Capítulo 69
BÚHO
L a hora en el salpicadero indicaba que llevaba una hora esperando. Y, entonces, esa hora se había convertido en un retraso de diez minutos. Diez minutos se habían convertido en veinte. Veinte en treinta.
Empezaba a pensar que, de algún modo, se le había pasado por alto. Pero era imposible. Solo había una entrada y una salida, y no le había quitado el ojo de encima. Escudriñando cada rostro que pasaba por delante de ella en todas direcciones.
No fue hasta que pasó una hora y cuarenta minutos cuando finalmente lo vio.
Ahora vestía ropa informal: un jersey Superdry con la capucha echada sobre la cabeza y las mangas remangadas hasta los brazos, unos vaqueros holgados y un cinturón cuyo extremo sobrante golpeaba contra su cadera a cada paso; además, llevaba una mochila al hombro izquierdo.
Stephanie lo observó mientras se subía a su Ford Fiesta y arrancaba. Ella puso en marcha el motor de su coche de precio razonable y lo siguió, manteniendo las distancias.
Por suerte, el hombre no vivía demasiado lejos, a pocos kilómetros de la prisión, en un pueblo a las afueras de Dartford, cerca del cruce.
Stephanie se detuvo a un lado de la carretera, manteniendo su anonimato.
En cuanto apagó el motor, sacó las llaves y cerró la puerta.
El sonido quedó oculto por el zumbido procedente de la M25 a lo lejos.
Williamson, todavía ajeno a su presencia, caminó hacia su casa, una pequeña propiedad adosada con una bicicleta infantil encadenada a una tubería de desagüe. Ella se abalanzó sobre él y saltó hacia la puerta justo cuando él estaba a punto de cerrarla.
—¡Qué de—! —dijo él cuando Stephanie chocó contra él. En cuanto reconoció su rostro, su expresión decayó y pasó de la conmoción y la sorpresa al miedo.
—Tengo que hacerle unas preguntas —dijo Stephanie, poniendo la mano en la puerta.
—¿Qué? ¿P... por qué? ¿Qu... quién... quién?
—¿Es usted un búho? —espetó Stephanie—. Me llamo inspectora jefa Stephanie Grayson. Soy de la Unidad de Investigación de Delitos Graves de la Policía Metropolitana y tengo que hacerle unas preguntas sobre el próximo juicio de Henry Matheson. No sabrá nada al respecto, ¿verdad?
El hombre se quedó pétreo.
—Por favor... —dijo con voz neutra—. No monte un numerito. Mis hijos... están dentro. Mi mujer...
Stephanie se concentró. No se oía nada, salvo el sonido de un coche que pasaba por allí en ese preciso instante. Era después del horario escolar, así que no era descabellado que simplemente estuvieran tranquilos. Al final, decidió concederle el beneficio de la duda.
—Puede venir conmigo a la comisaría voluntariamente o puedo detenerlo aquí mismo. Usted decide. ¿Cómo prefiere hacerlo?
El hombre vaciló. Luego se hizo a un lado y la dejó entrar.
Stephanie cruzó el umbral e inspeccionó la casa.
Ella no era quién para juzgar, pero parecía que a él, y al resto de su familia, les vendrían muy bien las cien mil libras extra que se habían depositado en su cuenta bancaria.
La alfombra del pasillo estaba rasgada y manchada; los rodapiés, polvorientos y descascarillados.
Pero lo que más la desconcertó fue el olor, como si hubieran pintado las paredes con lejía.
—La cocina está al fondo —dijo él, rozándola en el estrecho pasillo—. Pondré el hervidor.
—No hace falta. No estaremos aquí mucho tiempo.
Él la ignoró y siguió hacia la cocina.
Mientras lo seguía, ella echaba un vistazo a las habitaciones.
Un comedor a la izquierda, que daba a la calle.
Siguiendo por el pasillo había un pequeño cuarto de baño; el lavabo estaba pegado al inodoro y apenas quedaba espacio para maniobrar.
Su reflejo en el espejo sobre la pila le llamó la atención y, por una fracción de segundo, creyó ver una mancha de sangre.
Antes de que pudiera seguir dándole vueltas, el sonido del hervidor al romper a hervir la distrajo.
—¿No le he dicho que no nos quedaríamos mucho tiempo? —dijo ella, saliendo del baño y entrando en la cocina.
—¿Y bien, qué quiere saber? —preguntó él mientras se apoyaba en la encimera de la cocina, despreocupado y valiente, con el semblante de un hombre que no tiene nada de qué preocuparse.
Al otro lado tenía un escurridor, con una torre de ollas, sartenes, platos y cubiertos secándose que se tambaleaba al borde del colapso.
—¿A quién ha estado sobornando? —preguntó ella y se acercó lentamente al hervidor, manteniendo el cuerpo y los músculos en tensión, por si él decidía atacarla.
—No sé de qué me está hablando.
En cuanto terminó de hablar, ella llegó al hervidor y pulsó el interruptor, apagando el aparato.
—Nada de té —insistió y se apartó un poco, creando un espacio entre los dos—. Ni de café.
Como un niño insolente al que acababan de regañar, Williamson acercó cada vez más su dedo índice a la máquina.
Más y más cerca.
Hasta que volvió a encender el hervidor.
Furiosa, Stephanie arrancó el hervidor de su base y lo dejó sobre la encimera. —He dicho que nada de...
Williamson le descargó una sartén metálica en el lateral de la cabeza. El dolor le partió el cráneo en dos; ella gritó de agonía y sorpresa, y se precipitó en un agujero negro al desplomarse en el suelo, golpeándose la cabeza con la parte inferior de la puerta de un armario.
Antes de que la luz fuera consumida por completo por la materia oscura, le oyó decir: —Lo siento, pero me ha obligado a hacerlo.