Capítulo 51
UN BUEN ABOGADO
J ake no tenía en muy alta estima al agente de policía corrupto con el que había terminado de hablar hacía unos minutos.
El hombre había confirmado todo lo que Jake ya sabía o de lo que ya sospechaba: en los últimos meses, una fuente desconocida había empezado a abordarlo y a chantajearlo, ofreciéndole además una gran cantidad de dinero como incentivo extra.
Todo lo que el agente tenía que hacer era hacer la vista gorda con los diversos cargamentos que llegaban al almacén.
No sabía qué contenían, de dónde venían, cómo habían llegado hasta allí ni por qué estaban allí...
y tampoco quería saber ninguna de esas cosas. Cuanto menos supiera, mejor.
Sin embargo, la persona que tenía delante ahora era completamente distinta.
Se llamaba Claire Fox, una mujer de treinta y tres años de Wolverhampton.
Había pasado la mayor parte de su vida al volante de diversos tipos de vehículos, y su peso se había resentido por ello.
Tras pasar un reconocimiento médico por una conmoción cerebral, le habían dado el visto bueno para el interrogatorio.
Estaban los dos solos en la sala de interrogatorios; Jake había pedido seis minutos, uno más de los que Pemberton le había permitido en un principio.
Hasta ese momento, Claire había estado apretando una caja de pañuelos contra su estómago y les había dado a los agentes encargados del interrogatorio todo lo que necesitaban. No había solicitado abogado y había insistido en que tampoco quería asesoramiento legal.
Un hueso fácil de roer, pues. El más fácil que había tenido en mucho tiempo.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó Jake, intentando que su tono fuera lo más abierto y acogedor posible—. ¿Le están atendiendo bien?
—Todo lo bien que se puede —respondió Claire.
—Mire, me gustaría recordarle que sigue estando bajo caución, pero durante los próximos minutos, voy a hacerle preguntas específicas sobre el individuo con el que estaba cuando recogió el camión. ¿Lo entiende?
—¿Qué le hace a usted diferente?
Jake se echó hacia atrás en el asiento y se enderezó, alejándose sutilmente de ella.
—Me he perdido.
—¿A qué viene que usted y yo solo hablemos unos minutos? Los otros me han tenido aquí muchísimo, muchísimo, muchísimo más tiempo.
—Yo tengo privilegios distintos —respondió Jake.
—¿Es usted al que llaman el Chico del Té?
Jake negó con la cabeza. —No —dijo—, yo puedo hacer cosas como esta.
—Alargó la mano sobre la mesa y pulsó el botón para pausar la grabación—.
Mientras este botón esté pulsado, nada de lo que diga podrá utilizarse para incriminarla más.
Nadie sabrá lo que dice. Solo nosotros dos.
—Dudó y se recostó en la silla como para acentuar su autoridad—. Ese tipo de privilegios.
—¿Y yo qué saco de esto?
Mierda. Había hecho la pregunta que él esperaba que no hiciera.
La que significaba que ella le obligaría a mantener su envite más adelante.
Si mentía y le prometía algo que no pudiera cumplir, le saldría el tiro por la culata, y entonces tendría a Darryl —y a Pemberton, y a Candy, y a todos los demás del equipo— llamando a su puerta con un expediente disciplinario y cualquier otra cosa que pudieran intentar lanzarle.
Técnicamente hablando, lo que estaba haciendo ahora era ilegal, contrario al procedimiento, pero lo hacía por motivos válidos.
Identificar el nombre, identificar al individuo. Identificar al individuo, identificar a El Cónclave.
Cortar la cabeza, y el resto del cuerpo morirá con ella.
—Me temo que no puedo ofrecerle asesoramiento legal —dijo Jake finalmente.
—¿Así que las mismas reglas no se le aplican a usted?
—¿A qué reglas se refiere?
—A las que se acaba de inventar. ¿A mí se me permite decir lo que quiera sin preocuparme de las represalias, pero usted no puede? Bah, es usted un hipócrita igual que el resto.
—No tanto como la persona que la ha metido en este lío.
—¿Cómo ha llegado a esa conclusión, muchacho? —preguntó Claire. Se colocó un mechón de pelo tieso tras la oreja y se frotó la nariz con el dorso de la mano.
Jake se cruzó de brazos y cruzó las piernas, acomodándose. —Sabe que es poli, ¿verdad?
—Ah, me encantan los hombres de uniforme.
—¿Y qué me dice del uniforme de preso?
—Ya me lo imagino con él puesto. El gris le resaltaría mucho los ojos azules —respondió Claire.
Bingo , pensó Jake. Poco a poco, la imagen mental de El Cónclave se iba haciendo más nítida.
—Supongo que se siente traicionada. Yo me sentiría así.
Él ni siquiera está intentando ayudarla.
Y es poli, lo que significa que no lo va a hacer.
Pero si me da su nombre, puedo asegurarme de que no acabe en la cárcel por esto.
Al fin y al cabo, lo único que tienen contra usted es el hecho de que recogió un camión.
Eso es todo. Usted no sabía lo que había dentro.
En todo caso, estaba intentando salvar la vida de todos los que iban allí.
No es culpa suya que ya estuvieran muertos para cuando abrió el camión. Solo necesito un nombre, Claire.
—Willie Nelson —dijo Claire. Una pequeña sonrisa burlona asomó a sus labios—. Ahí tiene un nombre. Uno de mis cantantes favoritos, además. —Entonces, sin previo aviso, Claire se arrancó con una interpretación de «Always on My Mind».
Jake suspiró y carraspeó. Apoyó el codo en el brazo de la silla y descansó la cabeza sobre la mano.
—Veinte años —dijo—. Eso es a lo que podría enfrentarse. Más de treinta, pero, dadas las circunstancias, yo diría que le caerían veinte. ¿Tiene hijos, Claire? ¿Una familia que dependa de usted?
Por primera vez, Claire no respondió a su pregunta con un comentario ingenioso o una pizca de sarcasmo, y él se dio cuenta de que había dado en el clavo.
—Tendrá más de cincuenta años para cuando salga, y eso si apela y sale por buena conducta.
—Jake se lamió los labios—. Se perderá el crecimiento de sus hijos.
Y su marido... ¿cree que va a esperar tanto tiempo?
Quiero decir, ¿cómo debe de sentirse ahora mismo sabiendo que usted está aquí?
Debe de estar asustado. Imagino que la policía ya estará hablando con él.
Y, si no lo han hecho, desde luego que lo harán.
Cosas como esta nunca son fáciles para un matrimonio.
Lo he visto antes. Pueden destrozarlo. Mi sugerencia, para aliviar parte de ese daño, es que se declare culpable, consiga una sentencia más leve y simplemente no destaque mientras esté allí dentro.
Cuando Jake terminó de hablar, el silencio inundó la sala, a excepción del eco de los movimientos, pasos y conversaciones que llegaban del exterior.
Jake esperó y esperó a que Claire respondiera; no iba a ser él quien rompiera el punto muerto.
Pero su respuesta nunca llegó; en su lugar, la camionera se echó a reír.
Al principio empezó como una risita contenida, de esas que se sueltan cuando intentas reprimirla al fondo de la clase, y luego se convirtió en una carcajada profunda que resonó por toda la habitación.
—¿Algo gracioso? —preguntó Jake, con la ceja izquierda enarcada.
Entonces, de repente, se detuvo y las arrugas de su rostro desaparecieron. Se inclinó hacia delante e hizo un gesto con el dedo para que Jake hiciera lo mismo.
—¿Se le ha ocurrido alguna vez que no tengo ni idea de a quién se refiere? ¿Que tal vez nunca me dieron un nombre? Que me presenté esa noche, cogí el camión y me largué. ¿Ha pensado alguna vez en eso, detective?
Jake miró su reloj. Quedaban treinta segundos. Apoyó las manos en las rodillas y se levantó de la silla, con las articulaciones de las rodillas crujiendo. Se inclinó sobre la mesa y mantuvo el dedo sobre el botón de grabación.
—Búsquese un buen abogado, Claire. Lo va a necesitar.