Capítulo 54
UNA COPA
—¿Ya son las siete? —preguntó Stephanie, señalando el salpicadero—. Parece que solo llevamos treinta minutos conduciendo.
Jake abrió los ojos y se encontró rodeado de oscuridad, a excepción del resplandor cegador que emitían las farolas y los semáforos que pasaban veloces a su lado. Las nubes colgaban bajas sobre la carretera, como si se abalanzaran lentamente sobre su presa, y una ligera llovizna moteaba el aire.
—Estaba seco cuando cerré los ojos —dijo él, frotándoselos y parpadeando para despejarse.
—Solo has estado frito media hora. En cuanto cerraste los ojos, te quedaste tieso.
Jake abrió la boca para hablar, pero un bostezo lo interrumpió. Estiró los brazos en el aire y flexionó el cuerpo, sintiendo cómo sus músculos despertaban.
—El tiempo vuela, ¿verdad?
—A menos que te haya aburrido hasta el sueño. ¿Mmm?
Jake se giró hacia ella. —Jamás.
—Bueno, más vale que te despiertes y estés listo para la acción: ya estamos aquí.
Nada más terminar de hablar, salieron de la autopista, llegaron a un cruce, giraron a la izquierda y retrocedieron sobre sus pasos hasta dirigirse a un pequeño polígono industrial.
El polígono, si es que podía llamarse así, consistía enteramente en un almacén de madera, Dale’s Yard —el motivo por el que estaban allí—, y una antigua campa de venta de coches en un callejón sin salida.
Basura, trozos de metal rotos y malas hierbas crecidas se abrazaban al hormigón, hundiéndose profundamente en las grietas, y un frío inquietante, casi sobrenatural, reptaba por la carretera, fluyendo junto con las nubes.
—Parece un buen sitio para vivir —dijo él—. Un barrio encantador.
A su izquierda, una valla metálica recorría el arcén hasta desaparecer tras Dale’s Yard.
Coches destrozados, con los techos abollados y sin neumáticos, estaban apilados unos sobre otros.
En el centro del polígono había una gran grúa, con sus pinzas colgando estoicas, firmes contra el viento.
Al fondo, Jake oía el sonido de los coches pasando a toda velocidad por la autopista.
La lluvia ligera que los había seguido desde la autopista arreciaba ahora, salpicando el parabrisas.
En pocos segundos, se convirtió en un aguacero; el sonido del agua al rebotar contra el techo resonaba en todo el vehículo.
—Espero que hayas traído abrigo —dijo Stephanie.
Jake alargó la mano hacia el espacio para los pies y levantó el abrigo de ella.
—No podemos ponérnoslo los dos —dijo ella.
Antes de que Jake pudiera responder, su teléfono vibró. Una imagen del rostro de Elizabeth con las niñas a cada lado apareció en la pantalla. Jake levantó un dedo en el aire, poniendo su conversación en pausa.
Esto va a ser divertido.
—Hola, nena —dijo, sin saber muy bien por qué lo había dicho. Nunca había llamado «nena» a Elizabeth.
—¿Dónde estás?
—En Birmingham…
—¿En serio?
—¿Qué pasa?
Y entonces cayó en la cuenta.
—Liz… Dios mío, lo siento tanto —dijo él, frotándose la sien izquierda con la mano libre—. Se me ha olvidado por completo. ¿A qué hora es la operación?
—Ahora.
—Ha sido un día de locos —empezó a decir, pero lo interrumpieron de nuevo.
—¿Con quién estás?
—Con Stephanie. Pero…
—Ahórratelo, Jake, no quiero escuchar más tus estúpidas excusas.
Jake abrió la puerta y salió bajo la lluvia, dejando el abrigo dentro. La lluvia le azotaba la cara y pronto quedó empapado; finas líneas blancas cortaban su visión desde todos los ángulos imaginables.
—Liz, ¿qué estás…?
—No vengas a casa esta noche, Jake. No vengas al hospital. No serás bienvenido aquí. No quiero ni pensar en ti ahora mismo.
—Puedo explicarlo…
—Ya has dicho suficiente. Y esta vez ni siquiera has necesitado abrir la boca.
Elizabeth colgó. El sonido de la llamada cortada se amplificó en sus oídos.
Se quedó mirando la tapa de una alcantarilla frente a él, bajando el brazo gradualmente.
Pesadas gotas de agua se aferraban a sus pestañas antes de caer al vacío.
Ráfagas de viento golpeaban su ropa empapada desde todos los ángulos, llenándolo de un escalofrío amargo mientras su cuerpo se quedaba entumecido: las manos, las orejas, el cuello, la barbilla.
Pero no era nada comparado con el inmenso dolor que le causaron las palabras de Elizabeth.
No serás bienvenido aquí.
La lluvia seguía castigándolo y el viento bajaba rápidamente su temperatura corporal. Se sentía como si estuviera atrapado a treinta y cinco bajo cero. En el fondo de un contenedor de carga. Atrapado bajo una montaña de nieve, sorprendido por un alud, rodeado de frío, humedad y blancura.
Y entonces le dio el ataque.
Jake se balanceaba de izquierda a derecha, y el mundo a su alrededor giraba en un carrusel de gris y blanco.
Su respiración se volvió errática. Rápida.
Lenta. Rápida. Lenta. Sintió una presión en la cabeza, como si el peso de la luna lo aplastara.
El mundo se le echaba encima y no había nada que pudiera hacer para detenerlo.
—¿Jake? —llamó Elizabeth.
Pero entonces se dio cuenta de que no era Elizabeth. No podía ser ella. Estaba a más de ciento sesenta kilómetros de distancia, sentada en la habitación de un hospital, deseando que estuviera muerto.
—¿Jake? ¿Estás bien? —llamó de nuevo la voz.
Jake sacó fuerzas de flaqueza para girarse y mirar hacia el origen de la voz. Era Stephanie; el maquillaje de los ojos le corría por las mejillas.
Él le sonrió. Fue una sonrisa débil, que no reflejaba lo que sentía por ella.
Dios, cómo odiaba estos ataques de pánico. A veces deseaba que acabaran con él de una vez y pusieran fin a todo aquello.
Alguien, en algún lugar, lo estaba escuchando…
Justo cuando ella corría hacia él, un muro de oscuridad descendió sobre sus ojos y lo envió al mundo de los sueños.
La maldita Stephanie Grayson.
Stephanie la Inocente. Stephanie la Justa. Stephanie la Atenta. Stephanie la Santa. Stephanie, esa de la que le decían constantemente que no debía preocuparse.
Y mírala ahora: sentada en la habitación de un hospital justo cuando su padre estaba a punto de pasar por quirófano, mientras Stephanie la Santa estaba con su marido en Birmingham.
Probablemente pasando la noche juntos. Probablemente emborrachándose en el bar del hotel. Probablemente tocándose, desnudándose ya el uno al otro.
Abrazando a Jake… Besándolo… Antes de deslizarse bajo…
Cerró los ojos y desterró las imágenes de su mente.
Un médico entró en la habitación, seguido por un enfermero.
—Todo está listo —les dijo fríamente, antes de darles la espalda y cruzar otro par de puertas.
Entrar y salir. Así de fácil.
Igual que Jake. Entrando y saliendo de Stephanie.
Entrando y saliendo de su matrimonio.
—¿Cómo se encuentra?
Elizabeth levantó la vista para ver que el enfermero se había quedado atrás.
Estaba de pie, con los brazos cruzados y la misma sonrisa cálida con la que había andado todo el día.
La misma que Elizabeth llevaba fingiendo tanto tiempo.
Poniendo buena cara, sonriendo a través del dolor y el tormento para mantener las apariencias.
Para recordarse a sí misma que todo iba bien.
Con la vana esperanza de que algún día lo fuera.
O de que acabaría creyéndoselo para siempre.
—Bien —dijo Tegan a su lado.
—Nerviosa —dijo su madre al otro lado.
Decir «nerviosa» era quedarse corta. Todas estaban petrificadas y juntas habían pasado las últimas horas pensando en el peor de los escenarios.
Con una duración de dos a tres horas, un trasplante de riñón era tan complejo como aterrador.
Pensar en su padre sufriendo, con una enfermedad grave que podría matarlo… era demasiado.
Lo que de verdad necesitaba ahora era al hombre que amaba, al hombre con el que se había casado, al hombre con el que había prometido pasar el resto de su vida.
Pero él estaba con sus otras esposas. El trabajo. Y Stephanie la Santa.
—Iré a buscar a Alan —dijo el enfermero—. Pueden despedirse de él antes de que entre en el quirófano.
Al oír aquello, Elizabeth se recompuso.
No necesitaba a un hombre que la consolara; era capaz de cuidar de sí misma. Últimamente se las había apañado bastante bien sin Jake en casa.
No, tenía a sus hijas, a su hermana, a su madre y a su suegra. Todas las mujeres que necesitaba.
Sin embargo, mientras llevaban a su padre a la sala de espera, cubierto por una sábana blanca y conectado a tubos y máquinas, no podía quitarse de la cabeza la imagen de la única mujer que no quería en su vida.
Y lo que probablemente le estaría haciendo a su marido en ese mismo momento.
El cuerpo de Jake pesaba una tonelada. ¿Qué habrás estado comiendo?
, pensó ella mientras le pasaba el brazo por debajo de la axila, rodeándole el pecho, y hundía la mano en su otra axila, usando la otra mano para apoyarse y arrastrarlo hacia atrás.
La puerta trasera del pasajero estaba a solo un par de metros, pero parecía estar diez veces más lejos.
—No te preocupes, Jake, te pondrás bien. Te llevaré a un lugar seguro —dijo mientras se sentaba en el asiento del conductor.
Ella, al igual que otros miembros del equipo, estaba al tanto de la relación de Jake con los ataques de pánico, aunque a él nunca le gustaba mencionarlos ni reconocer que existían.
De hecho, no estaba segura del todo de que se lo hubiera dicho a los superiores pertinentes.
Hubo un par de ocasiones en el pasado en las que Jake estuvo al borde del desmayo, pero logró evitarlo.
Ella le había implorado que informara de ello, pero tanto él como ella sabían que no era buena idea; significaba la posibilidad de más trabajo de oficina.
La pesadilla de la existencia profesional de Jake.
Stephanie salió del polígono industrial y se dirigió hacia la estación de tren. Seguro que allí habría un hotel. En este momento Jake necesitaba calor y un lugar seco.
Cinco minutos más tarde, al entrar en el aparcamiento de un Premier Inn, se dio cuenta de lo que debía de parecer en las cámaras de seguridad: una mujer arrastrando a un hombre inconsciente desde la parte trasera de su coche.
Mientras la lluvia seguía golpeando el exterior, alargó la mano hacia el cuello de Jake y le tomó el pulso, por si acaso hubiera muerto en su coche.
El veredicto: seguía respirando y su ritmo cardíaco había vuelto a la normalidad.
En cuanto retiró los dedos de su cuello, él se movió.
—¿Jake? ¿Jake? Soy yo, Stephanie. ¿Puedes oírme?
Poco a poco, abrió los ojos y parpadeó para despertarse. Gimió y se giró hacia ella.
—No me habrás drogado, ¿verdad? —preguntó, con una sonrisa asomando en su rostro. Su voz sonaba débil—. ¿Dónde estamos?
—En un Premier Inn. Necesitas una cama. Necesitas descansar. No voy a dejar que vuelvas a casa así.
—Estoy bien —dijo él mientras se incorporaba sobre el codo. Al intentar quedarse sentado, se tambaleó, se llevó la mano a la cabeza y volvió a desplomarse en el asiento.
—Claramente no lo estás. Necesitas descansar. Así que quédate aquí mientras busco una habitación para cada uno.
—Está bien. Pero después de eso, nos tomaremos una copa —dijo él—. Sabe Dios que la necesito.