Capítulo 28
DON OLVIDADIZO
E l aparcamiento de varias plantas, ahora vacío, gemía y silbaba mientras las ráfagas de viento arremetían y soplaban con fuerza por los espacios abiertos.
Un frío fantasmal se arrastró por el suelo hacia ella, congelando su aliento en cuanto salía de su boca.
La luz del exterior se filtraba e iluminaba las marcas de la pared y, a lo lejos, se oía el sonido de los coches rodando sobre el asfalto mientras repartidores y taxistas realizaban su trabajo, mezclándose con los sonidos de los juerguistas y borrachos de la calle.
La escoria de la sociedad. Con los brazos cruzados sobre el pecho, apretando su plumífero contra el cuerpo para aislarse, combatía los escalofríos que le subían por el torso.
Llegaba tarde.
Martha Clarke odiaba que la gente llegara tarde.
Era desconsiderado, de mala educación y te hacía parecer un gilipollas.
No tenía tiempo para personas que no sabían cumplir un horario, fueran quienes fueran.
Si la Reina llegara tarde a una reunión, Martha habría creído que estaba en todo su derecho de levantarse, salir y pedir que se reprogramara.
Tras diez minutos detestando al mundo entero, el sonido de unos neumáticos chirriando llegó hasta ella en la última planta. Martha clavó la mirada en el hueco del hormigón por donde aparecería el coche en breves instantes.
Unos segundos después, el vehículo llegó, tomó la curva y aparcó en la plaza de enfrente. La puerta del coche se abrió y apareció una figura gigantesca.
—Llegas tarde —dijo ella.
—Y tú sigues casada.
El Comisionado Adjunto Richard Candy se detuvo a su lado, le puso un brazo sobre el hombro y le besó la mejilla izquierda y luego la derecha. Martha se mantuvo severa, sólida, inmóvil.
—¿Sabe tu marido que has venido desde tan lejos para verme?
—No tiene por qué saberlo. Confía en mí.
—Seguro que no lo haría si supiera la verdad.
Candy dio otro paso atrás y se metió las manos en los bolsillos de la americana, dejando los pulgares por fuera.
—¿Qué está pasando, Dick? —preguntó Martha.
—Sabes que eres la única persona que me llama así.
—Como si me importara.
Candy se lamió los labios.—Me encanta esto. Igual que en los viejos tiempos. La animosidad, la hostilidad. Lo he echado de menos. Y apuesto a que tú también...
—Cállate —dijo ella, levantando una mano en el aire—. —Limítate a responder a mi pregunta. ¿Por qué te estás involucrando con mi familia?
—¿A qué te refieres?
—Sabes perfectamente de qué te hablo. No te hagas el olvidadizo. Otra vez no.
—No tengo ni idea de qué me hablas, Martha —respondió Candy, levantando las manos en señal de rendición.
El movimiento la transportó de vuelta al patio del recreo, a su primera pelea en la escuela secundaria.
Acababa de pillarlo tonteando con otra chica durante el almuerzo y se había lanzado a por él con una sarta de insultos.
Por aquel entonces ya era un gilipollas, y seguía siéndolo cuarenta años después.
—¿Por qué ahora ? Después de tanto tiempo. ¿Por qué intentas ayudar a mi marido precisamente a él? —Martha se dio cuenta de que su entonación y su tono de voz subían con cada sílaba; hizo un esfuerzo consciente por bajar la voz—. Has tenido años para compensar todo lo ocurrido.
Candy soltó una risita y dio un paso hacia ella.
—Sabes —empezó—, eso era una de las cosas que más me gustaban de ti, Martha.
Eras muy orgullosa; te gustaba hacer las cosas por tu cuenta, tú sola, sin ayuda de nadie.
Pero, a veces, tienes que espabilar y oler la mierda.
Hay gente ahí fuera que quiere ayudar. Ya va siendo hora de que aprendas a aceptarlo cuando sucede.
—Sigues sin responder a la pregunta. ¿Por qué ahora? ¿Por qué nos estás ayudando?
Candy tardó un rato en responder y, en ese tiempo, ella se perdió en sus ojos.
Los iris eran negros como el azabache, contrastando con el brillo de la esclerótica que los rodeaba.
Pero había algo más; lo conocía desde hacía tanto tiempo y había mantenido un contacto esporádico —a espaldas de Alan— que conocía el dolor que escondían.
Las relaciones que había tenido en el pasado, su hermanastro, su padre.
El fallecimiento de su madre cuando él era joven, pero lo suficientemente mayor como para procesar la pena y el sufrimiento del duelo.
—Los dos somos viejos ya, ¿no crees? —comenzó él.
—Habla por ti.
—No vale la pena guardar esas gilipolleces insignificantes en el fondo de la mente.
Uno crece y lo supera. Tu yerno es uno de los mejores agentes que tenemos sobre el terreno y mi misión es cuidar de todos nuestros empleados.
Estaba en posición de ayudarle, así que lo hice.
Tenía los contactos, de modo que los usé. No veo dónde está el problema.
Un silencio cayó sobre ambos mientras Martha sopesaba qué decir.
Al final, Candy remató con un: —No podemos permitirnos perder a Jake, Martha.
Ahí está . El verdadero motivo por el que había contratado al médico para ayudarlos. La verdadera razón por la que había regresado a su vida.
—Creo que es la primera vez que me das una respuesta honesta. Miras por ti mismo y por lo que sea bueno para la policía. Me pregunto si tienes algún ascenso a la vista para pronto. —Martha se cruzó de brazos y arqueó la ceja izquierda.
—¿Qué importancia tiene eso en todo esto?
—Te encantan tus segundas intenciones. Esto tiene algo que ver con ello.
Candy sacó la mano derecha del bolsillo de la americana y señaló la cara de Martha—.
¿Y qué vas a hacer? No estás en posición de rechazar la cirugía.
Esa es la elección de tu marido. ¿Y qué aspecto de sospechoso tendría si hablas con él por la mañana y le dices que rechace la operación?
Se va a morir si no hacéis algo con sus riñones.
Y eso recaerá sobre tu conciencia. Imagina qué impacto tendría en vuestra relación si le cuentas la verdad sobre de dónde viene esta ayuda.
¿Y si hablo yo con él, y le suelto todo sobre las veces que nos hemos visto, las veces que te has encontrado en lugares donde no querrías estar?
La verdad no te hará libre, Martha. Al contrario, creo que la verdad te matará por dentro... y a él lo matará sin ninguna duda.