Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 26
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Capítulo 26

UNA VIDITA PERFECTA

L a pequeña Susie.

La pequeña Susie, la del número diecinueve, un poco más abajo en la misma calle. La pequeña Susie, la del perro y el columpio en el jardín trasero.

La dulce, inocente y encantadora pequeña Susie.

Stephanie la recordaba con cariño. Más aún desde la conversación que había mantenido con su padre esa misma mañana.

La había reproducido en su cabeza varias veces, desmenuzando en cada ocasión el significado de sus palabras y la sonrisa de su rostro al pronunciarlas.

Había intentado imaginar las imágenes y los escenarios que se proyectaban en la mente de él, pero entonces se dio cuenta de que aquello era un lugar potencialmente oscuro y aterrador que no deseaba visitar.

Las acusaciones contra su padre —pornografía infantil, contenido indecente— ya eran demasiado para que su frágil mente las asimilara.

Que el hombre que había sido su guía durante toda su vida, su inspiración para entrar en el cuerpo de policía, fuera un delincuente sexual y un pederasta la asustaba más de lo que jamás podría hacerlo cualquier enfermedad, dolencia, plaga o forma de tortura.

El hombre al que había colocado en el pedestal más alto posible se había desplomado contra el suelo.

Pensar en ello le daba náuseas y, mientras estaba allí sentada, con la mirada fija en la casa de luces encendidas, el ácido punzante le quemaba la garganta; la sensación era casi insoportable y el sudor le empapaba las palmas de las manos y la nuca.

No había tardado mucho en decidir un plan de acción. Y entre ayudar a Jake con sus finanzas y recopilar las pruebas contra Henry Matheson, había dedicado algo de tiempo a localizar a la pequeña Susie.

Tras pedir un par de favores y quedar en deuda con algunos viejos amigos, el resultado de su investigación estaba justo frente a ella.

A estas alturas, la pequeña Susie ya no era tan pequeña.

Tenía veinticinco años, vivía con su marido en un chalé adosado de dos dormitorios y tenía una hipoteca a su nombre.

Una búsqueda rápida en sus perfiles de redes sociales había confirmado que era una exitosa licenciada en comunicación que trabajaba a nivel directivo para una empresa de la lista Fortune 500.

Tenía el mundo a sus pies y todo a su favor.

En momentos como este, a Stephanie le resultaba prácticamente imposible no evaluar su propia vida en comparación.

Ahí estaba ella, sentada en su coche de precio razonable, viviendo en un piso de un dormitorio encima de una tienda de licores, soltera, con la única compañía de un gato callejero y trabajando como inspectora para la Met. Su vida social era inexistente, y su vida sexual todavía más.

Stephanie se encontraba en una parte de la carrera de ratas totalmente distinta y, de momento, no había indicios de que fuera a alcanzar a nadie.

Sintiéndose ligeramente deprimida ante tal pensamiento, y con una leve dosis de celos burbujeando en su interior, salió del coche con dificultad y se dirigió a paso lento hacia la casa de la pequeña Susie.

La vidita perfecta de la pequeña Susie.

El cielo sobre su cabeza estaba negro como el carbón, y el frío amargo e invernal le mordía los dedos y la nariz, insensibilizándola gradualmente ante el dolor de su propia vida.

Finalmente, se detuvo ante la puerta principal. Esperó y esperó. Confiando en que el valor para llamar surgiera de algún lugar de su interior.

Y entonces lo encontró.

Los golpes parecieron resonar por toda la calle y rasgar el aire inmóvil en dos. Al otro lado de la puerta, a través de una fina franja de cristal, reinaba la oscuridad. Un segundo después, se encendió una luz y una sombra emergió tras ella.

Entonces la puerta se abrió.

La pequeña Susie era mucho más guapa de lo que sugerían sus fotos de las redes sociales, incluso con la cara lavada como la llevaba ahora.

Tenía el pelo recogido en un moño y vestía un pantalón de chándal y ropa informal, pero aun así lograba tener un aspecto seductor; algo que la propia Stephanie nunca había conseguido.

Bajo la intensa luz, sus ojos eran del color de una selva tropical: profundos, oscuros y con una complejidad indescifrable.

Con solo mirarla, no resultaba sorprendente que la pequeña Susie tuviera éxito y estuviera en la posición en la que estaba.

Stephanie se aclaró la garganta.

—Hola —empezó, y luego se atragantó con las palabras—. Puede que no te acuerdes de mí, pero me llamo Stephanie Grayson. Vivíamos en la misma calle hace unos quince o veinte años. Yo, mi hermana y mis padres.

Susie vaciló y asintió.

—Me acuerdo —dijo con voz suave y delicada.

Eso era precisamente lo que ella temía.

Stephanie dijo:

—Me preguntaba si podría pasar. Hay algo de lo que tengo que hablar contigo.