cuando las tornas cambian.
—Ambos estudiamos el mismo curso. Ambos conocemos las mismas tácticas —siseó ella.
—Oh, cielo, no fabrican manuales para lo que yo soy capaz de hacer. No quieren que sepáis lo que es posible. Quieren manteneros encerrados en vuestra manta de negación y de ingenuidad. De esa manera, ellos pueden alegar desconocimiento e inocencia.
Stephanie le lanzó una mirada amenazante.
En respuesta, Candy acercó su cara a la de ella, invadiendo su espacio con el aliento.
Ella retrocedió, pero no tenía a dónde ir; su espalda se hundió en los pinchos de fuego, y el movimiento hizo que su muñeca desnuda tocara el metal caliente.
Hizo una mueca y apretó los dientes, intentando ocultar el dolor.
Como había estado haciendo los últimos días.
—Tranquila —dijo él, poniendo una mano en el muslo de ella—. No queremos más accidentes.
Stephanie bajó la mirada hacia su regazo, hacia la mancha oscura en la entrepierna y la parte interna de la pierna.
—¿Tiene ropa de repuesto?
Una mueca de autosuficiencia creció en el rostro de Candy. Al instante, le recorrió un escalofrío por la columna y se le erizaron los vellos de la nuca, pidiéndole a gritos que se levantara y le diera una paliza de muerte al hombre que tenía delante.
—Stephanie —comenzó él—, esperaba que me preguntara eso.
Mientras el hombre alargaba la mano hacia su botón y empezaba a desabrocharle los pantalones, Stephanie empezó a desear no haberlo hecho.