Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 74
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Capítulo 74

EL PAQUETE DE SEGURO

P or lo que Jake alcanzaba a ver, el único beneficio de trabajar para El Cónclave era el aspecto financiero.

A cambio de vender tu alma y convertirte en un individuo depravado, insidioso y malvado, capaz de matar y corromper, podías disfrutar de las cosas buenas de la vida.

Las cuales, si eras Bridger, se materializaban en forma de una casa cara en una zona pudiente del país, dos coches de lujo y acceso a cantidades ingentes de drogas de gran calidad de clase A.

El sueño de la clase media. Y Elliot Bridger vivía justo en el centro de él.

Lo que no formaba parte del contrato laboral de El Cónclave, sin embargo, era la paranoia innata, alimentada por las drogas y dirigida a casi todo.

Jake los había llevado de vuelta a la casa de Bridger en Godalming, un pequeño pueblo a pocos kilómetros al sur de Guildford, y durante el trayecto, Bridger se había mordido las uñas hasta tal punto que parecían arrancadas en una sesión de tortura; también se había revolvido y cambiado de posición varias veces por minuto, mirando por la ventana cada pocos segundos, y no había dejado de limpiarse la nariz, esnifar y aclararse la garganta entre cada respiración.

Y luego estaba el hablar. Sin parar, incesante, con las drogas en su organismo empezando a tomar el control de su cerebro.

—Nunca quise formar parte de esto, tienes que entenderlo.

Es una etapa de mi vida de la que me arrepiento, y si pudiera dar marcha atrás lo haría, pero no creo que se deba juzgar a la gente por sus creencias o sus actos, aunque eso es lo que hace todo el mundo constantemente, ¿verdad?

Hablan y juzgan y hacen y dicen una cosa y luego hacen otra y yo también soy culpable de eso y creo que todos lo somos y...

Por suerte, un esnifado, un restregón de nariz. La señal de que ambos podían salir a tomar aire.

Pero el respiro fue breve antes de que Bridger se sumergiera de nuevo en su verborrea y desapareciera.

Continuó así hasta que entraron en el camino de entrada de la casa de Bridger.

Antes de que Jake pudiera apagar el motor, Elliot saltó del coche y realizó un reconocimiento de la vivienda, revisando la calle, los arbustos y la parte trasera.

Luego entró por la puerta principal, intentando meterle prisa a Jake.

Pero Jake no estaba por la labor.

No solo estaba desolado por haber perdido su único vínculo entre El Cónclave y el salón de manicura, sino que no estaba de humor para aguantar a Bridger.

Seguía sin perdonarle que le hubiera mentido todos estos años, que le hubiera traicionado mientras se quedaba de brazos cruzados viendo morir a todo el mundo.

Aquel hombre era el vivo ejemplo de una mala persona.

Pero Jake tampoco estaba en posición de contrariarlo; necesitaba una habitación y, sin teléfono ni dinero a su nombre, la única opción disponible era la más obvia.

—Tienes dos para elegir —gritó Bridger mientras recorría la casa a toda prisa, revisando todas las habitaciones en busca de intrusos—.

Elige la que quieras. Me da igual cuál. Tú decides.

Ambas son bonitas, con camas muy cómodas.

Creo que pasarás una buena noche ahí, probablemente la mejor de tu vida, y no lo digo a la ligera...

Bridger siguió dando vueltas por la casa, hablando solo. Jake le prestó poca atención. Los dos necesitaban hablar, aclarar las cosas, pero eso sería casi imposible con Bridger tan colocado como estaba.

Algo más de dos horas.

Más de ciento veinte minutos de parloteo antes de que Bridger finalmente se calmara y volviera a la normalidad, fuera lo que fuese la normalidad para un hombre que había esnifado tanto como él.

Ambos estaban en el salón, sentados con la tele encendida; ninguno le prestaba atención, pero ambos encontraban cierto consuelo y alivio en el ruido de fondo, como un amigo que ofrece un abrazo débil.

En el tiempo que Bridger había estado hablando, Jake no había podido dejar de pensar en Melania, Dimitri, El Cónclave.

Lo cerca que habían estado y ahora, con Melania muerta, era la palabra de Bridger contra la de Candy.

Y con la recién descubierta inclinación de Bridger por las drogas de clase A, resultaba cada vez más imposible pensar en una salida a la situación.

Un antiguo policía corrupto convertido en drogadicto contra un héroe íntegro del cuerpo con un historial impecable.

Ningún punto a favor en la prueba de fiabilidad.

Ni un punto a favor en ninguna parte.

—¿Quieres un té? —preguntó Bridger de la nada.

Jake miró su reloj. Cerca de medianoche. Debería estar durmiendo, pero con los pensamientos martilleando en su cerebro —Melania arrancándose los tubos de las muñecas, su cuerpo convulsionando en la cama— sabía que el sueño no llegaría fácilmente.

—Venga —respondió—. ¿Te acuerdas de cómo me gusta?

Bridger regresó con dos tazas humeantes unos minutos después.

En el bolsillo llevaba un paquete de galletas digestive con chocolate con leche y las dejó sobre la mesa de centro frente a Jake.

Al verlas se acordó de su antiguo colega, el detective Pete Garrison.

El hombre estaba actualmente en coma, cumpliendo su castigo por traicionar a Liam y a Drew.

Pero los recuerdos más afectuosos que Jake guardaba de él eran los paquetes de galletas McVitie’s que llevaba a todas partes: en su mesa, en su coche, en su bolsa, en las reuniones.

Dondequiera que fuera Pete, le seguía un paquete de galletas.

Jake alargó el brazo y cogió una.

—Lamento lo de Melania —comenzó Bridger, aunque la entonación de su voz sugería que no lo sentía en absoluto.

No sientes haberlo hecho; sientes que te hayan pillado.

—Ella... Hiciste lo que pudiste. Hiciste todo lo posible.

—Que no fue suficiente —dijo Jake, bebiendo su té con aire ausente, con la mente vacía de pensamientos.

—Supongo que querrás oír lo que tengo que decir, ¿verdad? Por eso te has quedado, ¿no?

Jake mentiría si dijera que eso no formaba parte del motivo.

Bridger tomó el silencio de Jake como respuesta y dijo:

—¿Por dónde quieres que empiece?

—Por el principio suele ser el mejor sitio.

—A menos que sea La Odisea .

Con un conato de sonrisa, Jake le hizo saber a Bridger lo que pensaba de aquel comentario. Bridger soltó una risita tímida y continuó.

—Empezó allá por los ochenta y los noventa, unos años antes de que llegara mi hora y de que me diera cuenta de lo que pasaba.

—Bridger dio un sorbo y se limpió la nariz; los efectos de las drogas se iban desvaneciendo gradualmente—.

Yo era hijo único de mis padres biológicos.

Me quisieron durante unos años, pero cuando tenía unos cuatro, se divorciaron.

Mi madre me dijo que era porque mi padre ya no me quería, y desde ese momento, no volví a verle.

Por lo que a mí respecta, podría ser un empresario multimillonario.

Menos de un año después, ella encontró a alguien nuevo, y menos de un año después de eso, se casó con él.

Nigel Candy. Ella adoptó su apellido, pero yo me quedé con el de mi padre.

No sabría decirte por qué, simplemente lo hice.

—Nigel fue un buen hombre para mi madre, por lo que yo pude ver.

La amaba, la cuidaba y nos mantenía. Ahí es donde entró Richard.

Era el hijo de Nigel de un matrimonio anterior, mayor que yo, y al principio no nos llevábamos bien.

De hecho, nos odiábamos, peleando constantemente por la aprobación de nuestro nuevo progenitor.

Richard la recibía a raudales de mi madre, pero Nigel...

era un cabrón duro y miserable. Y tenía que serlo...

—¿Por qué? —preguntó Jake, encontrándose fascinado por la historia de Bridger.

—Porque era oficial de policía. Trataba a todo el mundo como a criminales, excepto a mi madre y a Richard.

Así que me costó encajar y encontrar mi sitio.

Los primeros años fueron duros: Nigel nunca estaba en casa, Richard recibía aprobación constante y yo seguía igual, cada vez más desplazado a un segundo plano.

Lo que no sabíamos entonces era que Nigel dirigía una red de agentes corruptos en la Met a finales de los ochenta y principios de los noventa. Mi padrastro fue el Cónclave original.

—Avanzamos unos años, Richard y yo entramos en el cuerpo.

Habíamos pasado toda la vida rodeados de ello, así que era difícil pensar en otra cosa que pudiéramos hacer.

Y como Richard era unos años mayor que yo, ya estaba destacando y ascendiendo en el escalafón para cuando yo entré, así que me lo tomé como una misión personal hacer lo mismo. Sentía que tenía algo que demostrar.

Bridger hizo una pausa para dar un sorbo de té.

Mientras Jake estaba allí sentado, no pudo evitar pensar una cosa: que Bridger, su crianza y su relación con su padrastro y su hermanastro eran el sueño húmedo de cualquier psicoanalista.

Todo empezaba a cobrar sentido ahora. El deseo de ganarse la aprobación de su padrastro, de demostrarse a sí mismo que era digno de ella, de hacer absolutamente cualquier cosa posible para conseguirla.

—El resto, como suele decirse, es historia —concluyó Bridger.

—Eso está muy bien —respondió Jake—, pero no me ayuda. Sigo sin estar más cerca — seguimos sin estar más cerca— de averiguar dónde está tu hermanastro y cómo podemos demostrar que él es el que está detrás de todo.

Antes de que Bridger respondiera, un fuerte chasquido estalló fuera de la casa. El sonido envió un escalofrío por todo el cuerpo de Jake. El silencio cayó rápidamente sobre la habitación y aguzó el oído para escuchar.

Nada.

Nada.

¿Le habían encontrado? ¿Venían a por él? ¿O se estaba volviendo tan paranoico como Bridger?

—Espera aquí. No te muevas.

Bridger se deslizó fuera del sofá y salió de la habitación con movimientos sigilosos y diestros. Y por primera vez en mucho tiempo, Jake hizo lo que le decían.

Esperó...

Esperó...

Aguzando el oído, conteniendo el aliento, intentando ver a través de las cortinas.

Hasta que, un minuto después, Bridger regresó, agitado y sin aliento. Le brotaban gotas de sudor de la frente a pesar del frío, y Jake no estaba seguro de si era por la adrenalina o por las drogas.

—Falsa alarma —dijo, sentándose de nuevo en el sofá—. Solo era un zorro que ha golpeado una piedra contra el coche.

—¿Está bien el coche?

—Mejor de lo que estará el zorro si lo pillo. —Bridger dejó escapar un profundo suspiro—. A ver, ¿qué estábamos diciendo?

—Que seguimos sin estar más cerca de demostrar que Candy está detrás de todo.

—Exacto, y ahí es donde te equivocas. —Bridger se sentó al borde del sofá—.

No me vas a creer cuando diga esto, pero tengo un paquete de seguro: un trastero con todas las pruebas que necesitas.

Todo lo que aparece en los libros de historia.

Todo lo que he logrado reunir a lo largo de los años.

De alguna manera sabía que me resultaría útil.

Esa no era la única cosa en la que Jake se equivocaba; el otro beneficio de trabajar para El Cónclave era tener la previsión de saber que, para empezar, necesitarías un paquete de seguro.