Capítulo 55
LEALTAD
E n el mundo de las drogas, las bandas criminales y las guerras de bandas, solo había unos pocos aspectos de la personalidad de un individuo que resultaran auténticos.
Por supuesto, podías ser duro, valiente, no tener miedo a jugarte la vida para defender la reputación de la banda.
Pero en nueve de cada diez ocasiones aquello era una misión suicida, llevada a cabo por los de los niveles inferiores, los que estaban en primera línea porque no tenían nada más y se sentían felices de poner su vida en riesgo por la causa.
Pero si querías ascender a las altas esferas, necesitabas demostrar un tipo de valentía diferente.
Lealtad.
No es un rasgo fácil de encontrar, y es aún más difícil saber si se puede confiar en ella.
Según la experiencia de Henry, muchos habían proclamado ser leales, diciendo que lo defenderían cuando fuera necesario, pero en cuanto se ejercía presión, ya viniera de bandas rivales o de la policía, mostraban su verdadera cara.
Cedían porque una parte de su cerebro se activaba.
La amígdala, la parte responsable de controlar el miedo.
Les engañaba para que olvidaran sus lealtades y traicionaran a Henry.
Pero había algunos, aquellos que necesitaban más protección que él, que no poseían ese miedo, aquellos cuya amígdala estaba dañada o rota.
Y esos eran los más peligrosos. La lealtad lo significaba todo para ellos; superaba cualquier otra necesidad básica y, al final de todo, terminaban postrados a sus pies, como si fuera una especie de deidad.
Fuera, allá en el Cosgrove Estate, hordas de hombres y adolescentes habían suplicado por adorarle y hacer todo lo que pudieran por él.
Pero dentro, en la cárcel, ese tipo de hombres brillaban por su ausencia.
Muchos de los otros reclusos se habían vuelto insensibles a las técnicas y métodos que él utilizaba y, por tanto, eran más difíciles de convencer.
Incluso se sentía dubitativo a la hora de confiar en Jason, Vinnie y Biggie, por miedo a que lo traicionaran de alguna manera.
La vida de un preso era una olla a presión, y en cualquier momento el calor podía subir demasiado y todo estallaría.
Pero no para el hombre que deambulaba por su celda ahora mismo.
Brian Grayson, durante los últimos veinte minutos, había estado arrastrando los pies sobre el hormigón, deteniéndose cada vez que llegaba a un extremo de la estancia antes de dar media vuelta.
El ruido de los suaves movimientos no molestaba a Henry —seguía leyendo su libro—, salvo que ahora, no obstante, se sentía un poco más ligero.
Había tirado la faca por la ventana justo después del incidente con Owen.
Con sus huellas dactilares por todas partes, era una conexión demasiado obvia entre Henry y el asesinato de Owen.
Desde entonces, Henry se había quedado en la celda, leyendo. Ya cerca del último tercio, la parte donde la trama llegaba a su fin, Henry se había descubierto enganchado e incapaz de soltar el libro, algo que nunca habría pensado que diría.
Lo único que lo vinculaba al asesinato de Owen era su ADN y sus huellas, pero dado que las puertas de las celdas solían estar abiertas la mayor parte del día, no era inconcebible suponer que habría docenas de otras huellas allí dentro y en el cuerpo de Owen.
El otro posible obstáculo eran las pocas cámaras de videovigilancia que funcionaban, repartidas por la prisión.
Durante un buen rato, Henry le había dado vueltas al asunto, temiendo que lo hubieran pillado arrastrando a Owen a su celda momentos antes de que muriera.
Pero puesto que ya había pasado un día entero y no había señales de represalias, se permitió relajarse.
Todo estaba bajo control. Williamson se había encargado. Todo lo que quedaba era asegurarse de que siguiera así.
—¿Te lo estás pasando bien ahí? —le preguntó a Brian, que estaba trasteando con una bolsa de azúcar junto al hervidor—. ¿Tienes sed?
—No.
—¿Te importaría prepararme uno?
Un sonido estalló fuera, en la segunda planta, resonando hasta su habitación. Henry lo ignoró.
—Leche y un azúcar, ¿verdad? —preguntó Brian.
—¿Te has acordado?
Brian se encogió de hombros. —Claro que sí. Solo es té, ¿no?
—¿Sabes lo que echo de menos, Bri? El chocolate caliente con leche y nubes.
—¿Nubes?
—Exacto. ¿Recuerdas lo que dijimos de las nubes?
Brian hizo una pausa. Soltó el azúcar. —Sí. Me acuerdo.
—Bien, bien.
Solo comprobaba .
Los sonidos del exterior se acercaban más y más. Pasos. Murmullos. Refunfuños.
Mientras Brian encendía el hervidor, los sonidos se detuvieron justo delante de su celda.
Mierda .
La puerta se abrió de par en par. En el umbral estaba Perry, uno de los carceleros. Detrás de él había varios otros. No había ni rastro de Williamson.
Doble mierda .
¿Habían descubierto que él era el responsable de lo de Owen? ¿O se habían enterado de lo de los miembros del jurado?
Ninguna de las dos cosas. Si cualquiera de esos dos casos fuera cierto, irían vestidos con el equipo antidisturbios completo. Pero si no llevaban el equipo, entonces, ¿qué estaban...?
—Registro —dijo Perry.
—¿Qué? —preguntó Henry, bajando las piernas de la cama.
—Los dos. Fuera.
—Pero estábamos hablando de nubes.
—No me importa. Fuera. Esto es un registro aleatorio.
—Pero no pueden... —empezó a protestar Henry.
—Podemos y lo estamos haciendo. Ahora, los dos, fuera. Si tengo que volver a pedirlo, no seremos amables.
Agarrando su libro, Henry saltó de la cama y empezó a salir por la puerta, pero Perry lo detuvo a medio camino y le ordenó que dejara el libro en el estante.
A regañadientes, salió de la habitación, donde fue vigilado y custodiado por uno de los otros carceleros del equipo. Brian se unió unos instantes después.
Y entonces los guardias se pusieron a trabajar.
Desmantelándolo todo, mirando dentro del hervidor, vaciando las bolsas de azúcar y otros condimentos en el suelo, destornillando la parte trasera del televisor, hojeando las páginas de sus libros, metiendo la mano por el sifón del váter.
Dándole la vuelta a cada centímetro del lugar.
No encontraron nada.
Hasta que centraron su atención en la cama. El único lugar lógico donde se le podría ocurrir guardar el spice y el teléfono móvil. El único sitio donde cabría.
Pero a pesar de su supuesta ingenuidad, los carceleros encontraron el teléfono y las drogas con facilidad; parte de la mercancía estaba enterrada en un corte en el colchón de Brian, mientras que el resto estaba escondido en el metal hueco del somier de la cama.
Perry arremetió hacia ellos, blandiendo un pequeño paquete de polvo y el teléfono. —¿De quién coño es esto?
Henry se encogió de hombros y se alejó. —No he visto eso en mi vida, señor.
—¿Grayson? —preguntó Perry en tono acusador.
—¿Señor? —El anciano sonó infantil, confundido.
—¿Son suyos, Grayson?
—Brian, por favor —imploró Henry—. Dile la verdad. No son míos. Así que deben de ser...
—Míos —dijo Brian, agachando la cabeza—. Son míos.
Dicho esto, Perry y los otros agentes sujetaron a Brian por los brazos y se lo llevaron escaleras arriba.
—¡Eh, Bri! —gritó Henry antes de que su compañero de celda desapareciera de la vista—. ¡Cuando vuelvas podemos terminar de preparar esas nubes!
No había nada como la lealtad de un anciano que no sabía lo que estaba haciendo.