Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 39
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Capítulo 39

EN LAS ENTRAÑAS DE LA BESTIA

J ake se aseguraba de llevar siempre un par de guantes de goma en su Mini por si surgían emergencias como esta.

Eran lo único que lo separaba de las pruebas utilizadas en los juicios penales.

Había oído demasiadas veces que las investigaciones se iban al traste por la mala gestión y manipulación de las pruebas a manos de novatos o de gente simplemente estúpida; indicios que vinculaban intrínsecamente al sospechoso con el crimen.

Los procedimientos existían por una razón, y lo correcto era seguirlos.

Mira quién fue a hablar, pensó.

Al entrar en el salón de belleza, notó que empezaba a formarse una multitud en los alrededores de la propiedad.

—Esto es un asunto policial oficial. ¿Podrían retroceder, por favor? —gritó Jake a la decena de personas que habían empezado a merodear por la entrada del local.

Sin necesidad de un segundo aviso, los curiosos se retiraron a una distancia prudencial.

Jake les dio la espalda y los borró de su mente.

Si pasaba demasiado tiempo pensando en ellos, no tendría capacidad mental suficiente para centrarse en la tarea que tenía entre manos.

Y necesitaba concentrarse, ya que aún quedaba mucho trabajo por hacer.

Pero primero tenía que asegurarse de que no hubiera más amenazas para la vida.

De que nadie estuviese acechando en el inmueble.

Los fragmentos de cristal crujían bajo sus pies mientras caminaba con suavidad, con delicadeza por el edificio, como si un exceso de ruido pudiera alterar los cimientos internos y hacer que se desplomaran bajo él.

Se detuvo junto al bate de béisbol y lo inspeccionó; luego sacó su libreta de notas del bolsillo de la americana, arrancó una página, la dobló por la mitad y la depositó en el suelo al lado del bate.

Resultaría útil más tarde, cuando llegaran los agentes de la policía científica.

Jake estiró las piernas. Los músculos de los muslos le daban punzadas de agonía y las articulaciones de las rodillas le crujieron. Se estaba haciendo viejo para tener veintiséis años.

Sacudiéndose los pantalones, se dirigió hacia la parte trasera del local, con el cuerpo tenso y la mente en alerta máxima.

Sus sentidos se sintonizaron con el entorno.

Un cuadro de un paisaje pintoresco de algún lugar del mundo oscilaba de lado a lado en la pared.

Detrás de él llegaba el murmullo de los mirones de fuera.

A lo lejos, oyó el sonido de varios coches patrulla convergiendo hacia su posición.

Jake avanzó por el edificio con cautela. Sus ojos escaneaban el suelo como un detector de metales, barriendo de un lado a otro en busca de cualquier cosa que pudiera indicar quién estaba detrás del ataque y por qué.

No había nada. Al menos a simple vista.

Entonces llegó al final del salón de belleza. Entró en el pequeño espacio y miró a su izquierda. La puerta que conducía al sótano estaba entreabierta. Jake se acercó arrastrando los pies, la empujó y bajó los peldaños.

El hueco de la escalera estaba mal iluminado y el olor a humedad y a sudor le golpeó la cara de inmediato.

El hedor se concentraba al final de la escalera, donde lo habían dejado pudrirse.

Jake había visto cadáveres en diversas etapas de descomposición, y aquel olor le recordaba a las fases finales.

Había una puerta que se abría al pie de los escalones. Desde su posición, Jake no podía reconocer el interior de la habitación. No sabía si había alguien allí dentro o si estaba completamente desierta. Y no lo sabría hasta estar dentro.

En las entrañas de la bestia .

Usando la mano izquierda, por si algo saltaba hacia él y necesitaba defenderse con la derecha, Jake empujó la puerta. Se abrió lentamente, con las bisagras chirriando.

Esperó, atento a cualquier sonido o señal de vida.

Nada.

Conteniendo la respiración, entró en el espacio.

La sala era grande. Unos nueve por dieciocho metros.

Jake supuso que se extendía por debajo de la tienda de al lado.

El aire en el interior era frío, las paredes estaban desnudas —pintadas de un blanco liso y nada creativo— y una sola bombilla colgaba del techo, siendo la única fuente de iluminación de la estancia.

A su derecha había un inodoro y un cabezal de ducha, de diseño abierto.

Ni siquiera una cortina que correr. Y un sumidero en el suelo por donde debería bajar el agua.

Pero había un problema. Un charco de color marrón oscuro ensuciaba el desagüe y la zona circundante.

Al lado de la ducha, a lo largo de la pared, había una mesa pequeña.

Vasos de plástico de distintos colores y niveles de limpieza descansaban sobre ella boca abajo, con el contenido derramado sobre la madera.

Entonces la mirada de Jake se dirigió al fondo de la habitación.

Ocupando la totalidad del suelo había una serie de colchones que se habían amontonado para crear una cama gigante.

Ropa, almohadas, calzoncillos, calcetines y camisas yacían en un montón a los pies de la cama.

Jake se detuvo y contó el número de almohadas.

Treinta y una.

«Una por cada persona que trabaja aquí», pensó.

Y entonces se dio cuenta de ante qué tipo de lugar se encontraba. En qué clase de sitio estaba metido.

Había gente viviendo allí. Durmiendo allí. Comiendo allí. Duchándose allí. Defecando allí. Trabajando allí.

Y Dimitri era el hombre a cargo de todo aquello.

Ahora Jake sabía para qué habían robado su dinero. Se había utilizado para financiar una red de trata de personas y esclavitud. Transportándolas de un país a otro. Vendiendo sus cuerpos a una vida de miseria y tormento.

Y esos eran solo los que Jake conocía. No quería ni pensar cuántos otros habían estado cautivos allí, ni durante cuánto tiempo.