Capítulo 48
LA NACIÓN MÁS GRANDE DE LA TIERRA
S e llamaba Huang Mei, que significa fénix en mandarín, y no recordaba cómo había llegado al lugar donde lo tenían retenido.
Después de que a él y al resto de hombres y mujeres los hubieran metido a empujones en la parte trasera de las furgonetas, le habían administrado una droga en el torrente sanguíneo, y poco después la oscuridad lo había agraciado, dándole la bienvenida a las profundidades del infierno.
Ahora estaba aquí. Solo. Desorientado. Asustado.
No había ventanas en la habitación. Ni luz ambiental.
Ni noción de la hora del día. Ni arriba ni abajo.
Estaba sentado en el único mueble del cuarto: un sofá.
Era un lujo de agradecer en comparación con el mar de colchones de tres centímetros de grosor en los que él y el resto de los inmigrantes se habían visto obligados a comer, dormir y, en algunos casos, orinarse encima.
Había sido un comienzo degradante y humillante para su vida en este hermoso país.
Todavía delirante, con la visión algo borrosa por los efectos del fármaco, Huang Mei se frotó el antebrazo hasta el dorso de la mano.
Bajó la mirada hacia las líneas de su piel y sintió un fogonazo de dolor que se le hinchaba en la muñeca.
El tatuador había sido brusco y rápido, apuñalando y erosionando su piel con la aguja.
El código de barras y el número eran un recordatorio constante del dolor y el sufrimiento, y de la resistencia física y mental que le había costado viajar medio mundo.
En su país había sido granjero, como su padre y el padre de su padre, y había vivido en la granja con su mujer.
Pero poco después de la prematura muerte de ella, se había encontrado gestionando sus deudas y los secretos que ella nunca le había contado, algunos de los cuales todavía estaba desentrañando unos días antes de volar a Europa.
Con el peso del miedo, el castigo y unas deudas insuperables cerniéndose sobre él, había buscado un nuevo comienzo, una vida nueva en la tierra de la prosperidad, en Occidente.
Un lugar donde pudiera ganar dinero haciendo lo que amaba cuando no estaba cultivando la tierra: pintar.
De modo que, con los ahorros que aún no habían cobrado los usureros, compró el paquete VIP a un contacto de su aldea y se embarcó en el viaje de ocho mil kilómetros desde su ciudad natal en Dacheng hasta Londres, la ciudad más grande de la Tierra.
Y ahora, como parte de ese paquete, lo habían despojado de su identidad y reducido a una estadística, a un solo número que se reemplazaba e ignoraba fácilmente. Como los nombres en la camiseta de un futbolista.
Se rascó la piel irritada. Estaba seguro de que se le había infectado.
Pero nadie estaba dispuesto a ayudarlo. Ni los organizadores que lo habían traído al país, ni siquiera aquellos con quienes había compartido la experiencia.
Al igual que los números de sus muñecas, todos eran diferentes, todos estaban separados los unos de los otros por un solo dígito que significaba que, por alguna razón desconocida, no podían ayudarse.
Quizás había sido el miedo a que los atraparan lo que les prohibía aliviar su dolor.
O quizás era porque, al igual que él, se habían dado cuenta de la gravedad de su error. Y de que, a partir de ahora, solo sobrevivirían los más fuertes.
Y él sobreviviría, resurgiendo de sus cenizas, renacido, como el fénix que era.
Una puerta se abrió en la habitación, inundando su visión con una luz cegadora. Entró una silueta, alta y estrecha, con los rasgos imperceptibles.
—Siéntate bien —dijo el hombre con brusquedad. Su voz sonaba como si hubiera estado gritando durante mucho tiempo y necesitara agua desesperadamente.
Huang hizo lo que le ordenaban.
El hombre se detuvo frente a él y le tendió la mano. Sostenía un sobre marrón con un «39» escrito a mano en grande en el frontal.
—¿Qué esto? —preguntó Huang, señalando el sobre.
—Es tu nueva vida —dijo el hombre, con el rostro aún cubierto por la penumbra.
Al decirlo, Huang reconoció que la voz pertenecía al hombre que lo había secuestrado en el salón y lo había arrojado a la parte trasera de la furgoneta. Recordaba aquellos ojos, esos ojos negros y penetrantes... sin vida, carentes de cualquier emoción.
—Todo lo que necesitas. Pasaporte. Número de la Seguridad Social. Carné de conducir... ¿sabes conducir?
Huang permaneció en silencio.
—Vale. Entonces ese no te hace falta. Pero el resto está ahí dentro. Extractos bancarios. Facturas de servicios públicos. Nóminas de los últimos seis años.
Huang no sabía qué decir. Se sentía halagado. Atónito, de hecho. ¡Iba a salir de aquí! ¡Le estaban dando una vida nueva!
Resurgiendo de las cenizas…
—Yo... yo... —tartamudeó, embargado por la emoción y esforzándose por contener las lágrimas de entusiasmo—. ¿Yo pagar... yo pagar deuda?
Se hizo el silencio. Y cualquier esperanza y entusiasmo que le quedara se disipó rápidamente a medida que el silencio se prolongaba.
El cuerpo de Huang se quedó frío y los músculos de sus piernas se tensaron.
Un dolor punzante le invadió el estómago y le subió por el cuerpo.
El ácido del vómito le quemó la garganta al volver a tragárselo.
El hombre se puso en cuclillas, apoyó los codos en las rodillas y le dio unas palmaditas suaves en las mejillas a Huang.
—Ni de lejos, chaval. Tienes un trabajo muy importante que hacer.
Dentro de poco habrá un juicio en Old Bailey.
Lamentablemente, uno de los miembros del jurado se ha retirado porque no hizo lo que se le dijo, así que tú vas a sustituirlo.
Y vas a dar un veredicto de no culpable.
Todo lo que necesitas saber, todo lo que tienes que decir, está en esta carpeta. Pan comido. Así me gusta.
El hombre le dio otra palmada en la mejilla, esta vez más fuerte. Luego se levantó, caminó hacia la puerta y encendió una luz.
—Ah —añadió mientras se detenía en el marco de la puerta—, y también tienes un nombre nuevo. Algo un poco más inglés. Bienvenido al Reino Unido, Jimmy Wu, la nación más grande de la Tierra.