Capítulo 59
DIAMOND GEEZERS
P arecía que habían pasado seis horas y Dale’s Yard todavía seguía cerrado.
Jake empezaba a sentirse como un adolescente de nuevo, merodeando frente a negocios cerrados en mitad de ninguna parte para quedar con sus colegas y beber alcohol en algún rincón apartado de un polígono industrial.
Cierto era que solo lo había hecho en dos ocasiones, pero esa sensación de delincuencia juvenil y comportamiento antisocial prendía una chispa infantil en su interior.
Estaba agazapado bajo un árbol, resguardándose de la lluvia.
Había logrado convencer a un taxista para que lo llevara gratis tras enseñarle su placa. Asunto urgente, le había dicho Jake.
¿Un abuso de poder poco ético? Sí.
¿Era absolutamente vital llegar a tiempo? También sí.
El yin y el yang. Dos opuestos que se anulaban entre sí.
Finalmente, tras lo que parecieron otras seis horas de espera, llegó una furgoneta blanca y giró hacia la entrada del desguace.
En el lateral del vehículo aparecía el logotipo de la empresa y los datos de contacto.
Al llegar a las puertas metálicas, un hombre vestido con un chaleco reflectante naranja saltó de la cabina.
Jake se abalanzó sobre él mientras el hombre forcejeaba con un pesado llavero que tenía más llaves que un piano.
—Perdona, tío —dijo Jake.
El hombre, sobresaltado y perplejo, estudió a Jake como si fuera un mendigo. —¿Pasa algo? —dijo con recelo.
—¿Trabajas aquí?
—Cinco días a la semana. —El hombre bajó el brazo en el que sostenía las llaves.
—¿Eres el gerente?
—Su hijo. Carlton Junior. Pero puedes llamarme CJ.
Sin decir nada, Jake metió la mano en el bolsillo y le puso la placa delante de la cara a CJ. Los ojos del hombre se abrieron de par en par y dio un paso atrás.
—¿De qué va esto?
—Necesito echar un vistazo a un vehículo que trajeron el otro día. Tengo que saber quién lo trajo y qué se ha hecho con él.
—Erm… Tendré que hablar con...
—No hay tiempo, tío. Lo siento. Entraré y saldré antes de que te des cuenta.
Durante un buen rato, CJ no dijo nada mientras examinaba a Jake de arriba abajo. Jake hizo lo mismo. El hombre no debía de pasar de los veinticinco, era de complexión delgada y tenía el pelo desgreñado, a excepción de las escasas pelusas que le crecían en la barbilla.
CJ abrió la boca y dijo: —Tú no estarás... no estarás de incógnito, ¿verdad?
—Sí —respondió Jake sin dudar—. No puedo decir mucho más, pero es imperativo que entre y eche un vistazo ahora mismo.
El hombre barajó las llaves entre sus dedos metódicamente hasta que encontró la correcta, la metió en la cerradura y abrió la verja.
A Jake no le gustaba aprovecharse de la inocencia de la gente, pero si con ello conseguía resultados, lo único que lo frenaba era su moral.
Y tal como se sentía, ya no le quedaba ninguna.
El mensaje de anoche se había encargado de ello.
—Sígueme —dijo CJ, y guio a Jake por la explanada, rodeando el edificio principal hasta llegar a una montaña de chatarra que había detrás—. Aquí es donde guardamos los coches que ya han pasado por la prensa.
—¿La prensa?
—Cuando llegan aquí, los prensamos para convertirlos en cuadraditos con la empacadora de ahí fuera.
Jake dirigió la mirada a la derecha. Junto a la montaña de metal había una máquina grande que parecía el contenedor de un camión con el techo abierto. Sujetas a la parte superior del contenedor había dos placas metálicas que pivotaban en ángulo.
—Necesito saber todo lo que tengáis sobre un Mercedes Clase C.
—¿Matrícula?
—CM08 BY2.
CJ le dijo que esperara un momento y se fue corriendo a la oficina.
Mientras no estaba, Jake aprovechó la oportunidad para deambular, escrutando la pirámide de coches aplastados que tenía delante; cada bloque de metal, de colores variados, estaba apilado uno encima de otro.
El suelo estaba lleno de escombros. Muñecas.
CD rotos. Y entonces, al acercarse a un bloque de metal blanco, algo le llamó la atención.
Justo cuando se agachaba para inspeccionarlo, CJ regresó con un portapapeles en la mano.
—Entró ayer. No sé quién lo trajo. Yo no estaba trabajando. Ya estaba prerreservado.
—¿Nombre?
—Danny Cipriano.
El rostro de Jake se quedó de piedra. Parecía que Danny seguía atormentándolo desde el más allá.
—¿Va todo bien, tío? —preguntó el chico.
Jake asintió. —¿Qué más tienes? ¿Dirección? ¿Cámaras de seguridad?
—Nada de eso. Mi padre no se fía. Dice que es poco probable que alguien quiera entrar aquí para robar algo.
—¿Trabaja hoy tu padre?
CJ pasó otra página de su portapapeles. —Qué va. Está de vacaciones en España ahora mismo. Perro con suerte. —Otro giro, otra página—. Aquí está. Se pagó todo en metálico.
—¿Cuánto?
—Poco más de dos mil pavos.
Jake esperaba que la confusión en su rostro fuera evidente.
CJ se rió entre dientes, soltando burbujas de flema por las comisuras de la boca. —Sí, dos de los grandes.
Dos mil libras.
La misma cantidad que habían robado de las cuentas bancarias de Jake.
Quizás su dinero no se había usado para financiar el salón de manicura. Quizás se había utilizado, en cambio, para blanquear dinero.
—¿Tenéis mucho negocio de este tipo? —preguntó—. Grandes sumas de dinero en efectivo.
—Te sorprendería. Pasa más a menudo de lo que crees.
Jake suspiró. —Seguro que sí.
—Pero pagamos todos nuestros impuestos —añadió CJ como comentario final.
El hecho de que sintiera la necesidad de afirmar aquello le indicó a Jake explícitamente que no lo hacían. Tomó nota mental para pedirle a alguien que investigara el negocio cuando regresara a la comisaría.
—Gracias por tu ayuda, tío.
—¿No quieres que te anote nada?
Jake se tocó el lateral de la cabeza. Luego señaló la pirámide de metal. —¿Te importa si echo un vistazo rápido por aquí?
—Haz lo que tengas que hacer. Estaré por aquí si me necesitas.
Vale , pensó Jake. CJ se volvía más suspicaz a cada segundo que pasaba, y lo mejor era que resultaba natural.
Nada de ello había sido provocado por Jake; solo era la inocencia del joven saliendo a la luz.
Había algo más que no le contaba a Jake, pero por ahora, al menos, tenía algo por donde empezar.
Danny Cipriano .
Repitió el nombre en su cabeza varias veces. Era imposible que Danny hubiera traído el coche para su desguace. Llevaba muerto algo más de un año.
Danny era solo un cabeza de turco, un alias para encubrir la verdadera identidad del propietario.
En cuanto CJ desapareció de la vista, Jake centró su atención en el resto de chatarra que le había llamado la atención antes.
Se agachó y alargó la mano hacia un trozo pequeño de papel blanco.
Era una tarjeta de visita, doblada y rota.
En el anverso aparecía la silueta de una mujer semidesnuda, con el nombre «Diamond Geezers» impreso a un lado y un número de contacto debajo.
Jake reconoció la tarjeta de inmediato. Era la misma que el Destripador de Stratford, Lester Bain, había usado para citar a sus próximas víctimas y masacrarlas brutalmente.
Pero Lester estaba muerto. Hacía ya unos meses; había muerto de una hemorragia cerebral tras recibir una paliza en su celda de la prisión.
Docenas de pensamientos se agolparon en su mente.
¿Estarían los proxenetas que solicitaban a aquellas mujeres también detrás de esto?
¿O era solo una coincidencia? No había notado ningún acento en el del bate de béisbol en el salón de manicura, y estaba seguro de que cuando habló con los proxenetas por teléfono aquella vez, había escuchado un acento de Europa del Este.
Y entonces otro nombre acudió a la cabeza de Jake. Esta vez llenando su mente.
El hombre que le había dado a conocer Diamond Geezers. El hombre que le había dicho dónde encontrar a las prostitutas en primer lugar. El hombre que había trabajado con Drew, Liam y Pete en el pasado.
El hombre que, resultaba cada vez más evidente, tenía conexiones con La Cábala de más de una forma.
Jake sabía dónde encontrarlo. El único problema era cómo llegar allí.