Capítulo 49
SIN CORREA
—¿ E stá segura de que quiere hacer esto?
Para Darryl, la respuesta era un sencillo sí. Para ella, era un no. Solo que era más complicado que eso. Mucho más complicado, y si la sensación que tenía en el estómago empeoraba, temía acabar vomitando todas esas complicaciones sobre el escritorio de él.
—Lo estoy, jefe. Lo he pensado mucho. Muchísimo.
Podemos hacer que su padre esté muy cómodo…
Darryl sorbió para contener el aire frío e invernal que se había colado en el despacho como un mal presagio y bajó la mirada hacia la carta que tenía delante.
—¿Hay algo más de lo que deba estar al tanto?
Tan cómodo que ni siquiera sabrá que está en prisión…
Lo que ella esperaba era una vida mejor. Tanto para ella como para su padre, ya fuera dentro de la cárcel o fuera de ella. Y si eso ocurría a expensas de un buen amigo y colega, que así fuera.
Ya era hora de que pusiera a su padre en primer lugar. Era hora de ponerse a sí misma en primer lugar. En lugar de a Jake Tanner y sus putos problemas de primer mundo.
Todo lo que tiene que hacer es abrir un expediente contra Jake…
—Todo lo que necesita saber está ahí dentro.
Las pruebas habían sido fáciles de conseguir.
Era tan profunda la cantidad de comportamiento ilegal del que él era responsable que apenas alcanzaba a comprenderlo.
Cuando lo conoció, había sido un miembro respetado del servicio de policía, alguien que jugaba según las reglas y que le lanzaba el reglamento a la gente cuando no cumplía con él.
Ahora había dado un giro de ciento ochenta grados y se había unido a lo que a ella le gustaba llamar el lado oscuro.
Deslizó la hoja de papel boca abajo por el escritorio. Darryl la cogió y la examinó.
Durante un rato, se preguntó qué iba a decir él, pero luego se quedó absorta. Pensó en su padre compartiendo habitación con Henry Matheson. Asustado, aterrado y necesitado de ayuda médica y profesional.
Esto era lo correcto.
Sí. Por supuesto que lo era. Lo correcto.
Se merece pudrirse en el puto infierno… Las palabras de su hermana resonaron en su mente, acalladas rápidamente por Darryl al aclararse la garganta.
—Déjemelo a mí. Me encargaré de que se notifique a los canales apropiados y de que se tomen las medidas pertinentes.
—Dobló la nota por la mitad y la metió en el cuaderno que tenía sobre la mesa, sonriendo aparentemente ante un pensamiento que acababa de asomar por su cabeza—.
Sé que se supone que debo permanecer imparcial ante estas cosas, y que no debería discutirlas con usted, pero creo que lo que está haciendo es probablemente lo mejor.
A Jake le hemos dejado la correa demasiado larga.
Ya va siendo hora de que le tiremos de las riendas.
La noticia del monumental desastre le había llegado casi de inmediato. Su contacto en Watford le había llamado de madrugada, justo después de que empezara a quedarse dormido, quejándose de que el cargamento no había llegado.
Había dos «peores escenarios posibles» para aquello: el primero era que Claire se hubiera visto involucrada de algún modo en un accidente de coche, cuyas probabilidades parecían bajas, dada la hora de la noche y la escasez de conductores en la autopista.
El segundo era que hubiera conducido a un lugar diferente, con la esperanza de poder robar el contenido del contenedor y vender la mercancía por su cuenta.
Las dos veces que eso había ocurrido en el pasado, le habían avisado primero y había podido solucionarlo. Eran personas que no conocía tentando a la suerte, lo que hacía que la confianza fuera aún más difícil de encontrar.
Pero lo que no esperaba oír —de su contacto, de los agentes de policía a sueldo y por los rumores— era que Claire había abierto la puerta del contenedor en mitad de una estación de servicio y se había desmayado.
El hecho de que todo el cargamento estuviera lleno de muertos era otra capa más del golpe, como añadir un puño americano a una pelea a puñetazos.
La muerte era parte integrante del tráfico de personas. Un riesgo laboral. Pero ahora le había dejado un lío meteórico que limpiar.
Volvió a golpear la pared de su despacho, empeorando los vasos sanguíneos ya rotos de sus nudillos, y luego caminó de un lado a otro.
Al fondo, colgada de la pared, había una televisión de pantalla plana con las noticias de la BBC.
La noticia de última hora acababa de ser anunciada al mundo, e imágenes aéreas del contenedor aparecieron mientras un helicóptero sobrevolaba la escena del crimen.
Se confirman cuarenta muertos en el contenedor de un camión.
La hipérbole goteaba de las bocas de los reporteros.
La peor escena del crimen que el país ha visto jamás…
La tragedia golpea el norte de Londres…
Muestras de condolencia llegan de todo el mundo…
Se pone en marcha la mayor investigación de asesinato de este tipo…
¿Pero dónde estaba la compasión para él ? Acababa de perder medio millón de libras. Más si se tenía en cuenta el valor de por vida de cuarenta individuos trabajando para él cada día hasta que muriesen.
Y nadie querría utilizar sus servicios para introducirlos ilegalmente en el país si sabían que el resultado era la muerte. Los ingresos perdidos por eso eran aún más significativos.
Se apretó el puente de la nariz y reflexionó un momento.
El camión estaba allí, en medio de la estación de servicio.
Pero no estaría allí por mucho tiempo. La policía tendría que trasladarlo, con los cadáveres en el interior, a un lugar seguro donde pudieran comenzar el proceso de investigación e identificación.
Cada cuerpo tendría que ser retirado y sus pertenencias examinadas.
Al menos un día de recopilación, cotejo y confirmación. Quizá más.
Lo que significaba que tenía un día o dos para salir de aquel embrollo y pasar al otro lado. Cortar todos los hilos que le conectaban con aquello.
¿Pero por dónde empezar?
El problema inmediato era asegurarse de que Claire no hablara. Ella le había visto la cara. Había oído su voz. Podría identificarle con facilidad si volvía a verle. El único punto positivo era que no sabía su nombre; nadie lo sabía.
Claire. Lo único que evitaba que le relacionaran con el crimen.
Entonces la solución se le presentó sola: matar a Claire, matar la conexión.
Pero antes de que pudiera pensar en nada más, la puerta de su despacho se abrió.
—¿Todo bien, jefe?
—Sí —mintió—. ¿Qué pasa?
—Las cosas están locas aquí abajo. Es como si el siete de julio se repitiera. Tengo a alguien al teléfono para usted.
—¿Quién?
—No ha dicho quién es.
Suspiró y se dirigió a su escritorio, se sentó y mantuvo la mano suspendida sobre el teléfono. —Pásamelo —ordenó.
La chica desapareció y, unos segundos después, el teléfono de su mesa sonó. Vaciló, reuniendo el valor necesario para responder.
—¿Diga?
—Necesito hablar con usted —dijo la voz; la reconoció al instante—. Ha habido novedades.
Nada bueno. Nunca era nada bueno.
—De acuerdo. Estaré allí en breve.