Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 73
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Capítulo 73

GILIPOLLAS

L a hora posterior al almuerzo era la favorita de Henry Matheson. Era la hora en la que él, junto al resto de los presos del ala, podía estirar las piernas, hacer el ejercicio que tanto necesitaba y descargar algo de la testosterona sobrante y acumulada.

—Me quedo tieso de estar sentado todo el día —dijo Jason a su lado mientras caminaban por el patio—. Y uno solo puede dárselas a mano tantas veces al día, ¿sabes?

Jason le dio un codazo a Henry en el brazo y se rascó la nuca antes de estallar en carcajadas. Henry le siguió el juego y fingió reírse con él.

—Eres un puto guarro —dijo, cortando de golpe las risas.

—Seguro que no puedes esperar a salir de aquí, colega. Ver a todas esas tías de las que hablabas.

Henry sonrió con suficiencia. —Hay mucho más en el mundo exterior que las tías, Jase.

Como restaurar su credibilidad y su estatus como el mayor traficante de drogas del este de Londres.

—No cuando has estado encerrado tanto tiempo como yo, Hen. Jamás he tenido los huevos tan hinchados en mi vida.

Henry observó al hombrecillo. Su pelo corto y canoso, mal rapado como si lo hubiera hecho un niño; los ríos de rojo que ahogaban el verde de sus ojos; los poros en su piel flácida.

El vello facial descuidado que le recordaba a los brotes de una patata.

No era culpa de Jason que no le creciera vello facial; le había tocado lo peor de la reserva genética en ese aspecto.

Y luego estaba la marca de la quemadura en su mejilla, la piel abultada que se descascarillaba y se caía en costras, la piel recién curada que tenía un tono distinto al del resto de la cara.

Lo cual le recordó algo.

—¿Alguna noticia de Dominic?

Jason se rascó el cuello otra vez. La simple mención de su nombre bastaba para poner nervioso al hombrecillo.

—Lo último que he oído es que vuelve hoy.

—Tengo ganas de verle —dijo Henry, pero antes de que pudiera continuar, le interrumpió Vinnie. El hombre alto e imponente se acercó lentamente, como si su enorme cuerpo encontrara una gran resistencia al viento.

—Tenemos un problema.

—¿Qué?

Vinnie metió la mano en sus calzoncillos, dio un paso adelante hasta quedarse a un centímetro de ellos y sacó un teléfono.

—Es él . Dice que lo saben.

—¿Quién sabe qué exactamente? —preguntó Henry, perplejo.

—Los que no queremos que sepan cosas ya saben las cosas que no queremos que sepan.

Henry suspiró y sacudió la cabeza. A veces era como hablar con una pared. —Si hubiera querido un puto acertijo, Vin, me habría ido a la feria. Habla en puto cristiano y así quizá lleguemos a algún lado.

Vinnie asintió disculpándose. —La policía se ha enterado de lo del jurado. Van a cambiar la lista.

—Joder —susurró—. ¿Ha dicho algo más?

Vinnie negó con la cabeza.

—No pasa nada, Hen —dijo Jason, poniendo una mano en el brazo de Henry—. Podrá arreglarlo. Es un corrupto; siempre tienen una forma de hacer las cosas de la que el resto no sabemos nada. Por eso se meten a maderos para empezar.

Henry fulminó con la mirada a Jason, lo que le hizo callar al instante. Luego se volvió hacia Vinnie.

—¿Cómo están tus chicos fuera? —preguntó.

—¿A qué te refieres?

Henry se masajeó la mandíbula con el pulgar y los dedos. —¿Qué tan rápido pueden conseguir esa lista nueva? ¿Antes de que acabe el día?

—O sea... tendré que ver qué pueden hacer, pero⁠—

—Nada de “peros”. Quiero que se haga. Les pagaré el doble. Solo⁠—

—¿Qué haces, Hen? —interrumpió Jason con fastidio—. ¿Y qué pasa con el madero?

Henry sacudió la cabeza y le señaló la cara a Jason.

—No, ya no me fío de ningún madero corrupto.

Confié en él para esta vez y la ha cagado.

Llevo demasiado tiempo en esta mierda para saber que no todos son tan corruptos como parecen.

Pasa algo raro, y me acaba de costar casi un cuarto de millón: el precio de mi libertad.

La próxima vez me lo guiso yo mismo. ¿Vale?

Aminoró el paso, calmó su respiración y puso la mano con firmeza en la nuca de Jason.

—Necesito que hagas algo por mí, ¿entendido?

Durante mi juicio no estaré aquí, así que necesito que vigiles la mierda que vayamos trayendo, ¿vale?

Asegúrate de no estar esnifándotela por la puta nariz todo el rato, ¿me entiendes?

Y quiero que me prometas que no vas a consentirle ninguna mierda a nadie, ¿sí?

Si alguien se te acerca, ya sabes qué hacerles.

Tienes un ejemplo que dar. Cuando yo salga de aquí, este imperio es tuyo para que tomes el relevo.

Y si necesitas ayuda, tienes a Vin; él te cubre las espaldas.

—Sí —dijo Vinnie, dándose un golpe en el pecho para reafirmarlo.

—Esta parte de mi imperio es tuya ahora, Jase —continuó Henry—. Y habrá uno aún más grande esperándote fuera.

El timbre que procedía del edificio de la prisión sonó, rasgando el aire. Envió una onda de choque a través de Henry y le heló el cuerpo. Inspiró profundamente y luego soltó el aire gradualmente.

De vuelta a la caja.

—Venga —dijo Henry, poniendo una mano en la espalda de Jason—. Será mejor que vuelvas a pensar en esas tías. Espero que tengas pañuelos suficientes.

Los tres caminaron sin prisas por el patio, sin ninguna urgencia por marcharse. De hecho, nadie en el ala tenía especial prisa, pues el resto de los internos deambulaban perezosamente, entreteniéndose, fingiendo terminar conversaciones que ya habían acabado hacía mucho tiempo.

Al acercarse a la entrada que los sellaría dentro durante las próximas veintitrés horas, Henry echó una última mirada a la radiante luz del sol sobre su cabeza y sonrió. Si todo salía según lo planeado, pronto estaría ahí fuera todo el tiempo que quisiera.

La marea de presos se abrió paso por el edificio hasta llegar al ala.

Henry subió los escalones hacia la segunda planta, se despidió con un gesto de cabeza de Jason y Vinnie, y entró en su celda vacía.

Tras el registro de la noche anterior, al viejo Brian lo habían separado y enviado a otra celda, donde lo vigilaban de cerca algunos guardias.

A Henry le entristeció perderlo. Durante los últimos días, le había cogido cariño al hombre y creía que se habían hecho amigos.

Pero de ninguna manera iba a perder el sueño por él.

Igual que no perdía el sueño por nadie más que lo hubiera dejado en su vida. Des, Jamal, Elijah, Jermaine, Frank.

La única excepción era Danielle.

Ay, Danielle, ojalá pudiera verte ahora. Aprobando tus exámenes, triunfando en la uni...

Henry se contuvo antes de que se le saltara una lágrima y se dirigió directo a su cama, encendió la tele y buscó debajo de la almohada. Allí encontró a Alex y a todos los demás personajes a los que había aprendido a querer.

Cincuenta páginas para el final, la recta final.

Abrió por la última página en la que se había quedado y empezó a leer. A su derecha, por el rabillo del ojo, pasaban cuerpos raudos por su puerta, moviéndose de derecha a izquierda mientras los últimos internos se apresuraban a volver a sus celdas. Ya casi era hora de cerrar las puertas.

Henry volvió a centrar su atención en el libro.

Entonces algo más le llamó la atención. Movimiento. De izquierda a derecha. Y estaba seguro de que no era al otro lado del ala. No, había sido justo delante de su puerta. Y estaba aún más seguro de que no era ninguno de los carceleros.

Henry bajó el libro con cautela, se levantó de la cama y caminó hacia la puerta, con el cuerpo rígido por la anticipación.

Tenía el puño apretado y el oído afinado al máximo a su entorno.

Años de experiencia le habían enseñado a acercarse sigilosamente a una puerta sin hacer ningún ruido, evitando los tablones del suelo y los puntos que crujían, para ver quién estaba al otro lado con una pistola en la mano.

Esto empezaba a parecer la misma situación, pero en un lugar distinto.

Al acercarse al umbral, vio dos figuras, una a cada lado del marco de la puerta.

Levantó el brazo para defenderse, pero fue demasiado tarde.

Los cuerpos se abalanzaron sobre él, agarrándole los brazos y inmovilizándolos a su espalda, mientras la figura de la izquierda le rodeaba y le ponía una faca contra los labios.

Intentó gritar, pero la hoja metálica se hundió en sus labios y en cuestión de segundos su boca se llenó del sabor del metal.

Y entonces dejó de moverse, dejó de resistirse, dejó de respirar.

Dominic entró en la celda con sigilo. La luz de la ventana iluminaba las cicatrices rojas y blancas que parecían pequeñas crestas montañosas allí donde el agua y el azúcar le habían corroído la piel.

En una mano sostenía una botella de agua por el tapón.

En la otra tenía un cepillo de dientes. Henry no necesitaba ver la parte inferior del cepillo para saber qué llevaba pegado.

En lugar de eso, reaccionó por instinto. Forcejeó y se retorció para intentar zafarse. Pero fue inútil. Los dos hombres que tenía detrás eran demasiado fuertes y, mientras sacudía la cabeza de lado a lado, la hoja en su boca se hundía cada vez más. Si no tenía cuidado, se la tragaría.

—Seguro que no pensabas verme tan pronto, ¿eh? —gruñó Dominic, mostrando sus dientes amarillos. Estaba salivando, y unos hilos de flema colgaban de sus incisivos, con burbujas de espuma sobre sus labios.

Aunque Henry hubiera querido hablar, no podía.

Dominic hundió la punta del cepillo en el estómago de Henry. La pequeña hoja le perforó la piel y se detuvo a menos de un centímetro.

Al principio Henry no sintió nada, como si fuera un pequeño pinchazo, alguien pellizcándole.

Pero luego, a medida que Dominic metía y sacaba la hoja del cuerpo de Henry como si fuera un saco de boxeo, su estómago ardió con una furiosa sensación punzante.

Su sangre bombeaba adrenalina, pero resultaba inútil contra el dolor.

Respiró hondo, con el pecho y los pulmones hinchándose, y gritó tras la hoja, pero entonces el hombre que la sujetaba la movió contra sus encías.

Henry dejó que su cuerpo se volviera un peso muerto, esperando que eso desarmara a sus oponentes. Se equivocaba.

En lugar de eso, los hombres detrás de él le patearon la parte posterior de las piernas y cayó al suelo. Luego lo levantaron de rodillas. Dominic se colocó a la altura de sus ojos, desenroscó el tapón de la botella y lo tiró sobre la cama.

Sin necesidad de instrucciones, los hombres de Dominic echaron la cabeza de Henry hacia atrás, arrancándole pelos del cuero cabelludo.

Por un instante, Henry pensó que iba a pasar una de estas dos cosas: o bien le degollarían para que se desangrara en el suelo, o bien le verterían el agua por la garganta. Y entonces otro pensamiento cruzó su mente: iban a hacer ambas cosas.

—Espero que tengas ganas de que llegue tu juicio, pedazo de gilipollas —gruñó Dominic—. Te vas a ver muy guapo delante de las visitas.

Los ojos de Henry se desviaron hacia la botella de agua. El contenido era blanquecino y del orificio salían hilos de vapor.

—Si alguien tiene la culpa de esto —dijo Dominic, levantando la botella sobre la cabeza de Henry—, eres tú. Tú me diste la inspiración.

Dominic vertió el contenido. El líquido brotó del cuello de la botella e impactó en la cara de Henry.

Cerró los ojos en cuanto el agua le tocó la nariz y gritó de agonía, pero el grito solo duró un segundo, antes de empezar a atragantarse con su propia sangre y el agua.

Toda su cara —las mejillas, la barbilla, los labios, los orificios nasales, los ojos, las heridas abiertas de la boca— le ardía y le escocía, provocándole una oleada de náuseas.

Antes de que pudiera pensar con claridad, algo le cayó sobre la cara. Era suave, frío. Tela. Una prenda de ropa o un paño de cocina.

La historia se repetía.

Y entonces se la arrancaron de la piel. La ropa se llevó consigo trozos de carne, y Henry perdió el conocimiento brevemente. Intentó gritar, pero no le quedaba aire en los pulmones.

Los hombres que forcejeaban con él lo empujaron al suelo. Henry se quedó allí, encogido, protegiéndose la cara y el cuerpo, con las manos cubiertas de sangre. Abrió los ojos, pero el mundo a su alrededor estaba teñido de un rojo difuso.

Oyó movimiento a su alrededor. Sus atacantes seguían en la habitación.

—Bajádselos —ordenó Dominic.

Sin necesidad de repetirlo, los dos hombres le bajaron los pantalones de un tirón, dejando al aire su culo peludo. Henry siguió allí tumbado, indefenso, desprotegido, tosiendo y ahogándose en su propia sangre, con el cuerpo consumido por el dolor.

Dominic se arrodilló al lado de Henry, le agarró la cabeza y se la giró de modo que Henry quedara frente a él.

—Abrídselas —siseó Dominic.

Uno de los hombres le separó las nalgas.

Manteniendo la mirada fija en Henry, Dominic acercó el cepillo de dientes al ano de Henry y le clavó la hoja, desgarrándole el recto.

—No eres más que un trozo de mierda, gilipollas.