Capítulo 72
PALITOS DE ENFERMEDAD
E lizabeth Tanner esperaba que su marido estuviera tirado en una zanja en alguna parte.
Al menos así tendría una excusa por filtrarle las llamadas e ignorar sus mensajes.
Su mundo empezaba a desmoronarse y él no aparecía por ninguna puta parte.
Su cuerpo y su mente estaban inundados de ira y miedo, dos emociones potentes que se mezclaban en el caldero de su estómago para crear una combinación incandescente.
Se encontraba en una pequeña sala de espera en el ala este del hospital.
La habitación no era más grande que una marquesina de autobús, y en el centro había una mesa de café que ocupaba casi todo el espacio.
En la esquina, montado en la pared, había un televisor.
El programa The Chase se sucedía en lo alto, con imágenes parpadeando en el incesante e irritante silencio.
A su lado estaban su madre y su hermana, ambas sentadas de brazos cruzados, con la mirada perdida en el vacío.
De pronto, Elizabeth arrojó su teléfono sobre la silla y se puso de pie de un salto.
—¿A dónde vas? —preguntó Tegan.
—A dar un paseo.
—¿Quieres que yo...?
—No. Estaré bien.
—¿Y Jake? ¿Quieres que intente llamarlo yo?
Elizabeth miró el teléfono móvil sobre la silla.
Imaginó que la pantalla se iluminaba y que Jake la llamaba.
Pero no había hablado con él en las últimas veinticuatro horas, el punto de no retorno.
Si se encontrara bajo alguna amenaza o peligro real, alguien del equipo se habría puesto en contacto con ella. Darryl. Ashley. Stephanie.
Y entonces regresaron las imágenes: los dos registrándose en una habitación de hotel, cerrando la puerta tras ellos, quitándose la ropa, besan...
Cerró la puerta de un portazo al salir y arremetió por el pasillo, obligando a sus pensamientos debilitantes a abandonar su mente. Eran venenosos, insidiosos. Debería estar pensando en su padre, no en las aventuras adúlteras de su cabrón de marido.
Aire. Necesitaba aire. Y lo necesitaba rápido.
Elizabeth llegó al final del pasillo, miró los carteles y se dirigió hacia la salida. Atravesó la red de pasillos y salas de espera hasta que, finalmente, llegó a Urgencias.
Una gran zona de asientos se extendía ante ella, con docenas de personas esperando a ser atendidas una a una.
Sus ojos recorrieron la sala; había demasiado ajetreo para su gusto.
No había espacio suficiente para detenerse y reflexionar.
Pero fuera de la puerta, en cambio, había una pequeña zona con bancos, un espacio de tamaño similar a la habitación donde había dejado a su madre y a su hermana.
Ignoró el cartel de «Zona de fumadores» y salió.
La grava crujió bajo sus pies y pisó una maleza que crecía entre las piedras. Se dirigió al banco más alejado de la puerta y se sentó mirando una de las plantas que habían salpicado por el recinto. El aire estaba impregnado del persistente hedor a tabaco.
Cuando apartó la atención de la planta, la puerta se abrió y al poco tiempo se le unió un hombre que vestía una chaqueta de cuero. Tinta negra asomaba por las mangas y el cuello. Llevaba vaqueros rotos y una cadena al cuello. Se detuvo frente a ella y vaciló.
—¿Te has perdido? —preguntó él, con una voz que desmentía su apariencia; sus prejuicios habían asumido que sonaría rudo y áspero, pero su voz era lo contrario. Era suave, educada y poseía una cualidad entrañable.
—¿Perdón? —le preguntó ella, intentando no sonar ofendida, aunque lo estaba.
—Parece que no hayas fumado un cigarro en tu vida.
—Porque no lo he hecho.
—¿Entonces qué haces aquí fuera?
—¿Acaso te importa?
El hombre metió la mano en el bolsillo del vaquero, sacó un cigarrillo y encendió el extremo con su mechero. La punta brilló en naranja y una columna de humo salió de la boca del hombre.
—Si has salido fuera para tomar un poco de aire fresco, este sitio probablemente no sea el mejor —dijo él, dando otra calada.
—Quizá no he venido aquí por el aire fresco. Ella bajó la vista al suelo, a los pies de él.
El hombre se dejó caer en el banco de enfrente. Se sentó con las piernas abiertas y una de ellas estirada. —¿Por qué estás aquí metida?
—¿Por qué estás tú aquí?
—De visita. Creo que las enfermeras tendrían algo que decir sobre que fume si fuera un paciente.
Elizabeth gruñó.
—Es un poco raro, ¿no?, esta caja de cristal. Todo el mundo puede verte mientras te matas lentamente con estos palitos de enfermedad.
Elizabeth levantó la mirada. —Quizá ese sea el objetivo. Un juicio público. Aunque a ti no parece importarte. No te ha detenido.
—Y no lo va a hacer. Dio otra calada. Esta vez más larga. Más fuerte. —No sirve de nada preocuparse por lo que los demás piensen de ti. Si quiero hacer lo que quiero hacer, pues lo haré. Pero, por la misma regla de tres, si algo no va bien, soluciónalo. Sencillo.
Elizabeth frunció el ceño, confundida. —¿Te refieres a años de tabaquismo, por ejemplo? Siempre podrías solucionarlo dejándolo.
El hombre se apartó el cigarrillo de la boca y señaló con él a Elizabeth. —Consejos vendo...
Ella puso los ojos en blanco y se levantó del banco.
—¿Tan pronto? —preguntó el hombre cuando ella pasó por su lado.
Al detenerse junto a su pierna, un vaho de tabaco acre le subió por la nariz. Con una tos fingida, hizo saber su descontento y luego deambuló por el hospital, regresando por el mismo camino por el que había venido. Dos minutos después, volvió con su madre y su hermana.
—¿Alguna noticia? —preguntó mientras se sentaba entre ellas.
Tegan sacudió la cabeza, así que decidió no indagar más, cogió su teléfono y comprobó las notificaciones. Unas cuantas invitaciones de amistad en Facebook y un mensaje de Clash of Clans avisándole de que su fortificación estaba bajo ataque, pero nada más. Ni un solo mensaje de su marido.
Abrió sus mensajes de texto, buscó el nombre de Jake y se quedó mirando fijamente la pantalla. Sus dedos revoloteaban sobre los caracteres del teclado, chocando sus uñas en la anticipación de qué escribir.
La palabra «divorcio» entró en su mente y permaneció allí más tiempo de lo esperado.
Lo que el hombre de la zona de fumadores le había dicho resonaba en su cabeza.
¿Era Jake un palito de enfermedad en su vida?
¿Tenía que solucionar la situación en la que se encontraba para poder ser más feliz y vivir una vida mejor a largo plazo?
¿O seguiría con el hábito, a pesar de que le gustara, confiara en él y dependiera de él, incluso si la enfermaba y un día podía terminar matándola?
Antes de que pudiera responder a esa pregunta, por suerte, la puerta de la sala de espera se abrió. El cirujano entró, entrelazando las manos a la altura del ombligo. Una enfermera le seguía y se apoyó en el pomo de la puerta, manteniéndose fuera de la vista para la gran noticia.
—Lo siento —empezó el médico, con naturalidad, frío—. Pero no hemos podido hacer nada por él.