Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 24
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Capítulo 24

PRIORIDAD ABSOLUTA

— E staré allí en cuanto pueda —le había dicho él.

Eso había sido hace más de dos horas y todavía no había ni rastro de él.

De Stratford a Reigate había una hora de camino.

Como mucho. Entonces, ¿dónde demonios estaba?

Quizá le había pasado algo. Quizá había tenido un accidente de coche.

Una persecución a alta velocidad. Un apuñalamiento. Una pelea. Un secuestro.

O peor aún, a lo mejor se está tirando a una testigo. A alguien de la oficina. O a alguien que ha conocido en el pub una tarde después del trabajo.

El tanque de agua de su mente empezaba a llenarse de paranoia. Y mucha.

—Tendremos que esperar a Jake —les había dicho Elizabeth a su familia.

Estaba de vuelta en Surrey Hills, en la cocina con su padre y su madre; mientras tanto, su hermana estaba en el salón con las niñas, subiendo puestos en el escalafón de «mejor hija».

—¿Dónde está? —preguntó Martha.

—No lo sé —respondió ella, sirviéndose un vaso de agua filtrada directamente del grifo. Se bebió la bebida de un trago y se lamió los labios. El líquido frío le alivió la garganta al bajar.

En cuanto posó el vaso en el escurridor, sonó el timbre.

—¡Papá! —llegaron los gritos de las niñas desde la otra habitación.

Elizabeth se dio la vuelta en el sitio y corrió hacia la puerta principal, decidida a ser ella quien la abriera. Pisándole los talones, saliendo disparada del salón, iba Maisie.

Elizabeth abrió la puerta de par en par.

—¡Papá!

El rostro de Jake se iluminó y se agachó para darle un beso a Maisie.

—Hola —dijo con esa sonrisa. Esa puta sonrisa. Esa en la que no pasaba nada y todo entre ellos se había solucionado con un beso y un perdón—. Siento haber tardado tanto. El trabajo.

Se inclinó y besó a Elizabeth en los labios.

—Vale —respondió ella, sin estar segura de si le creía o no.

—¿Qué ha pasado? ¿Es tu padre?

Ella no dijo nada, le dio la espalda y se dirigió a la cocina. Jake la siguió, con Maisie a su lado.

El ambiente en la cocina era rancio. Ahora estaban todos allí, incluida Tegan. La familia Clarke a la derecha, la familia Tanner a la izquierda.

Jake saludó a todos con la mano. Normalmente, les habría dado un abrazo o estrechado la mano, pero esta situación se sentía diferente, y la tensión en el aire era palpable.

—¿Qué...? —comenzó él—. ¿Qué está pasando?

Elizabeth tomó el control de la situación. Apoyó la mano en la isla del centro de la cocina y lo miró.

—Papá y mamá han tenido una visita hoy —empezó ella.

—Ah, ¿sí?...

—El cartero —respondió ella y cogió los sobres que había sobre la superficie—. Han encontrado esto...

Le entregó una carta y, por su reacción inmediata, quedó claro que él sabía exactamente lo que significaba.

—No habéis llamado al número, ¿verdad? —preguntó Jake, bajando la hoja de papel a su costado.

Por el rabillo del ojo de Elizabeth, al otro lado de la habitación, su madre asintió.

—No —exclamó Jake—. No, no, no. Por favor, decidme que no lo habéis hecho.

Golpeó la hoja contra la superficie y se masajeó detrás de la oreja.

—¿Cuál es el problema? —preguntó Martha, adelantándose a Elizabeth.

—¿Habéis pagado algo? ¿Os han pedido que hicierais un pago?

—Sí. La chica por teléfono ha dicho que era una pequeña cuota que estaba pendiente en la cuenta.

—Ay, Dios —Jake bajó la mano de la cabeza y se la llevó a la barbilla para masajearla—. ¿Y les habéis dado vuestros datos bancarios? ¿Todo?

—Todo.

Elizabeth dio un paso adelante. —¿Qué está pasando, Jake?

Durante un largo rato, no dijo nada. Apoyó las palmas de las manos en el borde de la isla, retrocedió unos pasos y bajó la cabeza hacia el suelo.

Mientras suspiraba pesadamente, ella pensó que parecía que estuviera a punto de empezar una carrera de cien metros lisos.

Para huir de la familia y de la situación.

—¿Jake? ¿Qué es lo que no nos estás contando?

Él mantuvo la cabeza gacha.

Cobarde .

—Nos han hackeado —respondió él.

—¿Cómo que hackeado ?

—Limpiado. Robado. Saqueado. ¿Qué otra palabra necesitas para describirlo? Quienquiera que fuera con quien hablé en esa llamada el otro día tomó nota de nuestros datos y nos lo robó todo.

—¿ Qué ?

—Me pidieron que hiciera el pago por teléfono, así que lo hice. Respondí a las preguntas de seguridad. Les di todo lo que necesitaban para poder entrar en mi banca electrónica y llevárselo todo. De la cuenta conjunta y de mi cuenta personal. Todo nuestro dinero... ha volado.

—¿Has... has ido a la policía?

—Yo soy la policía, Liz.

Se había dado cuenta de que era una pregunta estúpida inmediatamente después de decirla, pero no necesitaba que Jake se lo recalcase y se lo recordara. Especialmente cuando eso la hacía sentirse pequeña e insignificante delante de su familia.

—Has perdido todo nuestro dinero —replicó ella, dejando que su agresividad tomara el mando.

—Vamos —respondió Jake—. Eso no es justo. Fui su objetivo. He hecho una búsqueda rápida por internet y a nadie más le ha pasado esto. —Se giró hacia sus suegros—. Pero ahora van a por vosotros también.

—¿Por qué? ¿Qué motivo tendrían para ir a por ti en primer lugar?

Jake parecía pensativo, como si estuviera ideando todas las mentiras que podría soltar para evitar la pregunta. —He molestado a mucha gente poderosa y con recursos en mi carrera, sin ir más lejos a Henry Matheson. Es posible que quisiera vengarse de mí.

—¿Qué vas a hacer al respecto? —preguntó Martha, dando un paso al frente con las manos en las caderas.

—He ido a la brigada de fraudes. He ido al banco. Ninguno ha servido de mucho.

—¿Os van a devolver el dinero?

Elizabeth percibió la preocupación en la voz de su madre; era la misma que cuando había llamado a Elizabeth la otra noche para contarle lo de su padre.

—Están investigando.

—¿Y eso qué significa? —interrumpió Elizabeth.

—Significa lo mismo que cuando lo decimos nosotros: lo estamos examinando, entre la otra montaña de cosas que estamos examinando.

—En serio. ¿Eso es todo? ¿No puedo hacer yo algo? Puedo presentar una reclamación, encargarme de que hagan algo al respecto.

—Solo... confía en mí... por favor.

Ella no estaba segura de cuánto más le quedaba de eso.

Jake continuó: —Puedo manejar esto. Me aseguraré de que recuperemos nuestro dinero.

—¿Pero qué pasa con nosotros ? —preguntó Martha, señalándose el pecho y luego a Alan, que estaba apoyado en la encimera de la cocina—. Tenemos mucho más en juego que vosotros dos. Todo el dinero de los negocios de Alan está metido ahí...

—Llamadlos. Decidles que creéis que ha habido actividad sospechosa en vuestra cuenta. Podrán bloquear vuestras tarjetas casi al instante.

—¿Y si no pueden?

—Sacad el dinero de esa cuenta. Ponedlo en cualquier otra cuenta que tengáis.

Martha negó con la cabeza y volvió a mirar a Alan. —¿Por qué querrían ir a por nosotros también, Jake? ¿Por qué se llevan también todo nuestro dinero? ¿Has vuelto a cabrear a alguien?

—¿A alguien ? —preguntó Jake, adelantándose a Elizabeth.

—Sí. Ya sabes. A ellos. —Titubeó—. A cualquiera a quien hayas conseguido cabrear en el pasado.

—Esa lista es larga —respondió Jake—. Y sigue creciendo.

No es momento de alimentar tu ego , pensó Elizabeth. Había cosas más importantes por las que preocuparse.

—¿Qué efecto va a tener esto en nosotros, Jake? ¿En las niñas? No tenemos dinero para comida, bebida, gasolina. Y nuestras tarjetas de crédito. La hipoteca. Apenas podemos permitirnos nada tal como están las cosas. ¿Cómo nos las vamos a arreglar hasta final de mes?

Jake se acercó a ella y le puso las manos en los hombros. Se los apretó suavemente y dijo: —Está bien. De verdad. Lo estoy solucionando. Estoy averiguando quién es el responsable. Stephanie y yo estamos trabajando en ello.

Claro que ella y tú estáis en ello.

Seguro que te la estabas tirando hace un momento, ¿verdad? Por eso llegabas tan tarde.

Siempre estaba atenta y recelosa de la relación de Stephanie con Jake.

Él no necesariamente hablaba de ella con frecuencia, pero ella siempre sentía celos cuando lo hacía.

Pasaban mucho tiempo juntos —lo cual se debía al trabajo, lo sabía—, pero había visto la forma en que Stephanie se comportaba con su marido y no le gustaba.

No confiaba en ella... y ahora que pasaban mucho más tiempo juntos, no estaba segura de si podía confiar en su marido tampoco.

Hora de poner las cartas sobre la mesa, Elizabeth.

Pero antes de que pudiera hacerlo, el móvil de Jake sonó, rompiendo el silencio en la sala y sacando a Elizabeth de sus pensamientos.

—¿Diga? —respondió él inmediatamente—. Oh, hola, señor. ¿Cómo está? ¿Va todo bien?

Jake se movió por la cocina y se apoyó contra el lavavajillas. —Sí, lo siento por eso. He tenido algunas dificultades técnicas con mi número. Pero he conseguido solucionarlo —continuó Jake, devolviéndola al presente.

—¿Ah... Ah, de verdad, jefe? Yo... quiero decir, ¡es fantástico!

¡No sé qué decir! Bueno... sí, por supuesto.

Se lo diré ahora mismo. Brillante. Perfecto.

Gracias de nuevo, señor. ¿Y cuándo ha dicho que ocurriría?

Gracias, jefe. De verdad, muchísimas gracias.

Estoy con ellos ahora. Se pondrán contentísimos.

Jake colgó y dejó el móvil sobre la encimera de la cocina.

—¿Y...? —preguntó Elizabeth, llena de esperanza.

—Noticias fantásticas. Tu padre. —Jake se giró hacia Alan—. He hablado con el subcomisionado. Le he contado lo que estaba pasando. Él...

—¿Por qué harías eso? —espetó Elizabeth.

Jake giró la cabeza hacia ella, la miró con dureza y luego volvió a mirar a Alan.

—Le he contado lo que estaba pasando. Resulta que es muy amigo de uno de los mejores cirujanos del país que trata exclusivamente con pacientes de riñón y diabetes. Y acaba de conseguir que subas en la lista de espera.

—¿Cuánto tiempo ha dicho que tardaría? —preguntó Martha. Se acercó suavemente hacia él y acabó tocándole el brazo.

—Tienen que encontrar un donante primero, pero tienes prioridad absoluta cuando haya uno disponible. Así que no le quites ojo al teléfono. No querrás perderte tu nuevo riñón.