Capítulo 53
LA LARGA LISTA
S tephanie volvió a su mesa poco después de hablar con Darryl.
Si alguna vez había pensado que estaba en su punto más bajo —como el día en que su padre recibió su sentencia o cuando su madre murió de un aneurisma cerebral—, se había equivocado de medio a medio.
No había palabras para describir la culpa y la agitación que se arremolinaban en cada fibra de su ser.
Era como si todo el manual de cosas terribles que le habían sucedido en la vida hubiera culminado en una bola de mierda instalada en la boca del estómago.
Adoraba a Jake; era su amigo más cercano, su confidente más íntimo, la persona en la que más podía confiar.
Alguien en quien podía creer de forma inequívoca.
Pero hacía poco había descubierto que también era alguien capaz de traicionar su confianza, de abusar de ella.
Igual que su padre, e igual que todos los demás hombres que habían pasado por su vida.
No había excusa posible. Por eso había sido necesario hacer lo que había hecho.
Jake no solo se estaba convirtiendo en un peligro para sí mismo —no le cabía duda de que él era el responsable de su propia ruina financiera—, sino que también se estaba convirtiendo en un lastre para el equipo.
Dependían de que Jake hiciera lo puto básico de su trabajo.
Entonces, ¿por qué se empeñaba tanto en ayudarle? Era una pregunta con la que había jugado una y otra vez. Y, aun así, la respuesta se le escapaba.
Todo el mundo necesita ayuda, incluso aquellos que no tienen salvación. Incluso aquellos que son veneno para sí mismos y para quienes los rodean.
Jake ha estado demasiado tiempo suelto. Ya va siendo hora de que le pongamos la correa.
Stephanie se sentó con cautela en su puesto de la sala de investigación de incidentes graves, saludando a los que seguían allí.
Por suerte, Ashley ya no estaba para preguntarle por qué no se había tomado ese descanso.
La respuesta sincera era que necesitaba mantener la mente ocupada y dejar de pensar en Jake, en Darryl, en su padre.
Y, en su lugar, centrar su atención en otro hombre en el que no podía confiar: Henry Matheson.
Preguntó al equipo por las últimas novedades y le informaron de que nada había cambiado en los veinte minutos que había estado fuera.
Esos veinte minutos que le habían parecido veinte horas.
—Perdonad —dijo, abriendo su portátil—. Buen trabajo, chicos. Seguid así.
Stephanie abrió su programa de correo y esperó a que se conectara a internet. Cuando lo hizo, le llegó un mensaje del comisario principal Dremel, su antiguo superior de la época en la Comisión Independiente de Quejas a la Policía.
El asunto decía: OTRA DOSIS DE EMOCIÓN.
Al principio pensó que él había sido víctima de un correo de phishing , que había cogido un virus y que este se había enviado a todo el cuerpo de policía, a los cuarenta mil agentes. Pero luego, al abrir el correo, se dio cuenta de que estaba equivocada.
Hola, Steph:
No estoy seguro de si tiene relación con lo que me pediste el otro día, pero he pensado en avisarte de todos modos. Alguien acaba de abrir otro caso para investigar el historial bancario de Atomic Nails y Candiru Limited.
Ayer, Atomic Nails recibió un ingreso cuantioso —mucho mayor que el depósito original que me pediste que investigara— de 100.000 libras.
La transacción se transfirió después a otra cuenta bancaria; investigaré los detalles si quieres que lo haga.
Espero que estés bien. ¿Quizá deberíamos quedar algún día para vernos?
Gracias,
Leyton
Stephanie leyó el mensaje de nuevo.
Quedar para tomar algo con un antiguo colega era lo último que quería hacer. Sobre todo porque él lo había intentado con ella un mes sí y otro también mientras trabajaban juntos. Suponía que ahora que ya no se veían a diario, él pensaba que podría tener más posibilidades.
Lamentablemente, la vida no funcionaba así.
Lo que más le llamó la atención fue la transacción que se había ingresado en la cuenta de Atomic Nails. Cien mil libras. Una cantidad enorme según los cálculos de cualquiera.
Lo cual significaba que la persona a la que se las habían quitado era alguien que no notaría su falta, o bien que era todo lo que poseía.
Stephanie supuso que era esto último; recordó que la otra mañana, de camino al funeral, Jake había mencionado algo sobre que sus suegros se habían visto afectados por la misma estafa de British Gas.
Antes de que pudiera hacer nada al respecto, la puerta se abrió y entró Jake, con el pelo desaliñado y revuelto por el viento, la cara sofocada, como si acabara de correr un kilómetro y pico sin detenerse. La chaqueta le apretaba el cuerpo y llevaba la corbata floja en el cuello.
¿Dónde coño había estado todo el día?
Jake ha estado demasiado tiempo suelto.
—Buenas tardes —dijo él, saludando con la mano mientras se acercaba.
Ella dudó antes de responder. ¿Qué iba a decirle? Si no le contaba lo que había hecho, sin duda sería tan mala como él. ¿Y si se delataba sin darse cuenta?
—¿Tierra llamando a Stephanie? —instó él, pasando la mano frente a su cara—. ¿Hay alguien ahí?
—Sí... —No lo parecía—. Yo... lo siento, eh... —Tragó saliva. Continuó—: ¿Dónde has estado?
Jake preguntó a los dos agentes que había en la sala si podían concederles un momento. Ellos accedieron sin preguntar ni poner pegas, y Jake cerró la puerta tras ellos.
Jake ha estado demasiado tiempo suelto.
Sacó una silla y se acomodó bajo la mesa. —¿Sabes ese contenedor que ha salido en todas las noticias?
—Sí...
—Le he hecho una pequeña visita.
Ya va siendo hora de que le pongamos la correa.
—Por el amor de Dios, Jake.
—Escúchame, ¿vale? Antes de que te pongas a gritarme. Ya tengo bastante con eso en casa, no lo necesito también aquí.
Jake se rascó la cicatriz de la barbilla y ella recordó la historia que le había contado sobre cómo se la hizo: su perro le pegó un tirón y se cayó sobre una lápida. Qué aterrorizado debió de estar.
Su voz la trajo de vuelta del recuerdo. —Todo está relacionado. Roland, yo perdiendo el dinero, el salón de uñas, la gente retenida en la trastienda, el contenedor, el jurado de Matheson... es el último cabo de los negocios de La Cábala.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque no nací ayer. Sé más sobre esto que nadie y conozco las señales. Esta mañana tenía previsto quedar con alguien, alguien que creo que me está ayudando con todo esto, igual que tú. Pero cuando llegué allí, no apareció. En su lugar, llegó Dimitri.
Ella se encontró inclinándose hacia delante en su silla. —¿El mismo Dimitri que...?
—Ese mismo. Si no es él, tiene un doble fantástico. Como era de esperar, me amenazó, dijo que arruinaría mi carrera si interfería.
Parecía que todo el mundo estaba en su contra.
Curiosamente, eso hizo que ella se sintiera menos culpable por sus actos.
También le asombró el hecho de que estuviera compartiendo esos detalles con ella; hasta ahora, los canales de comunicación solo habían funcionado en una dirección. Quizá por fin le estaba dejando entrar.
—Cuando ambos nos enteramos de la noticia, entró en pánico y huyó. Está trabajando con La Cábala en ello, y algo ha salido mal. No es coincidencia. —La emoción en su rostro le recordó a la misma expresión que ponía su padre cuando hablaba de la pequeña Susie.
La pequeña Susie, que ya no era tan pequeña...
—Intenté hablar con la conductora, pero no quiso darme un nombre. De hecho, ni siquiera sabía ningún nombre. Y después de todo eso, llamé a Liam.
—Jake... —dijo ella, intentando no sonar como una madre preocupada.
—Confirmó mis sospechas. Él nunca estuvo totalmente implicado, pero sabía que estaba ocurriendo algo turbio. «Contrabando de detestables», lo llamó; palabras de La Cábala, no suyas.
Contrabando de detestables. Contrabando de monstruos. Contrabando de los otros. Aquellos que buscaban una vida mejor.
—Estamos cerca, Steph. Puedo sentirlo.
Antes de que tuviera oportunidad de responder, la puerta se abrió y un agente de nariz enrojecida asomó la cabeza. —Siento interrumpir, señora —dijo, con la inexperiencia y la juventud asomando en su voz—. El lector automático de matrículas acaba de detectar el vehículo que me pidió que rastreara.
—¿Cuál?
—El Mercedes.
—¿El Mercedes? —preguntó Jake enérgicamente.
—¿Hay más de uno? —preguntó el agente, abriendo mucho los ojos ante la idea de haber cometido un error en su primera semana.
Stephanie levantó una mano. —No. Hiciste bien en seguir el que seguiste.
—¿Quieres decir que la matrícula no era falsa? —preguntó Jake con una ceja arqueada.
—Evidentemente no —respondió Stephanie con sarcasmo, asintiendo al joven detective—. ¿Dónde fue la última lectura?
—Birmingham.
—¿Y es la única?
El oficial asintió.
—¿A qué hora fue?
—Hace unas pocas horas.
—¿Localización?
—Lo más cerca que pudimos precisar fue un tramo pequeño de la M42, pero lo seguimos por las cámaras de seguridad hasta un polígono industrial cercano. Le envío la dirección ahora mismo.
Jake dio las gracias al joven detective y, en cuanto el hombre se hubo ido, saltó de su silla. Ella se encontró imitándole, con los músculos moviéndose independientemente de su cerebro.
—Quiero que vengas conmigo —dijo él.
Se miraron fijamente el uno al otro durante un instante.
—¿Qué?
—A Birmingham. Quiero que vengas conmigo.
—¿Por qué? Yo no...
Jake ha estado demasiado tiempo suelto.
¿Por fin se había puesto la correa a sí mismo? ¿Por fin había entrado en razón?
—Como agradecimiento —le dijo—. Por todo el apoyo que me has dado hasta ahora.
Te has portado genial y me vendría muy bien tu ayuda en esto.
Además, la última vez tenían bates de béisbol y me tiraron por una ventana...
me vendría bien algo de fuerza bruta. —Le guiñó un ojo, pero ella se lo tomó en serio.
Había estado entrenando últimamente, siempre que encontraba el tiempo. ¿Se habría dado cuenta?
Se lo pensó un momento. ¿Estaba siendo amable? ¿La estaba conduciendo a algún tipo de trampa? ¿O es que ella le estaba dando demasiadas vueltas a todo?
Recordó lo que Darryl le había dicho: que se acercara a Jake, que lo vigilara de cerca y constantemente todo el tiempo que fuera posible. ¿Iba con él por Darryl o por ella misma?
—Creo que no podría dormir por las noches si te dejara ir solo y te pasara algo terrible —dijo ella.
—Excelente —respondió Jake, y luego rebuscó en sus bolsillos las llaves del coche—. ¿Te importa conducir? A mi coche casi no le queda gasolina y... bueno, ya sabes... Lo siento, Steph. Sabes que normalmente me ofrecería yo.
—Está bien, Jake. De verdad.
—¿Seguro?
—No es ninguna molestia. Simplemente lo añadiré a la larga lista de favores que me debes.