Capítulo 33
E l salón de manicura estaba situado en mitad de la calle principal, emparedado entre una tienda de licores y una pequeña cafetería independiente, donde las sillas de metal del exterior necesitaban una limpieza urgente.
Justo frente a la fachada del salón había una papelera que rebosaba basura sin recoger, y una cabina telefónica en desuso con los cristales rotos y una cinta blanca que ondeaba perezosa al viento a su alrededor.
La ubicación del salón no gritaba precisamente lujo de alto nivel, pero a juzgar por el número de clientes que entraban y salían —diez en la última hora—, movía bastante negocio.
Jake estaba sentado en su coche, aparcado un poco más abajo en la calle, fuera del alcance de cualquiera que saliera del local.
Tenía la cámara de su smartphone apuntando a la entrada.
Era lo único que llevaba encima que pudiera hacer fotografías decentes.
Y lo último que quería Jake era volver a casa para pedirle prestada a Elizabeth su cámara profesional. Por una multitud de razones.
Inhaló profundamente. Exhaló. Se preparó para bajar del coche y verse cara a cara con el dueño del salón. Con la persona que le había robado todo su dinero.
Jake se guardó el teléfono en el bolsillo, apagó el motor y salió del coche. Se sacudió el traje, asegurándose de que la corbata estuviera bien colocada bajo las solapas de la chaqueta, y se dirigió hacia el salón.
Mirando a ambos lados al cruzar la calle, el corazón le empezó a latir con fuerza en el pecho y su mente se aceleró con posibles situaciones.
Entrar por la puerta y ser acribillado al instante.
Entrar por la puerta y embarcarse en una persecución a pie a gran velocidad por las callejuelas de West Ham.
Entrar y ser asaltado, secuestrado y llevado a un lugar cualquiera donde se encontraría maltratado y torturado.
O existía el escenario mucho más favorable: encontrarse cara a cara con La Cábala y arrestarlos de una vez por todas.
La que quieres es la D.
Descubrir la identidad del individuo que había causado tanto daño y devastación sería la cima de su carrera, y se daría por satisfecho si nada lo superaba. Tres años de trabajo, docenas de vidas perdidas, un puñado de arrestos, todo por una sola persona.
Jake entró en el salón. Lo primero que notó fue el olor.
El olor mareante y pútrido del esmalte de uñas, el quitaesmalte y toda una mezcla de otros productos químicos nauseabundos.
Jake inhaló y luego deseó no haberlo hecho.
Los vapores tóxicos trastocaron de inmediato sus sentidos, como si acabara de recibir un puñetazo de un peso pesado.
La misma sensación, pero sin el dolor cegador.
Jake se detuvo en el vestíbulo y absorbió el entorno.
A su derecha, junto a la puerta, había una fila de percheros.
Varios abrigos colgaban junto a un filodendro de gran tamaño que invadía el pasillo.
Sus hojas amarronadas sugerían que le hacía falta un buen riego.
Estrellas naranjas y rosas y copos de nieve de papel colgaban del techo mediante hilos, restos de la Navidad, y las paredes estaban decoradas con un color granate oscuro.
En la sección principal del edificio, bordeando las paredes en forma de herradura, había una cadena de trabajadores pintando meticulosamente las uñas de los clientes.
Todos llevaban mascarillas para proteger sus pulmones de la inhalación de demasiados productos químicos.
Ninguno decía nada. Jake solo había estado en unos pocos salones de manicura en el pasado y, según su experiencia, siempre bullían de energía y vida; conversaciones entre empleado y cliente, con algún que otro grito u orden bramada de un lado a otro de la sala entre trabajadores.
Pero este sitio era todo lo contrario. El ambiente era inexistente.
Gracias a un hombre al fondo de la sala. Sentado tras un escritorio. Manteniendo a todo el mundo a raya. Con un portátil y un cuaderno grande frente a él.
Jake levantó la vista hacia el hombre. En cuanto lo hizo, una figura pasó por delante de él, interrumpiéndole la visión.
La figura de un hombre de pelo grasiento y engominado hacia atrás, barba descuidada y piel amarillenta, como si padeciera una enfermedad hepática.
La figura de un hombre que no tenía derecho alguno a estar allí.
—Perdone —pidió Jake, haciéndole señas para detenerlo—. ¿Podría...?
El hombre giró sobre sus talones y se quedó petrificado.
Con los ojos como platos por el asombro, parecía como si hubiera sido sordo toda su vida y esa fuera la primera vez que oía a alguien.
El hombre se subió la mascarilla sobre la nariz y, al levantarla, Jake vislumbró su muñeca.
El número catorce estaba tatuado en la parte interna de la muñeca con tinta indeleble; la piel que rodeaba el tatuaje aún estaba roja y presentaba signos de infección, de los lugares donde había perdido la batalla contra el impulso de rascarse.
—¿Dónde está su gerente? —preguntó Jake, intentando que su voz sonara lo más tranquilizadora y calmada posible.
El hombre no dijo nada, giró levemente el cuerpo y señaló en la dirección general del hombre que estaba tras el mostrador.
—Él —dijo. Su voz era ronca y débil, apenas audible incluso sobre el silencio del salón de manicura.
Jake miró por encima del hombro del hombre y volvió a clavar la vista en el individuo de detrás del altar. Luego dio las gracias al trabajador y avanzó por el salón.
El gerente estaba empezando a quedarse calvo, tenía la cabeza recia y el cuello aún más grueso.
Su piel estaba bronceada y una barba negra y vellosa le rodeaba la barbilla.
A través del vello, su expresión parecía indicar que estaba descontento y harto de todo el mundo.
Una gruesa vena se hinchaba y latía en la parte superior de su frente.
—¿Puedo ayudarle, señor?
Tenía un fuerte acento de Europa del Este, ajeno al oído de Jake, por lo que fue incapaz de identificarlo.
A medida que Jake se acercaba al mostrador de recepción, se agarrotó y se quedó helado.
El hombre era más alto que él y, no solo eso, era unos centímetros más ancho que Jake.
Pero no se trataba de grasa; por los contornos y las elevaciones de su cuerpo esculpido, era músculo.
Músculo grueso, denso y duro. Al mirarle desde abajo, Jake se dio cuenta de pronto de que no sería capaz de enfrentarse a él.
El hombre le superaba en peso y músculo en una proporción de dos a uno.
—¿Perdone? ¿Señor?
—Sí. Hola. Me preguntaba si podría hablar con el propietario —dijo Jake.
Aquí estaba. Se encontraba ahora en territorio desconocido.
No tenía Plan A. Ni Plan B. Ni siquiera un Plan C.
Potencialmente estaba mirando al hombre que le había robado todo su dinero, y Jake no sabía cómo reaccionar.
Deseaba golpear al hombre, destrozarle la cara hasta que no fuera más que una masa sangrienta.
La otra parte de él quería arrestarlo allí mismo, en el acto.
Asegurarse de que no tuviera a dónde ir.
Pero ¿y si se trataba de un hombre inocente?
¿Y si Stephanie —o su contacto— se había equivocado y lo había enviado a este salón debido a una información errónea?
—¿Hay algún problema? —preguntó el hombre.
Jake escuchó con atención el sonido de su voz, para ver si la reconocía.
—Me gustaría hablar con el gerente —insistió Jake.
—¿Es usted cliente de este salón? No le he visto antes.
—Así que usted es el gerente.
—¿En qué puedo ayudarle?
Y entonces Jake lo tuvo claro. Algo en el fondo de su cerebro le dijo que la persona con la que estaba hablando ahora era la misma con la que había hablado por teléfono.
Mi nombre es James, ¿en qué puedo ayudarle?
Jake no dijo nada y se llevó la mano al bolsillo trasero. Hizo una pausa. Cruzó la mirada con el dueño. Apretó su carné de identidad profesional entre los dedos. Se mantuvo inmóvil.
Estaba dividido. Si arrestaba al hombre ahora o le pedía que bajara a comisaría para un interrogatorio voluntario, cosa que estaba absolutamente seguro de que el hombre no haría, entonces sería un arresto ilegal.
Si se marchaba ahora, manteniendo su identidad oculta, corría el riesgo de que el hombre se hubiera ido para cuando regresara armado con más pruebas y más apoyo.
Pero entonces Jake recordó algo. La Sección 13 de la PACE le concedía el derecho a arrestar a un individuo si tenía motivos razonables para creer que había cometido un delito o estaba en proceso de cometerlo.
Sí. Esa era la clave. Esa era su respuesta. Su justificación. Solo esperaba que se sostuviera ante el oficial de custodia.
—Señor —dijo el hombre, sacando a Jake de su ensimismamiento—. Si no es un cliente de pago o no tiene una reclamación que quiera presentar, debo pedirle que se marche. Su comportamiento me preocupa, y mi personal y mis clientes se sienten inseguros.
Tan tranquilo, tan sereno. Como si lo hubiera ensayado mil veces antes.
El hombre extendió una mano, señalando hacia la puerta. Su mano era tan grande y su brazo tan largo que casi golpeó a Jake en la cara.
Entonces Jake echó mano a su otro bolsillo y sacó un par de esposas que estaban ocultas bajo su americana. Las abrió y las cerró de golpe contra la muñeca del hombre.
—Y yo voy a tener que pedirle que venga conmigo.