Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 29
35%

Capítulo 29

EN EL RECODO

E l peso monumental del dinero que había perdido descendió con fuerza sobre la mente de Jake cuando se despertó a la mañana siguiente.

Bostezó y estiró el cuerpo, alargando la columna y las piernas.

No hacía tanto tiempo, había pensado en apuntarse a yoga para aliviar el dolor de espalda provocado por las horas de oficina, pero si no encontraba tiempo suficiente para estar con las niñas, no sabía cómo se las apañaría para pasar horas estirándose y poniendo su cuerpo en posiciones extrañas e incómodas.

Jake se dio la vuelta hacia el otro lado de la cama. Vacío. Contuvo el aliento y escuchó. Del piso de abajo, de la cocina, emanaban sonidos distantes. Tazas de café golpeando contra la encimera. Platos y vasos chocando entre sí. El ruido de alguien vaciando el lavavajillas. Con brusquedad.

Suspirando, salió de la cama, se metió en la ducha y se preparó para el día que tenía por delante.

Hoy era el funeral de Roland, y se vistió con su mejor traje negro y los zapatos que había llevado el día de su boda.

Debido al estrés sin precedentes de los últimos dos días, sin dinero y sin nadie dispuesto a ayudarle —excepto Stephanie—, a Jake casi se le había olvidado.

No fue hasta que ella le envió un mensaje a última hora de la noche anterior cuando lo recordó.

A veces se preguntaba qué haría sin ella.

Eran las 6:36 cuando bajó las escaleras. Cuatro minutos antes de lo previsto.

—¿Qué haces despierta? —le preguntó a Elizabeth, cerrando la puerta de la cocina tras de sí.

Elizabeth, ocupada guardando la vajilla, se volvió hacia él y dejó caer una taza de café con actitud desafiante.

—¡Cuidado! ¡Vas a despertar a las niñas!

—Me alegra que hayas podido dormir bien —respondió ella.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que mientras tú has estado roncando toda la noche, yo he estado preocupándome por todo. No parece que te afecte mucho, Jake. No nos queda dinero, salvo lo poco que tengo yo . Y ambos sabemos que no nos durará mucho. Y ahora puede que a mis padres tampoco les quede nada.

Comer. Dormir. Discutir. Repetir.

—Te he dicho que estoy en ello. He involucrado a Stephanie. Ella tiene contactos que pueden hacer que las cosas vayan más rápido.

—Seguro que no es lo único con lo que puede ayudar.

Elizabeth tiró un paño de cocina sobre la encimera y se dirigió hecha una furia al otro lado de la habitación, donde sacó una silla de debajo de la mesa y se sentó.

—Otra vez con lo mismo no —dijo Jake, echando la cabeza hacia atrás y mirando al techo.

—No quiero que dependas de ella, ni de nadie más, para resolver nuestros problemas.

Por no mencionar el hecho de que no quiero que nadie más sepa lo de nuestros problemas financieros.

Tú hablas con gente en el trabajo, a lo que tienes derecho, pero cada vez que yo quiero hablar contigo, nunca estás. Estoy encerrada aquí todo el santo día.

—¿Y qué pasa con las chicas? —preguntó Jake mientras se acercaba a ella con cautela.

—Todas están ocupadas. Tash, Hannah, Emma...

todas tienen sus propias vidas. Ninguna tiene tiempo para mí.

Así que, ¿con quién tengo yo para hablar?

¿Con Ellie? ¿Con Maisie? Sé serio. Y la última persona con la que quiero hablar de estas cosas es con mi madre.

Así que no tengo a nadie. Siento que me estoy volviendo loca poco a poco.

Jake sintió que ella estaba, por primera vez en mucho tiempo, poniendo todas las cartas sobre la mesa y abordando el elefante en la habitación.

Vaciló antes de responder. —¿Y qué hay de... qué hay de tu fotografía? Sé que aún te estás recuperando de lo que pasó, pero... tienes que volver a salir ahí fuera, crearte un catálogo. Buscar nuevos clientes. Aunque solo sea vendiendo algunas fotos de las plantas de fuera. Saca algo de dinero así.

El rostro de Elizabeth palideció. Se irguió en la silla con los ojos muy abiertos.

—¿No acabas de...? ¡Pah! Eres increíble. ¿Así de sencillo es, verdad? Haces unas cuantas fotos a unas briznas de hierba, las subes a una web de imágenes de archivo y luego te sientas a esperar a que llueva el dinero. Eres aún más estúpido de lo que pensaba si crees eso.

Ahora la cosa se estaba volviendo hiriente. Él había intentado razonar, ofreciendo consejo y ayuda, ¿y así es como ella quería reaccionar?

A ese juego podían jugar dos.

—Bueno, lo siento —dijo Jake con sarcasmo—.

No puedo evitar tener que estar en el trabajo tanto tiempo.

No puedo evitar que me absorba la mayor parte del día.

Que me sienta físicamente agotado y mentalmente vacío para cuando llego a casa.

No puedo evitar que nunca me haya interesado tanto por tu fotografía. Yo...

Esa mujer de ahí quiere ayudarte. Pero si sigues haciendo lo que haces —comportarte como un idiota por todo— lo vas a echar todo a perder.

Jake se contuvo antes de decir algo más de lo que se arrepentiría. Se había pasado de la raya y era plenamente consciente de ello.

Tragó saliva y sintió que una cálida ola de culpa le consumía el cuerpo.

Deseó que se lo tragara la tierra y lo devolviera atrás en el tiempo, a hace unos minutos.

Joder. Si hubiera una carrera universitaria por Fastidiarlo Todo, él sacaría matrícula de honor y un puesto de becario directamente en el rincón del olvido.

—Liz... —empezó, bajando la cabeza con vergüenza.

—Fuera. No quiero verte ahora mismo. Vete a trabajar. Pasa tiempo con tu otra familia. Espero que te interese más lo que hacen ellos que lo que hago yo. Puede que no esté aquí cuando vuelvas —respondió ella con voz monótona, despojada de cualquier emoción.

—¿Dónde vas a estar? —preguntó Jake. Su voz sonaba débil por la pena.

—Lejos de aquí. Lejos de ti. Avísame cuando recuperemos todo nuestro dinero.

Jake caminó hacia su coche lentamente, agobiado por el peso del dinero desaparecido y por la brecha, aún mayor, en su relación.

Ahora tenía el tamaño de la grieta de un glaciar, y cada día se hacía más ancha y profunda.

Luchó contra el impulso de mirar hacia la casa para ver si Elizabeth estaba asomada entre las cortinas, resplandeciente, arrepentidos ambos de inmediato por su discusión, volviendo a enamorarse locamente el uno del otro y regresando a cómo eran las cosas antes.

Pero no era tan ingenuo como para pensar que sería tan fácil.

Comparó su discusión con una investigación criminal: primero estaba la discusión en sí, que solía ser la víctima.

Luego había que construir el caso, lo que requería hablar con testigos, investigar pistas, interrogar a sospechosos.

Lo cual, en la analogía de Jake, no era más que otra forma de decir sentarse y hablar el uno con el otro, discutir el problema con amigos y mirar dentro de sí mismos para encontrar la raíz del problema.

El resultado del caso, el ser capaces o no de arrestar a sus propios demonios, dependía de lo bien que pudieran unirse para obtener el resultado deseado como equipo.

Mientras subía al coche, debería haber pensado en algunos de sus propios testigos y sospechosos.

En que Elizabeth era el amor de su vida y se había portado fatal.

En que se había cavado un hoyo aún más profundo de lo que creía posible.

Pero lo primero en su mente eran las otras cosas por las que tenía que preocuparse.

Sacó el teléfono del bolsillo y lo dejó sobre el salpicadero. Al colocar el iPhone, la pantalla se iluminó, revelando varios mensajes y una llamada perdida de Stephanie.

Arrancó el motor y le devolvió la llamada.

Para cuando ella respondió, él ya estaba al final de su calle, incorporándose a Norton Road.

—¿Jake? —respondió ella; su voz resonaba en el vehículo a través del manos libres.

—Hola, ¿qué pasa?

—Ha habido un cambio de planes.

—¿Ah, sí?

—Vas a venir a mi casa y luego yo te llevaré al funeral. Puedes recoger tu coche al volver.

Era un inconveniente, pero mucho menos grave que volver a casa, al silencio y a la distancia que le separaba de Elizabeth. Al lugar donde no era bienvenido.

—Estaré allí en cuanto pueda.

—De acuerdo. Date prisa. Tengo novedades. Es importante.