Capítulo 40
DOS DE DOS
A melia Wilmot. Estudiante universitaria de dieciocho años, cursa Gestión Hotelera en la University of Greenwich. Vive con sus padres en lo que solo podría describirse como una minimansión.
Stephanie contemplaba con asombro los coches de la calle y el estilo de las casas que se alzaban sobre ellos.
En esta parte de la ciudad, donde el crimen abundaba y los robos en viviendas eran el pasatiempo más popular, le parecía una estupidez alardear de dinero y privilegios de una forma tan odiosa.
Pero claro, ella nunca había tenido dinero, así que ¿cómo iba a saber lo que se sentía?
Su padre siempre le había enseñado a vivir de acuerdo a sus posibilidades, y si eso era lo que hacían estos residentes con sus coches de cien mil libras, ¿quién era ella para juzgar?
Aunque, si descubría que el Ferrari pertenecía a Amelia, una chica de dieciocho años que acababa de aprender a conducir, entonces a Stephanie no le quedaría otra que juzgar. ¿Qué joven de dieciocho años merecía un coche así? Eso sí que era ignorancia.
Darryl había recibido un soplo anónimo de que Henry Matheson estaba sobornando a los posibles miembros del jurado con grandes sumas de dinero.
No dijo cómo había conseguido los nombres de la lista de candidatos, pero lo único que ella sabía era que le habían ordenado investigar de todos modos.
Tras un largo día solicitando los archivos, y con el visto bueno de Darryl y de las altas esferas de la Met, le habían entregado los nombres de los candidatos al jurado para el juicio de Matheson.
Y al principio de la lista estaba Amelia.
Stephanie, quizás de forma algo ingenua, no había contado con que los encargados de los sobornos de Henry siguieran la lista de otro modo que no fuera por orden alfabético, por lo que tomó la decisión ejecutiva de visitar primero la casa de Amelia Wilmot, con la esperanza de ir solo una noche por detrás de ellos.
Darryl le había dado instrucciones estrictas de no llamar con antelación y de no revelar lo que estaba ocurriendo, por si acaso llamaba en mal momento y alguno de los hombres de Henry estaba allí.
La identidad de la persona que realizaba el trabajo sucio de Henry seguía siendo desconocida.
Aunque Stephanie sospechaba que era Reece Enfield, el traficante de drogas adolescente que había huido de Stratford tras ser acusado de varios cargos de asesinato.
Seguía prófugo, y su rostro era conocido por todos los agentes de policía de la ciudad y de más allá.
Sin embargo, de alguna manera, en los meses transcurridos desde el arresto de Henry, se las había arreglado para evitar ser capturado y se desconocía su paradero actual.
Así que no era del todo descabellado sugerir que volvía a trabajar para Henry.
Por segunda vez en dos días, Stephanie se bajó de su coche de precio razonable sintiéndose inadecuada y con una sensación de autodesprecio, y caminó con paso cansado hacia la casa de Amelia.
Al acercarse a la puerta principal, oyó sonidos de entusiasmo y conversación; la televisión funcionando a todo volumen en una habitación y música atronando a través de unos altavoces de alta calidad en otra.
Fue un milagro que alguien oyera el timbre.
Frente a ella apareció unos instantes después Amelia Wilmot, que parecía aún más guapa que en las fotos de sus redes sociales.
¿Por qué ocurría eso con tanta frecuencia?
Amelia había hecho pleno: dos de dos. Primero la pequeña Susie, ahora esto.
Nadie se parecía en la vida real a como salía en sus perfiles de las redes sociales, pero esas dos chicas sí.
Y con creces. Aquello la desanimaba, pero no tanto como los comentarios que algunos de sus antiguos ligues habían hecho sobre su aspecto.
—No te pareces en nada a tu foto de perfil— le había dicho una conquista desafortunada.
—Ah, pensaba que tú... Te ves distinta, eso es todo.
Distinta para bien, obviamente. Solo que... — había dicho otro.
Solo que no es lo que me esperaba, había terminado ella la frase mentalmente.
—¿Puedo ayudarla?— respondió Amelia. Su voz era más grave de lo que Stephanie había previsto. Mucho más grave, de hecho. Casi varonil. Al menos eso era un consuelo, supuso ella.
Stephanie sacó su placa y se la mostró a la joven. —¿Estoy en lo cierto al pensar que tiene que presentarse pronto como jurado?—
Amelia miró el documento con recelo y asintió.
—¿Puedo entrar?—
Amelia extendió una mano, manteniéndola a raya. —¿De qué se trata? ¿Estoy arrestada?—
—Nada de eso. Solo necesito hacerle unas preguntas. Ha llegado a nuestro conocimiento que el acusado ha averiguado algunos de sus datos y tenemos que asegurarnos de que esté a salvo.—
Amelia pareció considerarlo un momento. Se miró las uñas comidas y se las hurgó. —No he tocado el dinero— dijo ella. —No lo quería. No me he gastado ni un céntimo.—
Bingo. La honestidad era siempre la mejor política. Muérete de envidia, Jake Tanner.
—No hay nada de qué preocuparse— dijo Stephanie. —¿Puedo pasar?—
Amelia la condujo al salón, donde el último episodio de Teenage Mums de MTV se emitía a todo volumen en un televisor de pantalla plana de setenta pulgadas.
Unas puertas acristaladas daban a una vasta extensión de césped, iluminada por un foco con sensor de movimiento.
Fuera, en el jardín, un golden retriever corría a toda velocidad de un lado a otro, pegándose una carrera más que necesaria, expulsando grandes bocanadas de vapor por la boca.
Dentro, el ambiente era mucho más cálido.
Velas aromáticas y difusores de la marca White Company reposaban orgullosos en las estanterías a ambos lados de la televisión.
Tres sofás de cuero blanco rendían culto a la pantalla plana y, en el centro, había una mesa de centro de mármol con otro difusor encima.
Junto al salón estaba la cocina, donde Amelia se peleaba con una cafetera.
El dinero podía comprar muchas cosas, pero el sentido común no era una de ellas.
—¿Necesitas ayuda?—
—Este trasto no funciona.—
—Con agua está bien.—
—No, por favor. Insisto. Lo haré con el hervidor. Ponte cómoda.—
Puede que el dinero no hubiera servido para comprar sentido común, pero la educación de Amelia claramente venía de alguna parte.
—¿Dónde están tus padres?— preguntó Stephanie mientras se sentaba en el sofá de cuero, mirando directamente a una adolescente que empujaba un cochecito por una calle principal muy concurrida. Podría acostumbrarse a esto.
—Están fuera, en alguna parte. Trabajando, probablemente. No los vemos mucho.—
—¿No los vemos?—
—Mi hermano y yo. Es el que tiene puesta esa música de mierda arriba. Se oye desde el final de la calle.—
Menos de un minuto después, Amelia dejó una taza de café humeante sobre la mesa, hizo pasar al perro y se sentó en el sofá a su izquierda, con el perro echado sobre sus piernas y sus dedos acariciando aquel pelaje precioso. Una reina y su fiel protector al mando del castillo.
Stephanie se inclinó hacia delante, sacó su libreta y apoyó el bolígrafo en el papel. —¿Puedes explicarme qué ocurrió cuando recibiste ese dinero del que has hablado en la puerta?—
Amelia asintió. —Fue anoche. Estaba viendo The Only Way is Essex .
Llamaron a la puerta y abrí. Mis padres habían vuelto a salir, así que solo estábamos Ryan y yo.
Había un tipo alto y corpulento allí fuera.
Dijo que era del Ministerio del Interior o algo así.
Hablamos un poco y luego me entregó un paquete. —
—¿De qué?—
—Dinero.—
—¿Aún lo tienes?—
Amelia apartó al perro de su regazo, saltó del sofá y corrió hacia la librería en la esquina izquierda de la habitación. En la parte inferior del mueble había un cajón. Amelia metió la mano, sacó un sobre acolchado y lo puso sobre la mesa.
Stephanie lo ladeó para inspeccionar el contenido. Dinero. Mucho. Lo dejó allí.
—¿Y nadie lo ha tocado?—
—Nadie sabe que está aquí— respondió Amelia.
—Bien. Voy a tener que llevármelo. Tendremos que hacer pruebas forenses.—
Con suerte, aquel criminal tan estúpido habría dejado huellas dactilares incriminatorias.
—¿Qué pasó después de que te diera el dinero?—
Amelia volvió al sofá, pero el perro parecía tener miedo de volver a subir, dolido después de que lo hubieran echado la última vez.
—Me amenazó. Me dijo que, si se lo contaba a alguien, volverían y harían daño a mi familia.—
Stephanie hizo una pausa, con un dolor en la muñeca que se le agudizaba por tomar notas.
—Entonces... ¿por qué me lo está contando todo con tanta libertad?— preguntó. En su experiencia, las personas que recibían ese tipo de amenazas se mostraban recelosas, tímidas, reservadas y hacían lo imposible por evitar decir la verdad.
—Porque...— Amelia cogió el mando y subió el volumen. Luego bajó del sofá y se sentó junto a Stephanie. El perfume de la chica era sutil, pero olía a caro. Tuvo que hablar alto para hacerse oír por encima del ruido de la televisión. —Confío en usted.—
—¿Por qué?—
—Porque es mujer. Esta mañana ha venido otra persona a casa, otro agente de policía, haciendo las mismas preguntas que usted. Pero a él no le he dicho nada.—
Puede que el dinero no comprara el sentido común, pero era sorprendentemente astuta como para saber en quién depositar su confianza.
—¿Qué quería ese hombre?—
—Solo quería asegurarse de que alguien había venido, de que me habían dado el dinero, de que entendía para qué era. Luego me dijo —y esto me pareció muy raro— que ignorara todo lo que el hombre de la noche anterior me había dicho, y que votara culpable en su lugar.—
—¿Dijo por qué?—
—Solo que era lo mejor y que el hombre que está siendo juzgado es muy peligroso. Luego la conversación derivó y me preguntó qué pensaba hacer con el dinero. No sé qué fue, pero algo no me cuadraba. Parecía... raro.—
—¿Raro en qué sentido?—
Amelia se encogió de hombros. —Ya sabe, como los que te encuentras en los bares y discotecas.— Buscó la palabra. —Del tipo baboso.—
Stephanie sabía perfectamente de qué hablaba. También ella había tenido su ración de esos tipos, al igual que Amelia, sin duda.
—¿Recuerdas qué aspecto tenían esos dos hombres?—
Amelia asintió, le tendió una mano y condujo a Stephanie a un pequeño despacho al final del pasillo.
Por dentro, parecía algo salido de una película de James Bond.
Una pared llena de pantallas de ordenador parpadeaba y mostraba varios ángulos de la casa, tanto interiores como exteriores.
En la esquina superior izquierda aparecía Ryan, el hermano de Amelia, jugando con la Xbox, con el mando en la mano y los cascos puestos, sentado en su cama.
Sus ojos recorrieron las imágenes. Del dormitorio principal, el cuarto de Amelia, sus baños, la habitación de invitados, el despacho, el rellano, la sala de juegos, la cocina y el salón, donde los hilos de vapor que salían de su taza eran tan claros como si tuviera el objeto delante de ella.
—Mi padre es un maniático de la seguridad— dijo Amelia mientras se sentaba al escritorio e iniciaba sesión en el ordenador.
—Dice que la mayoría de la gente no lo tiene encendido, que solo lo usan como disuasión.
“De poco les servirá cuando les roben todo”, dice él.
— La imitación que la joven hacía de su padre le recordó a Stephanie a la suya propia; a cómo se burlaba de él por darle las lecciones de vida que más tarde llegaría a apreciar.
—¿Y lo grabáis todo?—
—Sí.—
—¿Y tienes grabaciones de anoche y de esta mañana?—
—Sí.—
Esta mañana , pensó ella, con la mente a mil por hora. Intentando pensar quién podría haber venido a hablar con ella en un momento similar al del funeral de Roland.
Y entonces lo descubrió.
Primero, Amelia empezó con el hombre de Henry Matheson de la noche anterior. Luego pasó al segundo individuo.
Al segundo hombre lo reconoció enseguida, allí de pie frente a la lente de la cámara oculta en la puerta principal. Pero la verdadera sorpresa llegó cuando se dio cuenta de que también conocía al primer hombre.
Dos de dos.
Miró su reloj: 17:05.
Faltaban siete horas para que la necesitaran en otro lugar. Tiempo de sobra para procesar lo que acababa de ver.