Capítulo 42
CÓMODO
U n viento tan gélido como lo que sentía hacia su padre soplaba con fuerza por el paso subterráneo, envolviendo con sus garras sus tobillos desnudos y trepando por sus piernas. Se apretó el abrigo contra el cuerpo para protegerse del frío, pero sirvió de poco.
Habían pasado diez minutos y el misterioso remitente aún no se había puesto en contacto.
Diez minutos dejando que el frío le calara cada vez más hondo en los huesos.
Se encontraba en mitad de un callejón, a unos cientos de metros del Cosgrove Estate —o The Pit (El Foso), como lo conocían más cariñosamente los agentes de policía uniformados encargados de frecuentarlo—.
Los grafitis cubrían las paredes. Algunos eran buenos y dignos de admiración.
Otros eran profanos, obra de algún adolescente inmaduro que acababa de descubrir lo que era un pene.
Pero la mente de un chico de trece años era la menor de sus preocupaciones; estar sola tan cerca de The Pit ya era un peligro de por sí.
Por no hablar de la desafortunada circunstancia de ser mujer.
Poco después de llegar, ansiosa y sumida en la expectación de conocer al misterioso remitente del correo electrónico, un grupo de chicos vestidos con capuchas y pantalones de chándal había bajado tranquilamente por el callejón; uno de ellos iba en bicicleta y los demás forcejeaban para mantener a raya a un pit bull respondón.
Ella había mantenido la vista baja, evitando sus miradas, pero había sentido cómo la desnudaban con los ojos e imaginaban qué asquerosidades le harían.
Fue un milagro que otra persona, un completo desconocido que parecía tan asustado como ella, pasara por allí al mismo tiempo, posiblemente salvándola de una violación brutal o de un asesinato.
No había vuelto a verlo.
Y empezaba a desear que diera la cara.
Qué curioso , pensó, la seguridad que sentimos entre extraños cuando estamos desesperados.
Como aferrarse al pasajero de al lado en un avión con turbulencias. Como abrazar a una enfermera en un hospital tras un diagnóstico aterrador. A veces, el contacto de alguien puede ser lo único que necesitamos.
Salvo que aquí no había nadie a quien tocar. Nadie a quien aferrarse. Nadie a quien abrazar.
Justo cuando otra ráfaga de viento recorría el callejón, su móvil empezó a sonar. Se le formó un nudo en la garganta y le costó respirar al mirar la pantalla.
NÚMERO OCULTO.
—¿Diga? —respondió, incapaz de ocultar el miedo en su voz.
—Traigo buenas noticias. ¿Le interesaría escucharlas?
A medida que él hablaba, la imagen del hombre que había visto en la pantalla de Amelia acudió a su mente como un destello. Ahora le ponía una cara a la voz.
Una cara a La Cábala.
—Sí...
—No hay necesidad de que parezca asustada. Perro ladrador, poco mordedor... hasta que me cabreo.
Jake. Oh, Jake. ¿Qué has hecho?
Jake había puesto a prueba la paciencia de La Cábala, y ahora ambos estaban siendo testigos de lo fuerte que podía llegar a morder aquel hombre.
—Siento lo de su padre —continuó la voz—. Debe de ser horrible. No puedo imaginar por lo que está pasando usted, y mucho menos él.
Stephanie parpadeó para contener una lágrima y sorbió por la nariz. Tragó saliva.
—Pero con su ayuda, puedo asegurarme de que esté cómodo.
¿Sabe con quién comparte celda? Con Henry Matheson.
Lo sé, lo sé. Menuda chapuza, un descrédito para nuestro sistema judicial.
Y créame, es una coincidencia afortunada, según el lado de la moneda desde el que se mire.
Ahora bien, tanto usted como yo sabemos cómo es Henry Matheson.
Pero, por ahora, parece que Henry le está cogiendo cariño.
Aunque no puedo prometer que la cosa siga así para siempre.
A medida que la salud mental de su padre se deteriore, también lo hará la paciencia de Matheson.
Usted quiere que su padre esté cómodo ahí dentro, ¿verdad?
Stephanie se dejó caer al suelo, deslizando la espalda contra la pared.
El bajo de su abrigo se arrastró y se quedó atrapado en un charco de agua de lluvia, o peor, de orina.
Pero en este momento le daba exactamente igual lo que fuera; solo podía pensar en su padre.
Compartiendo habitación con Henry Matheson.
Viviendo cada día con el miedo de estar rodeado de criminales peligrosos cuando él no era nada de eso.
—Debe de estar muy asustado en un lugar así —continuó el hombre de La Cábala. Como colega de profesión, detestaría que le pasara algo. Su padre es un buen hombre.
Las lágrimas le corrían por la cara, estropeando el poco maquillaje que le quedaba.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó ella, a pesar de estar segura de que ya sabía la respuesta.