Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 47
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Capítulo 47

EL PESO DE LA CONCIENCIA

L os ojos de Stephanie estaban perdidos en la pantalla del ordenador; los píxeles y los colores la arrastraban a lo más profundo del otro lado del espejo.

Habían pasado minutos, horas —no sabía cuánto tiempo—, sin que ella hiciera nada.

Ni una sola noción de pensamiento racional cruzó su mente en ese lapso, como si se hubiera extraviado en un abismo de desesperación.

El bullicio del trasiego y el trabajo duro la distrajeron. Aterrizó de nuevo en la MIR, donde la detective Ashley Rivers y otros dos agentes cuyos nombres seguía sin recordar trabajaban en el caso Matheson.

Como equipo, casi habían llegado. Al noventa por ciento. Al noventa y cinco. Al noventa y ocho.

Solo necesitaban ese último empujón y cruzarían la línea de meta.

Alguien en la sala silbó. Una mano se agitó frente a su campo de visión.

—Tierra llamando a Stephanie —dijo Ashley. Se sentó en el borde del escritorio, estiró las piernas y apoyó las palmas hacia abajo sobre la superficie—. Apuesto a que te mueres de ganas de que esto termine.

Stephanie parpadeó de nuevo, varias veces, hasta que se sumergió por completo en la realidad. Levantó la vista hacia el rostro de Ashley y notó que le estaba saliendo un herpes en el labio inferior.

—Aprovecha mientras puedas —dijo Stephanie—. No hay duda de que pronto habrá otro caso igual.

—Qué perspicaz te has vuelto —comentó Ashley sonriendo. Puso una mano en el hombro de Stephanie y apretó. Su contacto era suave y extrañamente reconfortante—. Pero ¿estás bien? Parece que no has dormido en días.

—Eso es porque no lo he hecho.

—Creo que ya casi hemos terminado por aquí —respondió Ashley, relajando la presión en el brazo hasta que, finalmente, lo soltó—. ¿Quieres tomarte un tiempo libre? Para recargar pilas. No nos servirás de mucho si llegas agotada al día del juicio.

—Estaré bien. —Stephanie se recolocó en la silla, estiró la espalda y extendió los brazos, despertándolos de su letargo—. ¿Alguna novedad sobre Jake?

Ashley frunció los labios y contestó:

—Que yo sepa, ninguna. Me ha parecido oír a alguien decir que ni siquiera se ha molestado en venir esta mañana.

Ay, Jake. ¿Por qué te haces esto? ¿Cuándo entenderás que no siempre puedes ser el puto héroe?

—¿Has visto las noticias? —preguntó Ashley.

—¿Lo del camión?

—Sí.

—Lo he visto. ¿Ha cambiado algo desde que salió la noticia?

Ashley negó con la cabeza.

—No mucho más de lo que ya sabemos. El flujo de información está un poco bloqueado en este momento.

—¿Ha ido alguien al almacén de Matheson?

—¿Deberíamos haber ido, señora?

—Es nuestra escena del crimen. Forma parte de una investigación abierta. Si el contenedor se recogió en esa zona, alguno de nosotros debería estar asegurándose de que no ocurre nada sospechoso.

—¿Quiere que vaya yo, señora?

—Por favor.

Dicho esto, Stephanie se inclinó hacia delante, mandó a imprimir el documento que tenía en pantalla, se impulsó desde el escritorio hacia la impresora de la esquina y esperó. Durante un breve rato, no pasó nada.

—Estoy segura de que estos trastos van lentos a propósito cuando más los necesitas —dijo.

Entonces la máquina zumbó y cobró vida, y poco después, el documento se imprimió. Las nueve páginas completas.

Con las pruebas en la mano, cerró la tapa del portátil y cogió su taza de café frío.

—¿Vas a algún sitio importante? —preguntó Ashley, todavía sentada en el borde del escritorio.

—A un sitio donde preferirías no estar, te lo aseguro.

Stephanie se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. La sujetó justo antes de que se cerrara y se volvió hacia Ashley.

—Puede que te acepte esa oferta de tomarme un descanso —dijo. Iba a necesitar algo más fuerte que el café—. Ve al almacén de los muelles. El resto del equipo debería poder ayudarte si lo necesitas. Si no, llámame solo en caso de emergencia, por favor.

—Te lo prometo por lo que más quieras. —Ashley se llevó la mano al pecho en un gesto de despedida.

Pocos segundos después, Stephanie estaba ante el despacho de Darryl. Se quedó indecisa junto a la puerta, tamborileando con el pie derecho en el suelo, haciendo acopio de fuerzas y valor para llamar. Finalmente, lo encontró. El sonido resonó en su mente. Toc . Toc . Toc .

La culpa llamando a la puerta, lista para pasarle una pesada factura a su conciencia.

—¿Está todo bien, Stephanie? Sabes que este es mi despacho, ¿verdad?

—¿Qué? —dijo ella, con su mente distanciándose de nuevo lentamente de su cuerpo.

—Parece como si estuvieras buscando otra cosa.

Una razón para no tener que hacer esto.

—Tengo que hablar con usted. No puede esperar —dijo, sin darle la oportunidad de evitar lo que estaba por venir. Ya le había puesto excusas una vez, y no estaba dispuesta a permitir que lo hiciera de nuevo.

—Sí. Desde luego. Por supuesto. —Le abrió la puerta y le hizo un gesto para que pasara—. ¿Está... está todo bien en casa? ¿Es su padre? ¿Se encuentra bien?

Stephanie tomó asiento.

—Es sobre Jake.

—¿Le ha pasado algo?

Stephanie miró a Darryl y luego bajó la vista hacia la mesa.

—Por favor... siéntese.

Darryl cruzó la habitación con cautela. Deslizó los dedos índice y corazón a lo largo de la mesa. Stephanie sentía sus ojos clavados en ella, sondeándola en busca de respuestas.

En cuanto él se sentó, ella puso el archivo sobre la mesa.

—Señor, me gustaría abrir una investigación sobre la conducta profesional de uno de mis colegas.