Capítulo 34
HOMbrE UNO Y HOMbrE DOS
E n cuanto abrió los ojos y recuperó la conciencia, sus músculos se agitaron violentamente.
Pero algo apretado le roía la piel, frenándola.
Parpadeando para ahuyentar las náuseas, se dio cuenta de que estaba inmovilizada en una cama, con los brazos extendidos a ambos lados de su cuerpo como si estuviera en un crucifijo y con las piernas abiertas.
También estaba desnuda, lo cual era aún más preocupante, salvo por un fino paño que flotaba suavemente sobre su ingle, mientras que sus pechos se ladeaban ligeramente.
Estaba rodeada de oscuridad, a excepción del débil y tenue resplandor de una bombilla que colgaba sobre ella, parpadeando al azar, como si le hablara en código Morse.
Una ligera corriente de aire entraba de alguna parte, besando con suavidad la parte superior de sus hombros y brazos.
Estiró el cuello para intentar vislumbrar de dónde procedía.
Gimiendo al doblar el cuello en una posición en la que nunca había estado, alcanzó a ver una puerta sobre su hombro izquierdo.
Su escape. Su oportunidad de salvación. Pero primero, necesitaba liberarse de las cuerdas.
Quienquiera que se las hubiera puesto alrededor de las muñecas no había sido amable, pues estaban apretadas y se le clavaban en la piel.
Giró la cabeza hacia un lado, examinando el nudo bajo la escasa luz.
Era un nudo constrictor. Uno de los más difíciles de dominar, y aún más difícil de desatar.
En una vida pasada, había sido ingeniera y había trabajado en barcos en Constanza, su ciudad natal.
Como una de las dos únicas mujeres de su equipo, se había propuesto como misión vital tener éxito en todo lo que tuviera por delante, ir un paso por delante de los hombres que ocupaban su mismo puesto.
Sin embargo, tras obtener puntuaciones casi perfectas en sus exámenes y lograr uno de los títulos más altos que ofrecía su universidad, lo único que no había estudiado a la perfección eran los nudos de cuerda.
Pensó en Hamsik, su colega favorito y mejor amigo en el trabajo.
Él era el maestro de los nudos, así que, cada vez que se enfrentaba a un obstáculo de cuerdas que no sabía cómo sortear, siempre se lo dejaba a él.
De vez en cuando él intentaba enseñarle con varias demostraciones, pero ella nunca prestaba atención; su mente se distraía con sus manos y brazos fornidos, sus hombros y pecho anchos, sus muslos abultados...
Hamsik, su talón de Aquiles.
Unas voces emanaban del otro lado de la puerta, transportadas por la corriente de aire. Mientras yacía allí, intentó recordar qué le había sucedido antes de perder el conocimiento. Cerró los ojos y pensó con fuerza.
Recordaba estar en el salón. En el pasillo con Dimitri.
Él le había ofrecido el dinero. Sí, eso era.
Pero luego alguien había ido a recogerla para llevársela.
La habían acompañado hasta el coche... Y entonces otra imagen apareció en su mente; cuando la escoltaban a la parte trasera del Mercedes —no tenían muchos en su país tan ostentosos como en el que la metieron—, ella había propinado un puñetazo a su captor e intentado salir corriendo, escapar.
Pero la habían frenado rápidamente y ella se había desplomado al suelo, raspándose la mano.
Cerró el puño y, al arrugarse la piel, una sensación punzante le recorrió la palma de la mano. Y entonces le ardió el pliegue del codo. Sus ojos recorrieron su brazo hasta llegar al pliegue. Se había formado un gran bulto rojo, rodeado de una amalgama de moratones azules y violetas.
Entonces recordó. Momentos antes de que el mundo se volviera negro, su captor la había agarrado por el pelo, había echado mano al maletero y le había clavado una aguja. La había dejado seca al instante.
Y ahora estaba aquí. Sin idea de dónde era «aquí». Sin idea de cuánto tiempo llevaba aquí. Sin idea de qué le iba a pasar a continuación.
El dinero que le habían dado se lo habían quitado. Ahora no tenía nada que usar como moneda de cambio para su huida.
Antes de que pudiera seguir dándole vueltas, las voces que venían del exterior se hicieron más fuertes. Risas, burlas. Pasos. Risas. Pasos. Risas.
Acercándose.
Acercándose.
Acercándose.
El corazón le latía con fuerza y una fina capa de sudor se formó en su cuerpo delgado y flexible.
La puerta se abrió, inundando la habitación de luz. La cegó, quemando un rectángulo distorsionado en sus retinas.
—Parece que el sujeto por fin está despierto —dijo una voz. Desconocida. Extraña.
Abrió los ojos y vio a dos figuras, nada más que siluetas, entrar en la habitación.
Una de ellas se desplazó al otro lado de la estancia y giró el interruptor regulador de la pared; ella gimió cuando la luz sobre su rostro se intensificó, cegándola aún más.
Hizo una mueca de dolor y giró la cabeza, pero no había escapatoria.
La luz lo consumía todo, así que se vio obligada a cerrar los ojos de nuevo.
Habló la otra voz esta vez. También masculina. Más profunda que la primera. —Ohhh, pero mírala... está empezando a sudar. —Un dedo le tocó la piel, recogiendo las gotas de líquido por su estómago y bajándolas hasta la pelvis—. El tener miedo solo lo empeora.
Con los ojos todavía cerrados, sintió la presencia del otro hombre situándose al lado opuesto. Parpadeó para quitarse la luz cegadora, pero fue inútil; su visión seguía distorsionada y densamente poblada de estrellas danzantes.
Murmuró, gimió, jadeó.
Una mano se posó suavemente sobre su boca, acallando su malestar.
—Shh... Shh... Está bien, mi pequeña mariposa —dijo el hombre uno.
—¿Mariposa? —añadió el hombre dos, el de la voz más grave—. ¿En serio?
El hombre uno desplazó la mano por su rostro y le acarició el pelo. —Es como llamo a todos mis pacientes. Especialmente a los más jóvenes.
—¿Te refieres a los niños?
—A veces. A veces a los adultos también les gusta que los llamen mariposa.
Les digo que son elegantes y gráciles. Que en cuanto despiertan de un largo sueño, ya no son la oruga fea que solían ser; se convierten en algo mucho más grande, mucho más bonito, mucho mejor .
—Su mano se movió hacia la oreja de ella, retirándole varios mechones de pelo detrás de esta.
Se dirigió a ella directamente—: ¿Te gustan las mariposas?
Ella decidió no responder.
—Creo que son criaturas elegantes. La forma en que florecen y se abren con colores magníficos. ¿No estás de acuerdo?
Ella no dijo nada.
—Un día de estos aprenderás a apreciar lo que te digo. Y un día de estos aprenderás a apreciar lo que voy a hacerte.
Inhaló bruscamente y cerró los ojos. Su cuerpo se tensó y sus músculos se volvieron rígidos, tirantes. Preparándose para lo que estaba por venir. Para sufrir en silencio. Sola.
El suicidio lo solucionaría todo. Podría quitarse la vida ahora mismo y ahorrarse los días, semanas, meses —potencialmente años— de abusos que iba a sufrir en esta situación. Podría detenerlo ahora. Acabar con todo.
Pero entonces ganarían ellos. La habrían derrotado.
No he llegado tan lejos...
—¿Qué... qué vas a hacerme? —susurró ella.
El hombre uno jadeó de sorpresa y dirigió la mirada al hombre dos.
— Sí que habla. Por un segundo he pensado que íbamos a tener que examinarle la laringe.
Le soltó la oreja y se dirigió a un rincón de la habitación, fuera de su vista, para regresar unos segundos después con un escalpelo en la mano.
—Hay mucha gente enferma ahí fuera. Sin salud.
Muriéndose. En parte es genético, en parte es el resultado de su propio pecado: la codicia, la gula, ese tipo de cosas.
Pero también hay gente sana que puede ayudar a curar a los enfermos.
—Ahí es donde entramos nosotros —terminó el hombre dos—. Y ahí es donde entras tú .
Podía sentir la vena de su cuello latiendo bajo la piel, a punto de estallar en un intento de escapar, su cuerpo liberando raudales de sudor por todas partes, su estómago saltando arriba y abajo como un trampolín.
Su corazón trabajando a toda marcha. Y una parte de ella deseó entrar en una parada cardíaca fulminante. Repentina. Fatal.
Pero entonces recordó la promesa que se había hecho a sí misma. No sería derrotada. No dejaría que ellos ganaran.
Iba a sobrevivir. E iba a hacer que pagaran por lo que le habían hecho.
—¿Cómo... —dijo ella, esforzándose por pronunciar las palabras; se le había formado una bola de flemas y saliva en la garganta y se la tragó—. ¿Qué vais a...? —
Ninguno de los hombres dijo nada. El hombre dos, a su derecha, se agachó bajo la cama y cogió algo. Cuando estiró las piernas, ella vio lo que tenía entre las manos.
Un tanque, con un tubo conectado a una mascarilla.
—Veintinueve —comenzó el hombre de la izquierda—. ¿Has pasado alguna vez por el quirófano?
El hombre dos le colocó la mascarilla sobre la cara.
Ella entró en pánico, empezó a agitarse y su respiración se volvió rápida.
Intentó luchar y quitarse la mascarilla, pero sus esfuerzos fueron inútiles.
En cuestión de segundos, el mundo volvió a volverse negro y se vio envuelta en el manto de la inconsciencia.