Capítulo 63
MELANIA
— A quí mismo me va bien, jefe —indicó Jake, señalando un hueco en el arcén—. Perfecto.
En cuanto puso un pie en la acera, se dio cuenta de repente de que no había pronunciado palabras como «amigo», «favorazo» o «colega» en toda su vida.
Quizá se debía a que, durante los diez minutos de trayecto, había estado hablando en «jerga de taxi» —donde la mayor parte de la conversación era vulgar y llena de tópicos— y había acabado asimilando su lenguaje para estar a la altura.
El taxi arrancó y se alejó por la carretera.
En cuanto desapareció de la vista, Jake escudriñó la calle de arriba abajo.
Las casas estaban en silencio, quietas, resistiendo con firmeza el viento gélido que se colaba por los estrechos huecos entre los edificios, trayendo consigo el sonido lejano del centro de la ciudad.
La calle desprendía un aura inquietante, como si no se hubiera recuperado del todo de la monstruosidad que había tenido lugar en la galería de Steven y Jessica Arnholt, al otro extremo de la vía.
Se giró para mirar el edificio, que seguía tapiado y a la espera de nuevos dueños, cuidados y atención.
Imágenes de la brutal escena del crimen le asaltaron la mente.
El sótano. La sangre en el suelo. En las paredes.
En la mesa. El cadáver: desmembrado, desfigurado, decapitado.
Y luego estaba el otro cuerpo colgando del techo, con el pene cercenado de Steven Arnholt tirado en el suelo.
Aquellas imágenes viscerales y atroces le hicieron sentir náuseas; la historia se repetía.
Había vomitado entonces, y estaba a punto de volver a hacerlo ahora.
Expulsó la sensación de su mente y regresó al presente.
Mientras Jake observaba la hilera de casas en la misma acera que la galería, recordó en cuál vivía Archie Arnold.
Como parte de las fases iniciales de la investigación del Destripador de Stratford, Jake se había visto obligado a realizar las pesquisas puerta a puerta.
Archie Arnold había sido el último hombre con el que había hablado; Jake solo esperaba que siguiera viviendo allí.
Jake caminó despreocupado por la acera, con los ojos yendo de un lado a otro y la paranoia instalándose en su mente.
Aunque no tenía motivos para sentirse inseguro, no podía evitar sentir que alguien le perseguía, que iba tras él; no podía evitar sentirse vulnerable y aislado, sin forma de contactar con el mundo exterior.
Sin dinero, sin móvil, sin ninguna vía inmediata para avisar a nadie de que seguía vivo.
Jake encontró la casa: el número veintitrés. Se acercó y llamó a la puerta. Los recuerdos de la misma situación dos años atrás acudieron a su memoria.
Jake esperó. Pasaron unos segundos sin que ocurriera nada y entonces una furgoneta blanca se detuvo detrás de él. Al oír el ruido, se giró sobre sus talones, conteniendo el aliento y apretando el puño.
Reparto de DPD. Falsa alarma.
Pero mientras el repartidor bajaba del vehículo, un hombre con un ojo estrábico salió de un Mercedes, furioso, gesticulando y jurando a voz en grito.
—¡¿Qué coño haces?! ¡Mira por dónde vas, idiota!
Al entrar en la calle, el repartidor había rozado el Mercedes, golpeando ligeramente el faro delantero. Y el dueño le estaba haciendo saber exactamente lo que pensaba al respecto mientras ambos se enzarzaban en una acalorada discusión.
Al darse cuenta de que no era asunto suyo, Jake los dejó a lo suyo y volvió a centrarse en la puerta.
Se abrió. Ante él estaba Archie Arnold, vestido con el mismo chándal gris que llevaba cuando Jake lo conoció, aunque con el añadido de unas cuantas manchas nuevas en el pantalón.
Su rostro tenía el color de la sangre y sus ojos estaban más abiertos que platos.
Tenía un ligero bulto en el pantalón y—
—¿Me recuerda? —preguntó Jake, apartando la mirada de la entrepierna de Archie—. Vine aquí hace un par de años, preguntándole por las muertes de Steven y Jessica Arnholt.
—Policía —dijo él, balbuceando. Tenía la boca llena de saliva y tragó una bola de ella.
—Eso es —dijo Jake—. Estaba en la policía.
—Policía —repitió Archie.
En cuanto la palabra salió de su boca por segunda vez, intentó cerrar la puerta de un portazo, pero los reflejos de Jake fueron demasiado rápidos, a pesar de la resaca. Metió el pie en el marco de la puerta y la detuvo contra él.
—Tranquilo —dijo Jake, apoyando el peso de su cuerpo contra el de Archie—. No voy a hacerle daño. No tiene problemas. Solo necesito su ayuda con una cosa. Nada más. Somos amigos, ¿se acuerda?
Tras unos segundos de silencio, Archie acabó cediendo, dejó que la puerta se abriera y retrocedió un poco. Jake no estaba seguro de si Archie le estaba invitando a pasar o si se estaba preparando para lanzar un ataque.
Y entonces vio que algo se movía detrás del joven.
Una figura: oculta, agazapada, asustada.
Jake miró por encima del hombro de Archie y reparó en una chica vestida con una falda corta y un top aún más corto.
Bingo.
—¿Puedo pasar, por favor? No le robaré mucho tiempo —dijo Jake—. Solo necesito hacerle unas cuantas preguntas sobre un asunto.
—Tengo una...
—Lo sé —dijo Jake—. Puedo verla. De hecho, ella es una de las cosas de las que quería hablar con usted. ¿Puedo pasar, por favor, Archie?
Archie asintió con cautela y se hizo a un lado.
Jake subió el pequeño escalón hacia la casa de Archie y puso el pie sobre el suelo laminado.
Una densa alfombra de pelos y polvo cubría el material.
Normalmente, Jake era lo bastante cortés como para ofrecerse a quitarse los zapatos, pero, por algún motivo, no creyó que Archie mereciera tal cortesía.
A medida que se adentraba en la pequeña vivienda, la mujer que estaba en el marco de la puerta salió corriendo. Jake la siguió.
—¿A dónde va? —le gritó Archie desde atrás—. ¡No puede entrar ahí!
Jake continuó de todos modos. Siguió a la mujer a la vuelta de la esquina, a través del comedor y hasta el salón, donde la encontró en el centro del espacio cuadrado.
La luz que entraba por el ventanal ocultaba sus rasgos, pero pudo distinguir que era atractiva.
Pelo oscuro, largo y suelto. Cuerpo esbelto, flexible y suave.
Ojos dulces, dientes perfectos. Y poseía la inocencia de una mujer que se encuentra en una situación que la supera.
Se cubrió con los brazos, apretándolos contra su cuerpo, cruzó las piernas y se balanceó de un lado a otro mientras luchaba por mantener el equilibrio sobre sus tacones altos.
Justo cuando Jake iba a abrir la boca, apareció Archie.
—Mal —dijo—. Muy mal.
—¿Qué está pasando aquí, Archie? ¿Es una amiga suya? —Jake se acercó a la mujer, con las manos en alto en señal de rendición. No quería hacerle daño, e intentó desarmarla con una sonrisa.
—Mal —dijo Archie.
Jake articuló las palabras: —Tranquila. Todo va bien —mientras sacaba su placa.
Finalmente, la mujer bajó los brazos a una posición normal a los costados y, al hacerlo, reveló la parte interna de su muñeca.
Jake vislumbró una marca roja y reparó en el tatuaje grabado en su piel.
La misma marca que el hombre que había conocido en el salón de manicura.
La misma marca que la mujer que Jake había visto en su primera visita a la casa de Archie.
Su número era el veintinueve. Y debajo había un código de barras.
—¿Tienes nombre? —preguntó Jake, acercándose despacio hacia ella y apartando la vista de su muñeca.
—Se llama Jessica —dijo Archie detrás de él.
Jake cerró los ojos y suspiró. Era de esperar .
—¿Tienes nombre? —preguntó de nuevo.
Esta vez, la mujer asintió. Lentamente, como si fuera una muñeca a la que un niño le estuviera dando cuerda.
—¿Puedes decirme cómo te llamas? —preguntó Jake con voz suave.
—Melania —respondió ella—. Me llamo Melania.