Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 22
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Capítulo 22

LOS ARCOS DORADOS

A Henry le rugieron las tripas con un sonido profundo.

Llevaba ya meses en prisión. Y se había acostumbrado a muchas cosas, cosas que podía tolerar.

Las paredes grises y sin vida, los constantes gritos y alaridos fuera de su celda por la noche y a todas horas del día, la cama rígida e incómoda, la almohada fina como el papel que empezaba a causarle dolores de cabeza.

Incluso el váter en la esquina de la celda era un accesorio sorprendentemente práctico; y como no tenía vergüenza, no le suponía un problema soltar lastre en compañía de otro hombre.

Pero lo que no podía tolerar, por encima de todo, era la comida.

Era tan insípida y carente de vida como las paredes, y hacía unos meses se había propuesto intentar introducir algo decadente y vicioso —McDonald’s, Nando’s, Burger King, KFC—, algo que le recordara al mundo exterior y lo que se sentía al volver a ser humano.

Pero la logística del contrabando de comida implicaba que ya no podría traer spice y otras drogas ni mercadear con su moneda favorita: los favores.

Así que, al final, la cosa había estado entre la droga y la comida.

Y si consumías una, no necesitabas la otra, lo que hacía que la decisión fuera mucho más fácil.

En el exterior, viviendo de los frutos de su imperio, Henry había sabido lo que era experimentar el lujo, deleitarse con las cosas buenas de la vida.

Las comidas con estrella Michelin con las que solo soñaba de niño.

Las botellas de vino y champán de mil libras en algunos de los clubes más exclusivos del país.

En los últimos años había probado algunos de los mejores manjares de los mejores chefs, donde, mientras pagaras la cuenta, a nadie le importaba de dónde venía el dinero.

Por primera vez en su vida, había sabido qué se sentía al estar en la cima de la sociedad, al ser el Bruce Wayne del East London.

Multimillonario de día, vigilante de noche.

Pero a pesar de todo esto, a pesar de todo el vino, el chuletón, el caviar, las colas de langosta y el buey Wagyu, lo que realmente ansiaba ahora era un gran banquete de los Arcos Dorados. Con su ración de patatas fritas, nuggets de pollo y una Coca-Cola gigante.

A veces, los mejores placeres de la vida eran los más sencillos.

El estómago le gruñó de nuevo.

—¿Tienes hambre? —preguntó Brian desde la litera de abajo.

—Siempre tengo hambre, Bri. Es la razón por la que estoy aquí.

—¿Te rendiste a la avaricia?

—Claro —dijo él, aunque no tenía ni idea de lo que significaba la palabra.

—Ha sido la perdición de muchos hombres antes que tú, y será la perdición de muchos después.

Henry se dio la vuelta y asomó la cabeza por el lado de la cama. —¿Has estado leyendo filosofía en tu tiempo libre?

Brian lo miró con sus ojos débiles y vacíos. La vida se había esfumado de ellos, como si su cerebro en deterioro la hubiera succionado de la superficie.

—Me ayuda a recordar cosas —dijo—. Los libros son maravillosos para eso. Te transportan a lugares en los que nunca has estado, te permiten conocer a gente que nunca has visto.

Henry asintió y se tomó el mantra con escepticismo; desde que Brian era su compañero de celda, Henry no le había visto ni una sola vez con un libro en la mano.

Una figura apareció en el marco de la puerta, eclipsando la luz.

Owen Carlson estaba sin aliento, apoyado en la puerta para sostenerse.

Se había desvestido y ahora llevaba una camiseta, con el jersey anudado a la cintura.

Una gota de sudor le colgaba de la barbilla, amenazando con armarse de valor y saltar.

—He vuelto —dijo.

—De aquí no se sale nunca. No hasta que cumplas tu condena o hasta que te saquen en una bolsa para cadáveres —respondió Henry—. ¿Qué quieres?

—La segunda tarea.

—¿Ya has hecho la primera? ¿Tan pronto?

Owen asintió fervientemente, con los ojos radiantes.

Henry admiró el valor del hombre al mentirle, pero esperaba que la valentía de Owen fuera lo bastante resistente para sobrevivir unos días más.

Poco después de enviarlo a su misión, Brian le había informado a Henry.

Brian había visto a Owen desaparecer en su habitación, caminar de un lado a otro un rato y luego tirar la droga por el váter.

Eso había sido hace más de una hora, así que, según los cálculos de todos, Owen debería haber estado en medio de su viaje, disfrutando y no pensando en la segunda tarea.

Valentía: uno; inteligencia: cero.

—¿Qué tal ha ido?

—Jodidamente increíble.

—¿Ah, sí?

—Lo mejor de mi vida.

Henry hizo una mueca. En la historia del spice, nadie se había referido a ello jamás como «lo mejor de su vida».

Era una huida de la realidad, un aplazamiento de la existencia de un plano físico al siguiente.

Por un breve momento, todo en el mundo parecía tranquilo, sereno, en paz.

Todo lo contrario a «lo mejor de su vida».

—Me alegra oírlo.

—¿Qué es? ¿Cuál es mi siguiente tarea?

Henry saltó de la cama y cogió A Clockwork Orange . Se acercó a Owen con paso tranquilo, estudiando la reacción del hombre. Su rostro estaba nervioso y su cuerpo se estremecía por los efectos de algo, pero no era el spice que le habían dado.

Haciendo un gesto con los dedos, Henry instó a Owen a acercarse. Cuando el hombre estuvo a un suspiro de distancia, Henry abrió la parte trasera del libro. Allí, encajado en el lomo, estaba su pincho.

—¿Ves esto? Esta es tu segunda tarea.

Owen gruñó al verlo, con la mirada fija. Henry habría pagado mucho dinero por saber qué pasaba por su mente en ese momento; tanto que, de hecho, habría renunciado a los Arcos Dorados por el resto de su vida.

—Mañana por la mañana —continuó Henry—, cuando todo el mundo vaya a ducharse, quiero que lo uses con alguien.

Owen intentó coger el arma. Henry cerró el libro de golpe y lo estampó contra la mandíbula de Owen.

Las ondas de choque vibraron a través de las páginas y le subieron por el brazo mientras la boca del hombre rebotaba por el impacto.

Aquella edición de tapa dura era aún más especial de lo que pensaba, en tanto que golpeaba de otra manera.

—No vuelvas a tocar mis cosas en la puta vida, ¿entendido?

—gruñó Henry, agarrando a Owen por la nuca—.

Ahora, quiero que te fabriques el tuyo. Y cuando lo hayas hecho, quiero que busques a tu propio objetivo.

No me importa quién. Podría ser alguien con quien tengas cuentas pendientes, podría ser tu compañero de celda.

Mientras encuentres a alguien a quien herir, y le hieras bien, habrás pasado tu segunda tarea. ¿Entiendes?

Limpiándose la sangre de la boca, Owen asintió; sus ojos le dieron a Henry la respuesta que quería sin que él mismo se diera cuenta.