Capítulo 56
AL BORDE DEL ABISMO
P or segunda vez esa noche, tenía el brazo pasado alrededor de Jake, sosteniéndolo, sintiendo cómo sus dedos se aferraban a los músculos de su cuerpo.
—Con cuidado —dijo ella al entrar en el dormitorio.
Había un baño a su derecha inmediata, un armario y un mueble para las toallas a la izquierda y, más allá, a la derecha, una cama de matrimonio.
Al fondo, un pequeño sofá. El emblemático color morado oscuro de los Premier Inn bañaba las paredes y el mobiliario, y le recordó a una escena de Charlie y la fábrica de chocolate .
—Puede que tengas que ayudarme con la ropa —balbuceó Jake cuando ella lo soltó y lo dejó caer sobre la cama. Allí se quedó tendido, con los brazos abiertos sobre el edredón—. Puedes empezar por los zapatos y la americana. El resto creo que podré hacerlo yo.
Era el alcohol el que hablaba, estaba segura.
Después de que ella hubiera pagado las habitaciones con su tarjeta de crédito, habían buscado asiento en el bar.
Era un lugar cálido, acogedor, y las bebidas eran sorprendentemente baratas.
Allí habían pasado las últimas horas hablando, riendo y tocándose.
Stephanie lo miró durante un tiempo algo superior a lo habitual, a gusto. No era que no quisiera ayudarlo a desvestirse —estaría encantada de hacerlo si eso significaba que él estuviera cómodo y a salvo—, pero no quería que las cosas se volvieran complicadas entre ellos.
No quería que la dinámica cambiara.
Deseaba que...
Hablando, riendo, tocándose.
Jake gimió y se incorporó sobre los codos.
—Ya lo hago yo entonces —dijo.
¿Era un intento de provocarla para que lo ayudara?
—No pasa nada. Deja que te... —respondió ella y se agachó a sus pies, desatando los cordones y colocando los zapatos con cuidado en el suelo, junto al armario.
Mientras se daba la vuelta para seguir ayudándolo, el móvil de él sonó.
—¿Elizabeth? —preguntó animado, sin dirigirse a nadie en concreto.
Stephanie se puso en pie. Observó. Contuvo el aliento.
Lentamente, como si lo estuvieran izando con una polea, Jake se sentó erguido y se quedó al borde de la cama. Entonces, su rostro decayó y sus ojos se oscurecieron.
—¿Va todo bien? —preguntó Stephanie con cautela, incapaz de refrenar su curiosidad—. ¿Ella está bien?
Dio un paso más hacia él.
Para darle apoyo. Moral y emocional.
—No era Elizabeth —respondió Jake con voz inexpresiva, casi carente de emoción—. Era Darryl.
Mierda.
Jake ha estado demasiado tiempo sin correa. Ya iba siendo hora de que lo frenáramos.
Jake soltó un gran suspiro, desinflándosele todo el cuerpo.
—Simplemente pensó que debía informarme de que alguien ha presentado una queja contra mí. Por mi conducta poco profesional . Al parecer, hay varios casos —dijo con sarcasmo—. Increíble, no me lo puedo creer. Unos puñeteros burócratas, todos ellos.
Otro suspiro, esta vez más profundo.
—Supongo que tú no sabrás nada de esto, ¿verdad?
Sus ojos heridos de cachorro la miraron y, por un momento, ella no dijo nada, mientras una tormenta de pensamientos irracionales nublaba su mente. ¿Sabía él que había sido ella? ¿Le había dado algún motivo para sospechar?
—¡No! —dijo ella mientras le ponía una mano en el hombro y se sentaba a su lado. Un himno de culpa retumbaba en su cabeza.
Tú has hecho esto. Eres la responsable. Has destruido la carrera de este hombre, la vida de este hombre.
—Es la primera noticia que tengo.
—¿Por qué tiene que ser tan difícil de cojones? —preguntó Jake, gesticulando salvajemente con los brazos—. ¿Por qué parece que todo el mundo está en mi contra? Nadie quiere que tenga éxito. Solo intento hacer mi puto trabajo. ¿Por qué le cuesta tanto creerlo a la gente?
—Lo sé —dijo Stephanie, sin palabras para consolarlo. Si hubiera sido cualquier otra persona y otra situación diferente, habría sabido qué decir, pero como se trataba de él y la situación ya era lo bastante compleja de por sí, no tenía nada.
—Esto es lo último que me faltaba. Con todo lo demás que está pasando. Joder...
Jake dejó caer el teléfono al suelo y se pasó los dedos por su espeso pelo negro.
Stephanie movió suavemente la mano por su espalda hasta el otro hombro; sus dedos recorrían los surcos y relieves de sus músculos. Blandos pero firmes al mismo tiempo; reconfortantes, tranquilizadores.
Le apretó el hombro.
—Todo va a salir bien —dijo, a pesar de que sabía que no era cierto. Un punto negro sería una mancha imborrable en su expediente hasta el día en que se jubilara o, peor aún, fuera expulsado del cuerpo.
—¿Cómo va a salir bien? —preguntó Jake. Tenía algo atascado en la garganta y tragó saliva para despejarla, pero el nudo seguía ahí cuando continuó—.
El trabajo era lo único que me iba bien en este momento.
Elizabeth, el dinero, la operación... esa era la parte de mi vida que había decidido ignorar.
No quería aceptar lo que estaba pasando. Pero ahora...
Por primera vez desde que lo conocía, Jake Tanner lloró. De hecho, rompió a llorar a lágrima viva. Su cuerpo se sacudía por los sollozos y la hiperventilación mientras se frotaba los ojos con los pulgares y los índices.
Nunca lo había visto llorar. Nunca le había visto mostrar ni una pizca de emoción, ya fuera por su familia o por su trabajo.
Nunca la había dejado entrar en su mundo con La Cábala, a pesar de lo mucho que ella lo creía.
Pero en las últimas horas, mientras bebían en el bar, se había sincerado con ella y se lo había mostrado todo.
Sus emociones. Su angustia. Sus fallos. Sus errores. Sus debilidades.
Lo había puesto todo sobre la mesa delante de ella.
Un grito de socorro.
Y ella lo había pisoteado todo cuando aceptó destruirlo de esta manera. ¿Por quién? ¿Por su padre, el hombre al que sentía que apenas conocía ya?
Un hombre salía de su vida, mientras otro entraba en ella.
Stephanie lo rodeó con el brazo con más fuerza. Y más. Y más.
—Ha sido un día muy estresante —susurró—. Quizá deberías dormir un poco.
Ante esto, Jake ladeó la cabeza hacia ella; sus rostros quedaron separados por apenas unos centímetros. Durante un buen rato, ninguno de los dos dijo nada.
Stephanie lo miró a los ojos. Era la primera vez que los estudiaba, la primera vez que estaba lo suficientemente cerca como para poder hacerlo.
Eran como un cofre del tesoro, marrones por fuera, pero por dentro había destellos deslumbrantes de blanco y dorado, rodeados por ríos de serpientes rojas que acudían a protegerlos.
Su mirada bajó por su rostro, recorriendo el puente de la nariz, descendiendo por las fosas nasales y se posó finalmente en sus labios.
Tan delicados, tan tiernos, tan sugerentes. Rosados, con un fino contorno rojo.
Jake sorbió con fuerza. El sonido que produjo debería haberle dado asco, pero no fue así. Toda noción del tiempo se había esfumado. No sabía cuánto tiempo llevaban mirándose así. No quería saberlo.
No quería que terminara.
Los ojos de Stephanie subieron hacia los de él y luego volvieron a su boca; la tensión sexual entre ellos era innegable, palpable.
Durante mucho tiempo la había negado, la había considerado una pérdida de tiempo, había creído que no podía pasar nada entre ellos.
Durante mucho tiempo había puesto su trabajo y a su padre por delante.
Pero ahora, en este momento de ternura, perdiéndose en su poderosa mirada, se dio cuenta de que él también debía de sentirlo.
Ahora que lo tenían delante, no se podía negar.
Era real. Muy real.
También estaba mal, muy mal.
Pero se sentía tan bien...
Stephanie cerró los ojos, se inclinó ligeramente hacia delante y, lo siguiente que supo, fue que sus labios rozaron los de él. Se quedó así un instante, al borde del abismo entre lo que estaba bien y lo que estaba mal, y entonces lo besó.
Sí, a Jake lo habían dejado demasiado tiempo sin correa. Pero solo ella iba a ser quien lograra frenarlo. Y no de la forma que Darryl quería.