Capítulo 18
UNA CONDICIÓN
—Jake, ¿qué haces aquí? He intentado localizar a...
—Necesito hablar contigo —dijo él, cerrando la puerta tras de sí con suavidad.
Stephanie dejó lo que estaba haciendo y puso la hoja de papel sobre el escritorio.
—«Hola, Steph, ¿cómo estás? No te he visto en toda la mañana. Me he perdido una reunión importante con Darryl, pero no pasa nada, ya estoy aquí y necesito que dejes todo lo que estés haciendo para que podamos charlar» —dijo ella, burlándose de él.
La culpa se le anudó en el estómago como un lazo perfecto, un regalo muy merecido por su comportamiento egoísta e ignorante.
—Lo siento —empezó con sinceridad. Sabía que ella tenía buen ojo para juzgar el carácter y que lo calaría al instante si se ponía sarcástico—. Siento no haber estado disponible esta mañana; he estado ocupado con unas cosas. Problemas con el móvil, pero ya está todo solucionado. ¿Cómo estás?
—Todo gira en torno a ti, ¿verdad?
—¿Mañana estresante? —preguntó Jake, echando un vistazo a la sala.
—Sí, porque me ha tocado hacer todo esto yo solita, joder. Y sin ninguna ayuda por tu parte, precisamente.
«Esto» se refería a la ingente cantidad de formularios MG23 que debían presentar ante la Fiscalía.
La Operación Cardinal, la investigación sobre Henry Matheson y su banda, los E11, había sido una de las mayores de su clase: se le habían dedicado varios miles de horas, tanto por parte del equipo de la CID de Stratford como por otros agentes de fuera que habían sido destinados allí para ayudar.
El resultado final estaba en medio de la mesa: cuatro archivadores de anillas de quince centímetros de grosor que reventaban por las costuras.
—¿Es todo lo que tenemos? —preguntó él.
—Deberías saberlo, joder. Eres tú quien se encarga de asegurar que no falte nada.
Jake le dedicó una sonrisa pícara, de esas de las que había echado mano a menudo en el pasado para escabullirse de situaciones complicadas. —Oh, ¿es eso lo que se supone que tengo que estar haciendo?
Ella entrecerró los ojos y frunció el ceño. —No me toques las narices hoy, Jake.
—Llevas tres tacos en una sola conversación. La cosa debe de estar mal.
Los dos habían trabajado codo con codo, confinados entre las mismas cuatro paredes durante meses y, como resultado, habían aprendido a leerse bastante bien.
Habían reído, compartido confidencias, gritado y vuelto a hacer las paces.
En resumen, habían experimentado todas las dificultades emocionales de una relación de pareja, sin haber tenido nunca ninguna conexión física.
Así que Jake sabía cuándo ella estaba teniendo un mal día. Y hoy era uno de los peores.
—Estoy bien.
Traducción: definitivamente no estaba bien.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Jake, esperando que su sonrisa pícara funcionara. No fue así.
—Nada.
—¿Quieres hablar de ello?
—Obviamente, no.
—Bueno, ya sabes dónde estoy.
Ella resopló. —Qué bueno. Nadie sabía dónde estabas esta mañana. He intentado llamarte varias veces pero lo único que salía era el contestador.
Eso le recordó a Jake que debía pasarse por la tienda de móviles más pronto que tarde.
—De eso quería hablarte —respondió él, sacando una silla y sentándose frente a ella.
—¿Por qué tengo la impresión de que esto no me va a gustar?
Jake volvió a intentar sonreír. Seguía sin funcionar. Dos intentos fallidos de dos.
—¿Cuánta confianza tienes en el trabajo que hemos hecho aquí?
Stephanie arqueó las cejas. —Depende de lo que entiendas por confianza. ¿Estoy satisfecha con que el trabajo que hemos realizado esté a la altura? Sí. ¿Estoy satisfecha con que...?
—¿Crees que hemos hecho lo suficiente? ¿Es necesario todo esto? Si tuvieras que ponerle un porcentaje...?
—No me gusta por dónde vas.
A mí tampoco, pero tengo que hacerlo.
—Necesito que hagamos una cosilla aparte. Un poco de trabajo de campo sobre un tema nuevo que ha surgido. —Jake usó la reacción de Stephanie como indicador; no hubo ninguna, así que lo tomó como una buena señal—. Tenemos que investigar un fraude.
—Eso está completamente fuera de nuestra...
—Competencia, lo sé —interrumpió él—, pero es parte de mi competencia —como padre y como marido— investigarlo.
Y entonces ella comprendió de qué estaba hablando.
—¿Vamos a investigar un fraude cometido contra ti?
Jake asintió.
—¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Por qué?
Él respondió a todas esas preguntas en el orden en que ella las había formulado.
—Cielo santo, Jake. Quiero decir... ni siquiera sabría por dónde empezar con algo así. ¿No puede ayudar la brigada de delitos económicos? ¿O el banco siquiera?
Jake negó con la cabeza. —No. No lo bastante rápido.
—Desearía... desearía saber qué sugerir.
Jake se inclinó más hacia la mesa. —Tienes contactos, ¿verdad? Algunos de tus antiguos amigos en la IPCC. Deben tener experiencia en esto. Podrán ayudar.
—No es tan fácil...
La estaba perdiendo, y si no sacaba un as de la manga, sabía que la perdería definitivamente.
Ella era su última esperanza para una solución rápida.
¿Qué clase de padre sería si esperaba y dejaba que otros lo sacaran de su apuro cuando tenía los recursos y las habilidades disponibles para hacerlo él mismo?
En un último intento desesperado, recurrió a algo que esperaba no tener que usar jamás: la súplica.
—Por favor, Steph. Sabes que no te lo pediría si no estuviera desesperado.
Se lo han llevado todo: de mi cuenta y también de la cuenta conjunta.
No queda nada en ninguna. Me da tanto miedo lo que pueda pasar que ni siquiera se lo he contado todavía a Elizabeth.
He estado evitando sus llamadas, y he descubierto que no puedo ofrecerle mi riñón a su padre.
Aunque fuera posible comprarle uno, no podría.
Realmente no hay nada que pueda hacer. Pero quiero atrapar a los responsables.
Quiero llegar a ellos antes de que lleguen a otra persona.
—Juntos podemos hacerlo, y seguir al tanto de todo lo relacionado con el caso Matheson.
Te lo prometo. No podemos permitir que eso se descuide, soy consciente de ello.
Y no pasará. Me encargaré de que así sea.
Seguiré trabajando en casa. Haré horas extra, sin cobrar.
Haré cualquier cosa para que funcione. Pero te necesito, Stephanie.
Necesito tu ayuda para lograrlo. Como hicimos con Liam. Así que... ¿qué me dices?
Stephanie vaciló antes de responder. Se balanceó de un lado a otro, cambiando el peso de un pie al otro. Sus ojos lo recorrieron de arriba abajo como un portero a la entrada de una discoteca.
—¿Lo sabe Darryl?
—No. Y me gustaría que siguiera siendo así.
—¿Por qué?
—Tengo mis motivos.
—No voy a ayudarte hasta que me los digas.
—No te los diré hasta que me digas qué te pasa.
Stephanie guardó silencio rápidamente. Touché. Punto, juego y set.
—Te odio a muerte, Jake Tanner.
—¿Estás dentro?
—Estoy dentro. Pero con una condición.
—La que sea. Siempre que no tenga que decirte mis razones para no querer involucrar a Darryl.
Por primera vez, iban a tener que trabajar a ciegas el uno con el otro.