Capítulo 52
ABLANDÁNDOSE
— P or favor, espere mientras le conectamos.
Jake cerró la puerta de su coche mientras el sistema automático le pasaba la llamada. En menos de treinta segundos, arrancó el motor, puso el teléfono en manos libres y ya iba de camino a Bow Green, zigzagueando entre el tráfico a las afueras de la comisaría.
—La gente va a empezar a hablar, Jake, si se enteran de que me llamas tanto —dijo la voz de Liam al otro lado de la línea. Sonaba amortiguada y con interferencias; la conexión entre ellos era más débil que la fuerza de voluntad de un adicto.
—¿Es que empezabas a echarme de menos? —preguntó Jake.
—No te flipes —respondió Liam—. Si alguien oye esta conversación, te juro por Dios que iré a por ti en cuanto salga de aquí. Me darían una paliza.
—Tú limítate a que no se te caiga la pastilla de jabón.
—A alguien se le están subiendo los humos. ¿Dos veces en dos días? Debe de ser importante.
—Necesito consultarte una cosa.
Otra vez.
—Siempre que sea lo único que consultes.
—¿Qué sabes sobre el tráfico de personas?
En cuanto lo mencionó, oyó un clic y, por un momento, Jake pensó que se había cortado la llamada. Bajó la vista hacia el terminal que descansaba en el salpicadero y vio que el contador de la duración seguía subiendo. Seguían conectados, pero no se oía nada.
—Liam... ¿estás ahí?
—¡Me cago en la puta, Jake! Eres consciente de que estas llamadas están monitorizadas, ¿verdad? ¡Más vale que no estés incriminándome más de lo que ya lo has hecho!
Jake dio un suspiro de alivio. —Eso es lo último que quiero.
Me refiero a qué sabes sobre la implicación de Matheson en el tráfico de personas.
Tenemos cuarenta cadáveres dentro de un contenedor que ha aparecido en la M25 en dirección norte, y esto huele a que ya-sabes-quién está metido hasta el cuello.
Liam bajó la voz hasta un susurro. —¿Qué tiene eso que ver con Matheson?
—El vehículo y el contenedor se recogieron en el antiguo almacén de Matheson que, añadiré, está siendo investigado a la espera de nuestro juicio contra él.
—Frenó el coche al llegar a un semáforo junto a una rotonda a la salida del enlace diecinueve.
El semáforo cambió y giró a la derecha, haciendo un giro de ciento ochenta grados para dirigirse hacia el este por la autopista.
—Así que alguien debió de sobornarlo... —dijo Liam, absorto en sus pensamientos.
—Diez puntos si adivinas quién. Pero ya lo sabes, ¿verdad?
—Jake...
—Cuando trabajabas para él, ¿sabías que esto estaba ocurriendo? ¿Tenías alguna sospecha de que fuera capaz de algo así?
Al oírse a sí mismo, Jake se dio cuenta de lo estúpido que sonaba.
La Cábala era capaz de contratar a criminales organizados para atracar bancos y joyerías, para vender drogas y destruir cientos de vidas, de contratar a sicarios para silenciar a quienes se le oponían; traficar con seres humanos para meterlos en el país era solo una muesca más en el revólver.
Hubo un breve silencio antes de que Liam respondiera. Cuanto más esperaba Jake, más respeto perdía por su antiguo amigo y colega.
—La Cábala siempre sostuvo que el negocio se dividía en tres áreas.
Hubo otra pequeña pausa en la conversación y, por un momento, Jake pensó que lo había perdido de nuevo. Pero entonces oyó el sonido de Liam hablando con alguien de fondo.
—Escucha —dijo al volver. Su voz sonaba como si tuviera el micrófono pegado directamente a los labios—.
No puedo hablar mucho más tiempo. Pero, como decía, La Cábala se centraba en tres áreas de negocio principales.
La primera era donde entraba yo. «Contrabando de objetos de valor», solía llamarlo, y por eso yo me encargaba de The Crimsons, asegurándome de que no los arrestaran y de que se mantuvieran callados.
Luego estaba Matheson. Él era el responsable de meter la droga.
Su frase favorita para eso era «contrabando de exquisiteces».
Y luego, por último, estaba el aspecto del negocio del que se está encargando ahora.
Siempre se refería a ello como «contrabando de detestables», pero nunca supe a qué se refería. Me acabas de dar la respuesta.
Se oyó un grito a lo lejos.
—Me tengo que ir —concluyó Liam—. Tú limítate a seguir haciendo lo que estás haciendo, Jake. Ese hijo de puta ha jodido demasiadas vidas, incluida la tuya. Si lo pillas de la misma forma que nos pillaste a mí y al resto, no tendrás problemas. Pero ten cuidado, por favor.
Jake sintió que la tensión en sus hombros se disipaba. Otra pista. Otro paso en la dirección correcta.
—¿Te estás ablandando conmigo, inspector jefe Greene?
—Vete a la mierda.
—Es una pena que eligieras el camino que elegiste. Creo que habríamos formado un buen equipo.
—Gilipollas.