Capítulo 57
EL TALLER DE DALE
L a gravedad de lo ocurrido la noche anterior debería haberle quedado clara mucho antes de lo que lo hizo. La noche había transcurrido en un espejismo de cerveza, chupitos, más chupitos… ¿y tequila? Recordaba estar sentado en el bar, riendo con Stephanie, disfrutando de su compañía.
Ahora estaba bajo la ducha, intentando despejar la resaca con agua.
El martilleo en su cabeza era incesante, como un portero de discoteca aporreando la puerta, haciendo todo lo posible por echarla abajo.
Sentía los músculos fatigados y le costaba apretar el bote de champú que ofrecía el hotel sin que le temblara todo el brazo.
Además, sentía los dientes sucios y ásperos; el hotel no disponía de los artículos de aseo adecuados, así que se había ido a la cama sin cepillarse los dientes, una de las cosas que más odiaba.
Solo podía imaginar lo asqueroso que le olería el aliento.
Jake cerró el grifo, salió de la ducha y buscó entre las nubes de vapor la toalla que colgaba detrás de la puerta.
Al cogerla, se secó la cara y apoyó la mano en el lavabo.
Se le subió la sangre a la cabeza y se sintió mareado, aturdido, casi como si fuera a desmayarse.
Luego se inclinó hacia delante y tuvo una arcada.
Su cuerpo solía reaccionar bien a las resacas.
Pero de eso hacía ya mucho tiempo; ya no tenía diecinueve años, y solo ahora empezaba a sentir el efecto total de lo que había bebido.
Esto no le gustaba. Ni lo más mínimo. Las náuseas, el dolor de cabeza, el calambre en el estómago, la sequedad en la garganta, la sensación de ser un muerto viviente. Esto era otra cosa. ¿Qué cojones pasó anoche?
Y entonces, mientras miraba el espejo empañado, con sus rasgos reducidos a un manchón de color rosa y negro, Jake recordó. Stephanie. Su habitación. Su cama. El beso.
Secándose la boca con la toalla, Jake salió apresuradamente del baño, tiró la toalla sobre la cama y buscó su ropa interior, que descansaba sobre el pequeño escritorio.
Mientras se vestía y apartaba del escritorio las pocas prendas que tenía, notó algo sobre la mesa.
Una pequeña hoja de papel doblada por la mitad.
Jake la cogió y acercó la silla. Encendió la luz.
Las palabras cobraron vida sobre el papel.
Jake:
Lo siento. Es lo único que sé decir. Sé que no sirve de consuelo, pero siento lo que pasó entre nosotros.
Fue un error, uno que me pesará el resto de mi vida.
No creo que ninguno de los dos pretendiera que ocurriera, pero pasó.
Me he convencido a mí misma de que no ha significado nada; tú tienes una familia y una mujer que te adoran.
No le diré nada a nadie, a menos que tú quieras que lo haga. Para cuando leas esto, ya no estaré en el hotel. Siento dejarte solo en Birmingham, pero hay dinero en el cajón para que vuelvas a Londres. No es mucho, pero era todo lo que tenía.
Si decides quedarte y terminar aquello a lo que vinimos, por favor, ve con cuidado. Espero que no te encuentres demasiado mal. Nos vemos pronto.
Lo siento.
S.
Jake dejó la nota sobre la mesa y rebuscó en el primer cajón.
Allí encontró un ejemplar de la Biblia, inmaculado e intacto.
Jake lo sacó y abrió la tapa. Encontró un fajo de billetes de diez y veinte en su interior, con las esquinas y los bordes arrugados por la prisa con que habían sido colocados en el libro.
Sacó el dinero y lo dejó caer sobre la mesa.
Intentar comprarlo de esa manera… ¿quién se creía que era?
Había engañado a su mujer y a su familia por su culpa. Ella había destruido su relación con la única mujer a la que había amado, la única relación que de verdad le había importado. ¿Cómo cojones iba a explicar aquello?
Jake golpeó la mesa con el puño. La bandeja de plástico con los vasos, las tazas y los sobres de azúcar se sacudió violentamente.
Agarró el asa y lanzó la bandeja por el borde de la mesa.
El contenido se desparramó por el suelo; las tazas y los vasos rebotaron sobre la moqueta sin sufrir ningún daño real.
Hay dinero en el cajón para que vuelvas a Londres.
Dinero por lástima. Dinero por culpa. Dinero de «siento haber arruinado tu matrimonio».
No iba a usarlo. No lo necesitaba. Era un hombre adulto.
Podía regresar por su cuenta sin la ayuda de nadie, porque si había sido capaz de ayudar a criar a su hermano y a su hermana sin su padre, si había podido superar todo lo que el Cónclave le había lanzado, si había podido ayudar a criar a dos niños maravillosos… entonces podía hacer esto .
Intentando forzar que las imágenes de Stephanie —y de aquella noche, y el bar, y las caricias, y la bebida, y las risas— salieran de su mente, Jake recogió sus escasas pertenencias y se dirigió a la recepción para dejar la habitación.
Fuera, seguía lloviendo, aunque ahora se había convertido en una ligera llovizna que provocaba ondas esporádicas en los charcos del aparcamiento.
Jake miró al cielo en busca de una respuesta.
No tenía noción del tiempo. Su teléfono estaba muerto y no tenía forma de comunicarse con el mundo exterior.
Y había elegido un mal momento de su vida para dejar de llevar reloj.
Lo único que sabía era que había luz, lo que significaba que pasaba de las ocho de la mañana.
Resoplando, se metió las manos en los bolsillos y echó a andar.
A unos cientos de metros se encontraba la estación central de tren de Birmingham.
Observó cómo los trenes reducían la velocidad al acercarse, con sus luces atravesando la niebla.
Probablemente tenía suficiente para comprar un billete con el dinero de Stephanie, pero se oponía a la idea.
No. Tenía que hacer otra cosa. Algo que le despejara la cabeza. Algo que le hiciera olvidar todo lo que había sucedido.
Si decides quedarte y terminar aquello a lo que vinimos, por favor, ve con cuidado.
El taller de Dale.
Con el martilleo en su cabeza implacable, Jake se dirigió hacia el taller de reparaciones, guiándose por el difuso sentido de la orientación que le quedaba de la noche anterior.