Capítulo 20
NEGLIGENCIA
— V enga, papá —dijo Elizabeth—. El último escalón. Ya casi estamos.
Su padre le soltó el brazo de un tirón y la apartó de un empujón. —No soy un inválido, Liz. Puedo cuidarme solo.
Alan Clarke era un hombre muy orgulloso.
Banquero de inversión durante toda su vida, se había labrado su camino desde lo más bajo.
Empezó en el parquet de la bolsa hasta llegar a ser dueño de su propia empresa privada, a la que siguió la cartera de clientes que le había acompañado desde el principio.
Sus relaciones con ellos se basaban en la confianza.
Ellos confiaban en él para invertir sus millones, y él confiaba en ellos para que le pagaran la comisión y se mantuvieran al día con los pagos de la hipoteca.
Ahora, cumplidos los cincuenta y en una situación lo bastante cómoda, había vendido la empresa y se había jubilado.
Desde entonces, pasaba las horas coleccionando y montando maquetas de trenes.
Imperio empresarial aparte, Alan Clarke estaba orgulloso de sus hijas.
Eran su vida, y siempre había intentado darles todo lo que pedían.
Pero cuando se trataba de dinero, ahí es donde Alan marcaba el límite.
Si las colmaba de dinero y las malcriaba, no tendrían habilidades para la vida ni percepción del valor de las cosas.
Era una de las cosas que Elizabeth más respetaba de él.
—Nadie te está llamando inválido, papá —replicó Tegan, la hermana de Elizabeth. Estaba al otro lado de Alan, sujetándole el brazo.
Soltando a su padre, vio cómo entraba en la casa y se quitaba los zapatos.
—¿Dónde está tu madre? —preguntó él.
—En el coche. La acabas de ver. No te estarás volviendo senil además de todo lo demás, ¿verdad?
—Vete a la mierda —respondió Alan.
Tegan condujo a su padre por el pasillo de su nueva mansión en las colinas de Surrey, a pocos kilómetros al sur de Croydon, y hasta la cocina al fondo del corredor. Mientras tanto, Elizabeth se quedó rezagada y recogió la pila de correo que yacía a la entrada de la casa.
—¿Es todo? —preguntó su madre, justo detrás de ella.
—Creo que sí.
—En la oficina de correos no dejan de mezclar lo nuestro con lo de los vecinos. Son unos inútiles, de verdad. ¿Qué dificultad tiene hacer coincidir los números de la puerta con el sobre? Todos necesitan que los vuelvan a educar, si me preguntas a mí.
Elizabeth no le había preguntado, así que ignoró a su madre y centró su atención en las cartas, buscando su nombre.
Como solía hacer después del colegio. Por aquel entonces le resultaba emocionante ver su nombre en el correo: una tarjeta de cumpleaños o de Navidad, o quizá una carta de su amiga por correspondencia de Francia.
En aquel entonces sentía cierto prestigio al recibir correo a su nombre.
La hacía sentir especial. Sin embargo, una vez convertida en adulta, hastiada y cargada con el peso de la realidad, pronto aprendió que no tenía ningún glamur.
Facturas, facturas, facturas... y más facturas.
Algo de lo que empezaba a darse cuenta era que estaba teniendo un efecto adverso en su matrimonio.
Cuando pronunció sus votos hace tantos años, nunca previó que algo tan insignificante como una factura de gas pudiera dividirlos tanto.
Echaba de menos a Jake, echaba de menos hablar con él, oír cómo le había ido el día.
El silencio en la casa había sido insoportable, pero también le había dado tiempo para reflexionar y darse cuenta de que se había equivocado al acusarle de volver a jugar.
La acusación era infundada e injusta, y por tanto, una traición a la confianza que tenía en él.
¡Maldita sea, Jake Tanner! ¿Por qué te empeñas en causarme tanto estrés?
—Venga —dijo Martha, dándole un toquecito en la espalda con una bolsa de la compra de plástico—. Tengo que dejar esto en algún sitio.
Elizabeth se hizo a un lado para permitir que su madre dejara las bolsas en el suelo. Una vez hubo terminado, Martha cerró la puerta tras ella, se sacudió las manos y cogió los sobres que Elizabeth tenía en la mano.
—Oh, qué alegría —dijo, hojeando las cartas—. Más cosas de las que preocuparse.
—Seguro que no son tan importantes —respondió Elizabeth—. Pueden esperar.
—¿Llegó Jake a arreglar aquel problema de electricidad que teníais?
—Del gas, mamá. Era el gas. Pero sí, lo hizo —respondió con seguridad—. Al parecer, no fue más que un error.
Elizabeth se agachó para recoger las bolsas del suelo. Mientras agarraba una de ellas, Martha dijo: —Me alegro por él —con su habitual tono sardónico.
—Mamá, para ya —espetó Elizabeth. Odiaba que su madre dijera eso.
Me alegro por él, que vuelva pronto a casa y pase tiempo contigo y las niñas como debería hacer un padre.
Me alegro por él, que saque a las niñas al parque, como un padre normal.
Me alegro por él, que ayude con la limpieza.
Me alegro por él. Me alegro por él. Me alegro por él.
Esas palabras tenían el poder de indignarla.
La enemistad de su marido y su madre había comenzado la noche en que se conocieron: cenando en casa de los padres de Elizabeth, dando cuenta de un asado casero; Martha indagando en la vida de Jake, Jake haciendo todo lo posible por responder a las preguntas.
Pero luego pasaron al tema de la política, y ambos chocaron con el punto de vista inamovible del otro.
A Jake no le gustaba la política, ni tampoco los políticos.
Martha, que era política en el departamento de vivienda, lógicamente, había tenido dificultades para aceptarlo.
Ninguno de los dos se equivocaba, pero fue una noche que ella nunca olvidaría.
—Ha estado ocupado —dijo, continuando con su defensa—. Pero lo solucionó rápido.
—Nunca debería haber dejado que llegara a ese punto en primer lugar. Una vez que tienes una mancha en tu expediente en estas cosas, es increíblemente difícil quitársela.
Como llevas intentando demostrar toda la vida.
—Nunca vas a darle tu aprobación, ¿verdad?
—No es eso, querida. Es solo que hay cosas que hace con las que no estoy de acuerdo. En algunos aspectos me recuerda a tu padre, sobre todo en lo que respecta a ti y a las niñas. En cambio, en otros...
—Es increíble con las niñas —interrumpió Elizabeth—. Siempre saca tiempo para nosotras. Siempre nos pone por delante.
Martha se acercó y le puso la mano en el hombro. —Venga, Liz —dijo con voz suave—. Creo que llevas mucho tiempo contándote esa mentira, ¿no es así? Dices que siempre saca tiempo para vosotras, pero ¿cuándo? ¿Cuándo lo ves? No te valora tanto como debería.
—Tiene que trabajar. Sabes cuánto le exige su puesto.
—Sí. Y estoy orgullosa de él por eso, pero no justifica que pase allí tanto tiempo como pasa.
—Soy feliz —mintió ella, reprimiendo aún más los sentimientos que llevaba tiempo enterrando—. Incluso le ofreció su riñón a papá. No haría eso si no le importara.
—Sí, pero un acto desinteresado no compensa mucho tiempo de negligencia.
Elizabeth se quedó boquiabierta por la sorpresa. —¿Negligencia? ¿De qué estás hablando con lo de negligencia ?
Martha abrió la boca para hablar, pero Elizabeth la cortó.
—No quiero oírlo. —Le empujó las cartas y la bolsa contra el pecho a su madre—. Toma: puedes quedarte con tu correo y las medicinas de papá...
—¿Adónde vas?
Elizabeth se calzó, agarró su bolso del suelo y se lo colgó al hombro. —Voy a recoger a las niñas. Puede que incluso pase algo más de tiempo con Denise. Ella tiene cosas más bonitas que decir de su hijo.