Capítulo 58
DINERO
E l olor a sudor rancio se filtraba por los muebles de la habitación, como si hubiera sido habitada por mil personas antes que ella y fuera a seguir albergando a otras mil después.
Eso suponiendo que lograra salir de allí con vida.
Quizá traen a la gente aquí para morir. Quizá la traen para que se recupere. Quizá la traen para darle salida .
El único problema era que no sabía exactamente dónde estaba ese aquí .
Solo sabía que se encontraba en algún lugar elevado, rodeada de muchos edificios altos.
Previendo su viaje al Reino Unido, había dedicado horas a una investigación exhaustiva: lugares donde alojarse, sitios que visitar, zonas donde establecerse y encontrar un trabajo y una vivienda decente para alquilar.
Como resultado, había visto la maravillosa arquitectura que Londres podía ofrecerle.
Y ahora mismo tenía ante sí dos ejemplos de primer orden: la imponente metrópolis de Lego de Canary Wharf a su izquierda, destacando en el horizonte, y el esqueleto de The Shard.
Poco después de la intervención, se había despertado pillando por sorpresa a los hombres que la rodeaban.
Demasiado aturdida por los efectos de la anestesia, le había costado defenderse e intentar escapar.
Y lo último que recordaba, antes de que le administraran más cantidad del fármaco, era a un hombre con un pasamontañas explicándole que iba a ir a un lugar especial.
Un lugar por donde la gente pasaba de largo. Un lugar donde sucedían cosas tras las paredes. Un lugar donde se intercambiaba dinero.
El mobiliario de la estancia correspondía al de un dormitorio. Tenía una cama y una mesita de noche. Pero a su lado había un cubo lleno de agua fría con jabón y una esponja.
Se quedó de pie junto a la ventana, contemplando a las diminutas hormigas que se movían quince o veinte metros más abajo.
Al apoyarse en el alféizar para ver mejor, la piel del dorso de su mano se arrugó y le escoció.
Antes de que pudiera hacer nada al respecto, la puerta se abrió lentamente, anunciando que alguien entraba.
En medio del marco de la puerta estaba D, vestido con el mismo traje que la última vez que lo vio. Notó que se le veía mucho más canoso, más estresado.
—Te he echado de menos —dijo él, cruzando el umbral. —Entre toda la puta locura que está pasando, parece que tú eres lo único bueno.
Se acercó a ella con aire despreocupado por detrás y le puso la mano en el costado derecho, allí donde sentía aquel dolor abrasador que no la había abandonado desde entonces. Ella hizo un amago de apartarse.
—¿Ha ido bien la operación? Me han dicho que te has portado de maravilla durante todo el proceso.
Apoyó la barbilla en el hombro de la chica y desplazó la mano hacia su entrepierna.
La vagina le latía y la sentía inflamada, enviándole punzadas de dolor que calaban hondo en su estómago, peores que las del abdomen.
Había empezado justo después de la operación, cuando supo que algo no iba del todo bien, y no había dejado de dolerle desde entonces.
—Estoy orgulloso de ti por lo que has hecho —dijo D.
—Has ayudado a salvar a un hombre que se moría.
Él y su familia te están eternamente agradecidos.
—Le besó el cuello. —Al igual que yo. —Deslizó la mano que le quedaba libre por su cuerpo, sobre sus pechos, y la rodeó con ella el cuello.
Ella sintió su miembro abultarse contra la parte baja de su espalda.
La respiración de él se intensificó contra su oído, y emitió unos gemidos bajos y suaves.
Y entonces, de repente, la soltó.
—Ha habido un cambio de planes —dijo, alejándose de ella. —Este no es lugar para ti. No es el entorno adecuado para que prosperes. Tú eres una chica de clase A; aquí es donde tenemos a las de clase F y G... Y no me refiero solo a la talla del sujetador.
Se le puso la carne de gallina. Entendía cada palabra, pero ojalá no fuera así. Ojalá no estuviera allí, escuchando los quejidos y gemidos de los hombres tras los muros. Ojalá no tuviera que soportar más aquel dolor.
Que todo terminara de una vez.
—¿Recuerdas cuando te conocí? —continuó él.
—Te dije que si pagabas tu deuda serías libre para marcharte.
Pues bien, hay varias formas de lograrlo.
Trabajar en el salón es lo más largo y aburrido.
Pero lo que tengo planeado para ti ahora contribuye más a saldar tu deuda, así que la pagarás antes.
Y como te has portado tan bien, voy a dejarte salir.
—Vaciló. —Pero hay algunas condiciones...
Ella tensó el cuerpo ante la expectativa de lo que estaba por venir. La última vez que él dijo aquello, había violado su intimidad y destruido su inocencia.
—Vas a conocer a mucha gente nueva. A veces vendrán a verte, pero lo normal será que tú vayas a ellos.
Uno de mis hombres te llevará a los lugares y luego te quedarás a solas con las personas con las que te reúnas.
—Le puso un dedo en la nuca y lo deslizó por la columna vertebral; ella se estremeció.
—Estas personas, las que vas a conocer, han sido todas investigadas.
No puedes decirles nada, no puedes contarles nada, porque ya saben quién eres, quién soy yo y a qué nos dedicamos ambos.
Es inútil pensar lo contrario. Vigilaremos cada uno de tus movimientos, grabaremos cada palabra y cada sílaba. Tu libertad tiene un precio y es este.
Retiró la mano de la espalda y le dio una palmada en el trasero. —Será mejor que te prepares. Tienes a un cliente esperándote ya. Tu chófer te lo explicará todo cuando lleguéis.
Salió de la habitación, pero se detuvo y regresó, esta vez sosteniendo unos billetes frente a la cara de ella. —Encontramos esto en tus bragas el otro día. Y he pensado que te gustaría recuperarlo, como recompensa. —Le gruñó al oído y olisqueó el papel. —Mmm... aún huele a ti.