Capítulo 60
TRÍO
L as sensaciones no la habían abandonado. Miedo e inquietud, hundiéndose con más fuerza y profundidad en su estómago a cada hora que pasaba.
Ante ella estaba su padre, descansando, con los ojos cerrados; el ascenso y descenso acompasado de su pecho indicaba que seguía vivo varias horas después de que la operación se hubiera considerado un éxito.
Frente a ella estaban su madre y su hermana, ambas ignorándola.
Martha leía el periódico y Tegan estaba con el móvil, escribiendo.
Elizabeth reconoció el logotipo azul oscuro de Facebook en la parte superior de la pantalla.
Si ellas iban a estar poco sociables, ella también lo estaría, así que sacó su teléfono.
Durante un buen rato, contempló con la mirada perdida la imagen de su pantalla de bloqueo; la foto de ella, Jake y las niñas en la playa de Cornwall.
Habían ido a visitar a unos familiares de Elizabeth allí durante un fin de semana en el que Jake había conseguido librar.
Siguió mirando la foto, centrando la vista en el rostro de Jake. Él sonreía. Ella sonreía. En cuanto a las niñas... bueno, ellas siempre sonreían; su inocencia y su edad las protegían de la realidad de lo que estaba ocurriendo.
Hacía dos meses parecían una familia feliz. Ahora, su relación estaba al borde de la destrucción.
No había tenido noticias de su marido desde la llamada telefónica de anoche.
Había tenido tiempo de sobra para pensar, para darle vueltas a su reacción y a su comportamiento.
¿Había sido demasiado dura? ¿Se había precipitado al sacar conclusiones?
Jake y Stephanie eran compañeros de trabajo.
Sí, pasaban muchas horas del día juntos.
Pero ella también lo hacía cuando trabajaba en la agencia de modelos.
Entablaba amistad con los fotógrafos, así que ¿en qué se diferenciaba la relación de Jake y Stephanie?
Era puramente platónica. Nada más y nada menos.
Él se lo había dicho explícitamente. Y ella debería confiar en él, porque no le había dado motivos para no hacerlo.
Sin mencionar que él confiaba en ella a ciegas. Así que había sido una reacción exagerada. Eso era todo. Los nervios a flor de piel. Una cantidad increíble de estrés. Algo fácil de superar.
La pantalla se quedó en negro. Elizabeth la desbloqueó, buscó en su agenda el nombre de Jake y pulsó el botón de llamada.
El teléfono se quedó en silencio y, acto seguido, saltó el buzón de voz. Colgó sin dejar mensaje y volvió a intentarlo.
Nada.
Esperaba que estuviera bien. No era propio de él tener el móvil apagado o sin batería.
Se desvivía constantemente por asegurarse de que tuviera carga suficiente, sin importar dónde estuvieran o qué estuvieran haciendo.
A veces, Elizabeth pensaba que era adicto al teléfono.
Pero solo era porque la naturaleza de su trabajo le obligaba a estar localizable casi a cualquier hora del día.
Lo intentó una tercera vez, pero obtuvo la misma respuesta.
Dejó el móvil sobre el borde de la cama, junto a la mano frágil y lacia de su padre, y decidió dejarlo estar.
Lo intentaría de nuevo en diez minutos. Luego cogió la mano de su padre y la apretó.
Notó su brazo frío y sus músculos débiles, algo que sabía que se debía a que estaba durmiendo, pero eso no impidió que la temperatura de su piel la llenara de pánico y la convenciera de que estaba muerto.
Elizabeth apretó de nuevo. Esta vez obtuvo respuesta: el pitido del monitor a su lado se intensificó y pasó de unos latidos lentos y constantes a una lluvia torrencial y rápida.
Antes de que pudiera reaccionar, el cuerpo de su padre empezó a convulsionar de forma espantosa.
Los brazos y las manos fueron lo primero en moverse, seguidos de las piernas y el resto del cuerpo, mientras que la cabeza permanecía inmóvil pero ladeada hacia un lado, con los labios entreabiertos y la lengua asomando por la comisura.
—¡Papá! —gritó Elizabeth, poniéndose en pie de un salto y poniéndole la mano en el hombro. Sentía las vibraciones de su cuerpo a través del brazo—. ¡Papá! ¡Papá! ¿Qué está pasando?
Su madre y su hermana también se levantaron de un salto, rodeándolo al instante. Empezaron a pulsar y apretar frenéticamente los distintos botones para llamar a la enfermera mientras Elizabeth seguía gritando, con un miedo paralizante que le impedía hacer cualquier otra cosa.
A los pocos segundos, un trío de enfermeros entró por la puerta y se acercó rápidamente. Apartando a Elizabeth y a su familia, atendieron a su padre con movimientos ágiles y experimentados.
—¿Se va a poner bien? —preguntó ella—. ¿Qué le está pasando?
Los enfermeros separaron la cama de la pared, empujándola hacia atrás.
—Su cuerpo está teniendo una reacción grave al riñón. Tenemos que llevarlo a quirófano.