Capítulo 30
MURO DE LADRILLO
T rabaja para el Cónclave.
Henry había pasado las últimas horas repitiendo esas palabras en su mente, con la mirada clavada en el techo desnudo sobre su cama. Mientras Brian roncaba con fuerza, posiblemente soñando con niños pequeños o recuerdos entrañables de sus compañeros policías, Henry había estado urdiendo un plan.
El objetivo era sencillo: silenciar a Owen Carlson antes de que él tuviera oportunidad de silenciar a Henry.
Afortunadamente, ya había sentado las bases gracias a su intuición; no solo había sospechado de Owen desde el principio, sino que también les había ordenado a Jason, Vinnie y Biggie que entraran en las duchas al mismo tiempo que él.
En un principio se trataba más de una misión de reconocimiento que de otra cosa, pero ahora el asunto requería una escalada y los chicos debían ponerse al día.
El único problema que quedaba era encontrar la forma de hacerlo.
Las celdas estaban cerradas y el resto de los presos dormía.
En cuanto todos despertaran, saldría de la habitación a toda prisa para informarles.
Mientras tanto, con la oscuridad invernal empezando a retroceder lentamente, continuó con su libro. A medida que leía, pasaba los dedos por el pincho pegado a la contraportada, recordándose que seguía allí... y el dolor que podía infligir.
Siempre disfrutaba de esos momentos previos a que vinieran los carceleros a abrir las puertas de las celdas; siempre eran los más tranquilos, el tiempo que podía reflexionar.
Todos se habían agotado hasta caer rendidos o estaban tan emocionados por que les dejaran salir durante el día que no querían que nada pusiera en peligro ese momento (algunos carceleros te castigaban si causabas demasiado alboroto por la mañana).
Cuando finalmente se abrió la puerta de la celda, Henry saltó de la cama, dejó el libro sobre el colchón y salió de allí rápidamente, dejando que Brian se levantara a su ritmo.
Con la cabeza baja, se dirigió a la habitación de Jason.
El hombre estaba allí solo, tumbado en la cama con un brazo tras la nuca y la otra mano rascándose.
—¿Todo bien, Hen? No te esperaba aquí tan pronto. ¿Seguimos adelante con lo de...?—
Henry levantó un dedo en el aire, haciendo callar a Jason. —Necesito que lleves algo de metal encima, ¿entendido?—
—¿Qué dices, Hen?—
—Tienes que ir armado. Ese cabrón está aquí para matarme, ¿vale? Quiero que tú y los chicos acabéis con él.—
—¿Pero y tú?—
—Yo estaré en mi habitación. Leyendo mi libro. Apartado de todo. Avisa a los chicos. Asegúrate de que estén preparados.—
Antes de marcharse, Henry asintió a su socio. Jason era plenamente consciente de la tarea, y ahora dependía de él correr la voz.
Para cuando Henry regresó a su celda, Brian ya se había levantado y miraba por la ventana.
—Despierta, abuelo —exclamó Henry, dando una palmada—. Nuevo día por delante. Ya han pasado ochenta, faltan otros quinientos.—
Brian refunfuñó, arrastró los pies y se giró hacia Henry. La confusión se marcaba dolorosamente en su expresión y, en ese instante, no parecía saber ni en qué año vivía.
Henry lo dejó a su aire y volvió a centrar su atención en el libro. Avanzaba a buen ritmo y le intrigaba saber qué tipo de vida llevaría Alex tras cumplir su condena y terminar el tratamiento. Cogió el libro, saltó a la cama y lo abrió por la página anterior.
No logró pasar del segundo párrafo cuando alguien llamó a la puerta.
Henry suspiró, bajó el libro y se quedó paralizado.
En el marco de la puerta estaba Owen, con los ojos brillantes de excitación.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Henry, bajando las piernas de la cama.
La mirada de Owen saltó de Brian a Henry.
Henry intuyó que quería que Brian se fuera, lo cual le hacía sentirse dividido.
En primer lugar, porque lo que estaba a punto de ocurrir no era un espectáculo para un hombre en la situación de Brian.
Por otro lado, Brian era un testigo y, si a Henry le pasaba algo, Brian era un apoyo.
Un apoyo débil y endeble, pero apoyo al fin y al cabo.
Al final dijo: —Brian, colega, ¿nos das un minuto? Mira a ver si nos han traído nubes para desayunar, ¿quieres?—
Al principio, Brian no reaccionó. Pero a medida que las palabras se digerían lentamente en su cerebro, salió de la habitación arrastrando los pies y hablando solo.
Henry no sabía si habría comprendido el significado de su palabra en clave, pero era una mala mañana para confiar en alguien en su estado.
—¿Nubes? —preguntó Owen.
—Se le está yendo un poco la cabeza. Se ha pasado toda la noche hablando de ellas. Eran las favoritas de su hija.—
Owen entró en la habitación, con los hombros erguidos y los músculos en tensión. —Quería enseñarte algo.—
Henry asintió con cautela, intentando deslizar discretamente el dedo por la última página de su libro.
Owen sacó un pincho de su manga. Era casi idéntico al que tenía Henry. El mismo cepillo de dientes de color, el mismo desgaste en el cordel utilizado para atarlo.
Y entonces Henry se dio cuenta. Era su pincho. El mismo que había tenido hace menos de cinco minutos.
—¿Buscas esto? —preguntó Owen.
Antes de que Henry pudiera reaccionar, Owen se lanzó contra él, lanzando un tajo con la hoja ante sus ojos.
Henry reaccionó por instinto y levantó una mano para bloquear el ataque, pero subestimó la fuerza del hombre y tropezó hacia atrás contra la pared.
Inmovilizado, con los brazos a la altura del pecho, Henry empujó; todos esos años de press de banca por fin daban sus frutos.
Sus manos estaban trabadas en una lucha por el trofeo: la propiedad del pincho.
Quien lo consiguiera, ganaba la partida.
Entonces sintió la explosión en el estómago, envolviendo sus órganos.
Owen bajó la rodilla y se preparó para otro ataque: un cabezazo. Pero en sus tiempos, Henry había sufrido, e infligido, unos cuantos, así que conocía las señales de advertencia. La preparación del cuello, los ojos abriéndose para ganar ese extra de potencia y luego el asalto final.
Todavía recuperándose del golpe en el estómago, Henry estaba encorvado y pudo contrarrestarlo; se agachó y esquivó la cabeza hacia un lado, evitando por poco la barbilla del hombre.
En su lugar, la cabeza de Owen chocó contra la pared.
Tras el ataque fallido, soltó el arma y retrocedió tambaleándose, llevándose la mano a la frente.
Muro de ladrillo, conoce al cráneo.
Cráneo, conoce a un dolor de cabeza palpitante y a la desorientación.
Henry aprovechó la oportunidad. Placó a Owen como en el rugby, le agarró las piernas y lo dejó caer sobre el suelo de hormigón, un movimiento digno de entrar en el Salón de la Fama de la WWE.
La cabeza de Owen rebotó como la de un muñeco de trapo.
Ahora tenía el doble de dolor de cabeza.
Por delante y por detrás. Las estrellas estarían nadando en su visión y, si no tenía cuidado, se desmayaría.
Pero eso no era suficiente para Henry. El bastardo había intentado matarlo, apuñalándolo con su propia arma. Y al hacerlo, Owen acababa de firmar su propia sentencia de muerte.
Henry lo agarró por el cuello del jersey, lo sacó de su celda y lo arrastró hasta la suya.
La trece.
Estaba vacía, pero habían dejado la puerta abierta de par en par.
Henry arrojó el cuerpo aturdido y casi inerte de Owen dentro de la celda, cerró la puerta y se detuvo.
Sintió que tenía unos segundos para recomponerse, para inspeccionar el entorno, para encontrar lo que buscaba...
cualquier cosa que pudiera servir de arma, dado que con las prisas había tenido que dejar el pincho atrás.
La celda era un desastre. Una pequeña mesa en la esquina estaba llena de papeles, bolígrafos y restos de comida. Una hilera de estantes estaba llena de libros y polvo. Pero no había nada que pudiera utilizar.
Excepto...
Excepto...
Sobre la cama de Owen descansaba una bolsa de plástico grande.
Los nuevos presos las traían a sus celdas en su primera noche.
Normalmente contenían una muda de ropa y otros artículos básicos, y todo el mundo en la cárcel solía destruirlas antes de que acabara su primera semana por puro aburrimiento.
Pero Owen no. La suya estaba en un estado casi perfecto.
Sin agujeros. Sin roturas.
Una bolsa de plástico sólida y resistente.
Henry pisoteó el estómago de Owen y se lanzó a por la bolsa. Agarrándola con ambas manos, saltó al suelo, envolvió el pecho de Owen con las piernas, le inmovilizó los brazos y le encajó la bolsa en la cabeza haciendo que se inflara.
Owen fue recuperando la consciencia lentamente y arañó débilmente la bolsa.
Para combatir el contraataque, Henry apretó las piernas y se arqueó hacia atrás, dificultando que Owen pudiera alcanzar la parte trasera.
La presión adicional sobre el cuello del hombre cortó drásticamente el suministro de oxígeno en la bolsa.
A través del plástico, Henry podía oír la respiración amortiguada e inconexa, los jadeos, los murmullos de clemencia, el arrepentimiento y la retribución.
Demasiado tarde, hijo de puta.
El hombre se asfixiaba cada vez más rápido. Más y más rápido.
Tras una lucha de treinta segundos, el cuerpo de Owen empezó a quedarse flácido. Pero aún no había terminado. Solo necesitaba un empujoncito: un puñetazo o dos en la cara. Algo para desorientar y asfixiar el cerebro más rápido.
Entonces, tras otros treinta segundos, el cuerpo de Owen quedó completamente inmóvil, sin rastro de lucha. No era más que una masa de piel, huesos y músculos sobre el suelo.
Lentamente, preparándose para un repentino renacimiento o reanimación, Henry soltó la bolsa y jadeó, buscando aire.
Miró al techo. En todos sus años, de entre todas las personas que había matado, aquella había sido la más íntima.
Aquella en la que él mismo se había quedado a escasos centímetros de la muerte.
Aquella que le acompañaría el resto de su vida.
Respirando con dificultad, Henry desenredó las piernas, retiró la bolsa de plástico de la cabeza de Owen y se puso en pie.
Antes de marcharse, subió el cuerpo de Owen a su cama y le puso una almohada sobre la cara.
No era la coartada perfecta, pero todos en el centro sabían que Mark, su compañero de celda, estaba lo bastante trastornado y salvaje como para hacer algo así.
Tras comprobar por partida doble que todo estaba como cuando había llegado, Henry salió de la celda y regresó a toda prisa a la suya.
Allí encontró un encendedor bajo la almohada de Brian —a pocos centímetros de donde estaban escondidas todas las demás drogas— y prendió fuego a la bolsa.
Un humo tóxico se extendió rápidamente por la habitación, llenándole los pulmones y provocándole náuseas, pero era una consecuencia necesaria.
Sus huellas dactilares y su ADN estaban por toda la bolsa, y era lo único que le conectaba con el crimen.
Y si alguien preguntaba, diría que se le había prendido fuego accidentalmente a un bote de plástico de jabón.
Una vez que la bolsa no fue más que cenizas desintegradas, las tiró por el inodoro y se metió en la cama para pasar un rato con Alex y sus «drugos» antes de que encontraran el cuerpo de Owen y todo estallara.
Poco después, a medida que pasaba el tiempo y sus niveles de adrenalina se disipaban, se sintió con fuerzas suficientes para enviar un mensaje de texto.
Metió la mano en el metal hueco del somier de la cama y extrajo el dispositivo, buscó el número del Cónclave y envió un mensaje.
Corto y directo, lo suficiente para transmitir sus sentimientos.
Vuestro hombre está muerto. Que os jodan.