Capítulo 23
SIGUE EL RASTRO DEL DINERO
E l mejor lugar del mundo.
La casa de la yaya Tanner, según Maisie. Aparte de su propio hogar, por supuesto. De camino desde casa de sus padres, Elizabeth había recogido a sus hijas de la guardería y las había llevado a la tierra prometida.
La casa de la yaya Tanner era un lugar de caramelos, caprichos y un sitio donde soltar todos los cotilleos.
Y durante los últimos veinte minutos, Maisie había estado haciendo precisamente eso: contarles cómo le había ido el día.
Cómo Florence, una de sus mejores amigas, había levantado la mano para responder a una pregunta, pero la profesora, la señorita Cain, se había negado a hacerle caso.
De cómo Timothy se había hurgado la nariz y se había limpiado los mocos en la alfombra.
De cómo Eddie la había perseguido por el patio y le había puesto la zancadilla, desollándole bien la rodilla.
Todo el repertorio de cotilleos escolares y solo tenía cuatro años.
—Vas a tener las manos llenas con esa cuando crezca —dijo Denise mientras mecía suavemente a una Ellie dormida en su portabebés.
—Eso es lo que me preocupa —respondió Elizabeth, observando a Maisie bailar en medio del salón. No tenía ni una sola preocupación en el mundo. Empieza el colegio en septiembre. Parece que fue ayer cuando salía a gatas de su cuna. Y mírala ahora.
Maisie, al notar que la atención de los adultos estaba centrada en ella, terminó su baile con una elegante pirueta.
—Lo mismo le pasó a Jake. Si parece que fue la semana pasada cuando estaba gritando y llorando en medio del pasillo del supermercado.
—No te equivoques, Denise. Sigue haciendo lo mismo.
Las dos mujeres compartieron una breve risa.
La casa de Denise era mucho más pequeña que la de sus padres, mucho más modesta, pero tenía una sensación de hogar muy superior.
Elizabeth se sentía cómoda allí, y Denise siempre la hacía sentir bienvenida, como en un segundo hogar.
Se le daban de maravilla los niños y era una de las mujeres más amables y cariñosas que Elizabeth había conocido jamás.
—Nunca te lo he dicho, pero Jake tiene mucha suerte de tenerte como madre.
—Y él tiene mucha suerte de tenerte como esposa. Aunque a veces parezca que no se da cuenta.
Elizabeth bajó la mirada al suelo. —Últimamente me he sentido así a menudo.
—Lo sé —respondió Denise.
¿Cómo?
Pero entonces recordó: Jake y Denise habían hablado en el hospital la otra noche.
—Le dije, como estoy segura de que tú también has hecho, que es un chico muy testarudo.
Igual que su padre. De hecho, me atrevería a decir que es mucho peor.
Pero creo que tiene motivos para serlo. Cuando estaba creciendo, tuvo que cambiar muy rápido.
Cuidar de sus hermanos requería que hiciera las cosas a su manera o de ninguna.
Y parte de eso se les ha transmitido a ellos.
Todos se parecen un poco. Pero eso no significa que no haya amor ahí.
En todo caso, lo hace precisamente por amor.
A Elizabeth se le formó un nudo en la garganta. Se lo tragó rápidamente con un sorbo de té. —Dice que últimamente ha estado muy ocupado en el trabajo. Pero sigo sintiendo que hay un abismo entre nosotros. Algo con lo que ninguno de los dos está dispuesto a enfrentarse.
Denise le dedicó una cálida sonrisa y le puso una mano en la rodilla a Elizabeth.
—Hazme caso: te quiere. Y hará cualquier cosa por ti.
Tiene miedo de perderte a ti y a las niñas y, a su manera, cree que absorberse en el trabajo es una forma de demostrártelo.
Pero a veces hace falta una mujer fuerte que lo siente, ponga las cartas sobre la mesa y le enseñe en qué tiene que cambiar.
Elizabeth evitó la mirada de Denise. Allí estaban criticando a Jake cuando ella también era parte del problema. Habían aprendido a vivir juntos hacía ya mucho tiempo, a compaginar su relación y el trabajo de Jake, así que por qué se estaba convirtiendo en un problema justo ahora...
Su teléfono empezó a sonar, vibrando contra su pierna.
Mamá móvil . Lo ignoró.
Tras devolver el teléfono al bolso, centró su atención en Maisie, que ahora estaba tumbada en la alfombra, agitando las piernas en el aire, entretenida con un libro de colorear.
Su teléfono volvió a sonar. Esta vez dejó que saltara el buzón de voz.
Se disculpó con Denise.
Y entonces sonó por tercera vez.
—¿Qué pasa? —gritó al auricular.
—Necesito que vengas rápido.
—¿Por qué?
—Por favor, Elizabeth.
—¿Está todo bien? —Ahora empezaba a preocuparse. Su madre solo usaba su nombre completo cuando algo iba mal—. ¿Es papá? ¿Está bien?
—Solo... Por favor... ven rápido. Y trae a Jake.
El pesado estruendo del metal al encajarse sobresaltó a Jake.
Estaba dentro de una pequeña sala de interrogatorios, rodeado por cuatro paredes sin ventanas y con una sola bombilla colgando del techo.
Estaba de frente a la puerta y estiró el cuello para mirarla.
Un segundo después, la puerta se abrió y entró Liam Greene, el antiguo jefe de Jake.
Liam entró arrastrando los pies, con sus zapatillas rozando el suelo.
Detrás de él venía un guardia de prisiones, con su uniforme completo con corbata y charreteras.
El rostro de Liam se iluminó al acercarse a Jake.
Abrió los brazos de par en par, revelando una serie de marcas rojas y abrasiones en la piel.
—Cuando dijeron que tenía una visita especial, no te esperaba a ti —dijo Liam con sorna. Su voz sonaba más profunda de lo que Jake recordaba, más rasposa.
—¿Esperabas a Kim Kardashian?
—Venga, Jake, ya sabes que no tengo ni puta idea de quién es esa.
—Yo tampoco, pero Elizabeth está obsesionada con ella.
Liam sacó la silla de debajo de la mesa y se sentó. —¿Están bien los niños?
—Tan bien como pueden estarlo unos niños —respondió.
—Me alegra oírlo. Ahora dime, ¿qué haces aquí?
Jake perdió el hilo de sus pensamientos mientras miraba a Liam a los ojos.
Pensó en todos los momentos que habían compartido: las horas pasadas en el pub después de un largo turno, las bromas con el resto del equipo mientras trabajaban en un caso.
Y luego su mente divagó hacia todo lo demás que había sucedido entre ellos.
Con Drew Richmond. Con Pete Garrison. Danny Cipriano.
Michael Cipriano. El Granjero. La muerte, las mentiras, la traición.
Al final de todo, él había sido el único en sobrevivir, en salir ileso.
—Necesito tu ayuda.
Liam puso los ojos en blanco. —Nada ha cambiado desde la última vez, por lo que veo. Ya empezaba a pensar que querías ver cómo me iba.
—¿Y cómo te va?
Liam se encogió de hombros. —Bien.
—Me alegro de que hayamos despachado eso. Si no, nos habría llevado todo el día.
—Qué gracioso, capullo.
—¿El cáncer?
—Sigue sin aparecer. Sigo teniendo que pasarme el resto de mi vida aquí en lugar de conseguir un sitio ahí arriba antes de lo previsto.
—¿Qué te hace pensar que mereces un sitio ahí arriba? El único lugar para ti es abajo. Muy abajo.
—Gracias por el detalle. Y bien, ¿qué quieres de mí?
—Necesito tu ayuda, ya te lo he dicho.
—Ya lo sé. No soy jodidamente idiota. ¿En qué necesitas mi ayuda exactamente ?
Jake lo consideró por un momento. Desde la última vez que se habían visto, hacía solo unos meses y en circunstancias similares cuando Liam había ayudado a Jake a capturar a Henry Matheson, la semilla de una pregunta había empezado a germinar en su mente.
Quería planteársela antes de pasar a la verdadera razón de su visita.
—¿Por qué? —preguntó.
—Voy a necesitar algo más que eso, Jake. ¿Por qué qué ?
—¿Por qué me protegiste durante tanto tiempo cuando trabajábamos juntos? En cuanto desapareciste, empezaron los paquetes. Y antes de eso, tuviste la oportunidad perfecta para deshacerte de mí junto con todos los demás. Es lo único que nunca he sido capaz de entender.
—¿Has venido hasta aquí buscando respuestas para cerrar el capítulo? —replicó Liam, aunque lo dijo más como una afirmación que como una pregunta—. Podría haberte ahorrado el viaje y haberlo dicho por teléfono.
—Limítate a responder a la pregunta —espetó Jake—. ¿Por qué me protegiste de La Cábala?
Otra sonrisa burlona asomó al rostro de Liam. —Ah, ahí está: el acto fallido. La verdadera razón por la que has venido. Quieres hablar de La Cábala.
Liam vaciló. Jake se mantuvo serio y no reveló nada con su expresión facial.
—Vuelve a por ti, ¿verdad? Pero ahora que Henry está fuera de combate, no pueden ser los paquetes... no pueden ser las drogas ni el dinero. Así que es otra cosa, ¿no? Viene a por ti de una forma distinta, ¿verdad?
—Responde a mi pregunta y yo responderé a la tuya —replicó Jake.
Liam volvió a vacilar, se enderezó en la silla y se aclaró la garganta antes de empezar. —¿Sabes cómo terminé aquí?
—¿Sí? Yo...
—No tu versión. La mía . ¿Sabes cómo empecé en todo esto?
Jake guardó silencio. Al no obtener respuesta, Liam lo tomó como una invitación para continuar.
—Te hablé de mi mujer, ¿verdad? Era una mujer preciosa. Guapísima. Ella me dio el mundo, y yo intenté darle el mío. Murió cuando solo éramos jóvenes. Treinta y un años. Cáncer. Lo mismo de lo que yo me libré se la llevó a ella. Me la arrancó de cuajo, joder.
»Tras su muerte, no me quedó nada salvo el trabajo, así que me pasaba todo el tiempo trabajando, intentando olvidar, intentando sanar el dolor. Pero sabía que no había arreglo, ni una solución rápida y fácil. Y ahí fue cuando empezaron la bebida y las drogas.
»Se convirtió en mi todo. Nunca me alisté en el cuerpo con la intención de convertirme en un poli corrupto.
Puede que te sorprenda, pero cuando entré estaba lleno de ganas y de deseo por superar las expectativas que yo mismo me había fijado.
Quería ser el mejor agente posible. Joder, hasta quería ser el mejor de toda la fuerza policial.
Pero después de que muriera Molly... eso se fue a la mierda, y rápidamente me di cuenta de que mi sueño no existía.
No tenía nada más por lo que vivir. Necesitaba las drogas para ser feliz, y necesitaba el dinero para pagar las drogas.
Así fue como me vinculé a The Crimsons. Los ayudé en su primer golpe en Newcastle, y los ayudé en el resto.
Cuando se trató de Guildford, fui yo quien metió a Bridger. Ya conoces lo demás.
La boca de Liam parecía haberse quedado seca mientras tragaba con dificultad, con la nuez subiendo y bajando por su garganta como un yoyó. Durante un rato, Jake se quedó quieto y absorbió todo lo que Liam acababa de contarle, repasándolo mentalmente.
—Eso no ha respondido a mi pregunta. Cuando trabajábamos en el equipo, tuviste todas las oportunidades del mundo para deshacerte de mí —dijo Jake.
—Y tú tuviste sobradas oportunidades para deshacerte de mí antes de lo que lo hiciste.
¿Y sabes por qué no lo hiciste? Creo que fue porque aún tenías la esperanza de que quedara algo bueno en mí.
De la misma forma que yo vi que había bondad en ti, una cantidad sin precedentes.
Cada vez que alguien me encargaba matarte o echarte del equipo, no podía hacerlo.
Veía demasiado de mí mismo en ti: ese ímpetu, esa determinación por triunfar y por ser el mejor.
Tal como yo la tuve. Pero la única diferencia era...
que tú tenías todo lo demás a tu favor. La familia.
La esposa. La carrera. Realmente tenías una oportunidad de alcanzar tu potencial.
—¿Así que decidiste dejarme vivir?
—Estoy empezando a desear no haberlo hecho, si vas a ser tan desagradecido al respecto.
No todos los días le decían a Jake que había gente que lo quería muerto —y mucho menos sentado frente a una de esas mismas personas—, pero resultaba muy abrumador escucharlo.
—Supongo que... no sé muy bien qué decir.
—Puedes decirme qué quiere La Cábala de ti ahora.
Jake metió la mano en el bolsillo y sacó las cartas de British Gas. A su llegada, los funcionarios de prisiones habían exigido que se hicieran fotocopias, por si Jake las había impregnado subrepticiamente de droga. Jake las extendió sobre la mesa, boca arriba, y se recostó en la silla.
—Las recibí el otro día —empezó—. Llamé al número de atención al cliente, pagué una pequeña cuota, entregué mis datos financieros. Y ahora todo ha desaparecido. Pensé que tú podrías saber algo al respecto.
Liam frunció los labios mientras leía las cartas. —Creo que ambos sabemos quién es.
—¿Puedes darme un nombre?
Liam negó con la cabeza. —La respuesta sigue siendo no, Jake. Eso es lo último que voy a hacer.
—¿Después del discurso que acabas de soltarme?
—Exacto.
—¿Por qué? ¿Por qué no quieres ayudarme?
—Sigues sin entenderlo. Después de todo este tiempo, pensaba que habrías aprendido algo de esto.
¿Cuántas veces te han advertido? Hay gente como yo que tiene demasiada información.
Siempre que esa gente abre la boca, mira lo que les pasa: mueren.
Yo fui el encargado de asegurarme de que fuera así.
Tú lo viste de primera mano. Pero ahora que estoy aquí, no quiero que pienses que eso significa que nadie ocupa mi lugar, porque créeme que te equivocarías.
Siempre habrá alguien para reemplazar a otro en este negocio.
Me están vigilando constantemente todos y cada uno de los que están aquí dentro, incluidos los guardias. Todos informan a La Cábala. Todos.
—¿Entonces qué te incentiva a guardar silencio?
—No me va mal aquí dentro. Me cuidan bien, considerando que soy un expoli. La gente aquí tiene cierta predisposición hacia los agentes de policía, como podrás comprender. Pero recibo el respeto que merezco, y lo seguiré recibiendo mientras mantenga la boca cerrada.
—¿Así que no vas a decirme nada?
Liam negó con la cabeza y deslizó el pedazo de papel por la mesa.
—Lo único que voy a decirte es que, si quieres atraparlo, sigas el rastro del dinero. Ha dejado una pista en alguna parte; todo lo que tienes que hacer es averiguar a dónde ha ido a parar. Y, seré sincero, no te va a gustar el lugar al que te lleve.