Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 15
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Capítulo 15

NUBES DE GOLOSINA

H enry apenas recordaba la última vez que había terminado un libro.

¿Hace diez, veinte años? No había tocado ninguno desde los quince, de eso estaba seguro; y aquella vez solo fue para dárselo a otro y que usara la tapa como boquilla para un porro que se estaba liando.

Los estudios siempre se le habían atragantado.

Las matemáticas, la lengua, las ciencias —esas que siempre te enseñaban que necesitabas para triunfar en la vida— estaban fuera de su alcance.

Igual que la historia, la geografía y la religión.

Él era una prueba fehaciente de los fallos del sistema educativo inglés y, a menudo, se preguntaba qué vida habría llevado de haberse esforzado más, qué peldaño de la escalera corporativa estaría intentando trepar en ese momento.

La cárcel le hace eso a un hombre: le da mucho tiempo para pensar.

Muchísimo. Y si al cerebro no se le estimula de la forma adecuada, puede descender por un camino muy oscuro.

Por suerte para Henry, era lo bastante listo para aplicarse en sus cosas. Tenía su negocio y tenía sus libros. Los dos pilares fundamentales que garantizaban la supervivencia de su cordura mientras estaba en prisión.

Anthony Burgess acababa de ofrecer un fragmento de nadsat bellamente escrito mientras Alex y sus drugos se preparaban para un poco más de ultraviolencia cuando su compañero de celda entró por la puerta: débil y distraído, como de costumbre, arrastrando los pies por la habitación y mirando al vacío como hacía casi todo el día.

—¿Qué pasa, Brian? —Henry dobló la esquina de la página para marcarla y dejó el libro en la cama, junto a su pierna.

—¿Eh?

—Que qué cuentas.

El hombre se encogió de hombros. —No mucho.

Ninguna sorpresa. Henry recordaba el día en que Brian cruzó la puerta por primera vez.

Era el sustituto de Calvin Kershaw. Aquel cabroncete se había enganchado al alijo secreto de spice de Henry y, durante un mal viaje, empezó a cortarse con una cuchilla de afeitar.

Sangre y porquería por todas partes. Henry tuvo que ducharse y lavarse tres veces y suplicar que le hicieran la prueba del sida.

(Al final, los guardias cedieron y los resultados fueron negativos).

Al principio, Brian había parecido amable, cordial, con la habitual pizca de recelo.

Pero cuando llegó el momento de averiguar por qué estaba cumpliendo condena, le costó dar una respuesta definitiva.

Fraude, dijo. Responsable de malversar millones en cuentas offshore para gente rica.

Y Brian tenía ese aire, el pelo blanco, el rostro bien cuidado, esa apariencia de clase alta de mediana edad que a Henry le recordaba a Rupert Haversham, su antiguo abogado.

Pero Henry se jactaba de tener buen ojo para la gente, y no le creyó ni por un segundo.

Por supuesto, había multitud de delitos que alguien de la edad de Brian podría haber cometido: conducir bajo los efectos del alcohol, homicidio involuntario, robo, alteración del orden público.

Pero solo había uno que los hombres de Henry habían descubierto.

Lo peor era el hecho de que alguien de la segunda planta lo había reconocido como el madero que lo había arrestado.

Así que el hombre era un pederasta y un policía; era un milagro —y una condena al sistema de justicia penal— que Brian hubiera acabado con el resto de la población reclusa y no en algún tipo de sección especial para los más vulnerables y menos populares.

Henry sintió entonces el deber de proteger al hombre. No porque le cayera bien o estuviera de acuerdo con lo que había hecho. Todo lo contrario, de hecho. Porque, en su estrecha celda, Henry podía hacerle la vida mucho más difícil a Brian que cualquier otro preso.

—¿Quién ha venido a verte hoy, Bri?

Brian estaba en mitad de la tarea de poner el hervidor. Estaba de espaldas a Henry y daba golpecitos con los pies mientras esperaba, mirando fijamente una grieta en la pared.

—¿Bri?

—¿Qué?

—¿Quién ha venido a verte hoy?

—Mi hija.

—Qué bien.

—Sí. Dios la bendiga, tiene buen corazón, pero todos esos hombres la descarrían con mucha facilidad. Está intentando sacarme de aquí, ¿sabes?

Era la primera vez que Henry oía algo así, lo cual era un cambio agradable después de escuchar las mismas historias una y otra vez.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo piensa hacerlo?

El hervidor terminó de hervir. Brian le dio la espalda, apoyándose en la litera. Mantuvo la voz baja, casi un susurro. —Es policía. Y de las buenas, además. Estoy muy orgulloso de ella. Pero más le vale no dejar que ningún novio se interponga en su carrera. Si no, me pondré furioso.

Henry se tomó un momento para asimilar aquello.

Su hija era policía y estaba trabajando para sacarlo de la cárcel.

Tanto si era un sueño irreal en el que Brian creía de verdad como si era la verdad, a Henry no le importaba.

Aquello le abría muchas posibilidades. La hija de Brian sería otra persona de la que podría aprovecharse.

Se volvió hacia Brian y le puso una mano en el hombro. —Vaya, sí que metieron la pata cuando te metieron aquí conmigo, ¿verdad? ¿Cómo se llama tu hija?

—Stephanie. Pero yo la llamo Stephie. De pequeña le encantaban las nubes, a mi Stephie.

—Seguro que sí —Henry se rascó el dorso del pulgar—. ¿Y cuál has dicho que es tu apellido, Brian? No me puedo creer que nunca te lo haya preguntado.

—Grayson.

Henry hizo una pausa de un momento. —Claro que sí —dijo finalmente.

Los nombres Grayson y Tanner eran sinónimos del estrés postraumático de Henry tras su arresto y posterior ingreso en el sistema penitenciario.

Ambos apellidos eran los responsables de que estuviera aquí encerrado y ahora, teniendo a alguien a quien presionar, serían ellos quienes le ayudarían a salir.

—Oye, Brian —llamó Henry, dándole un golpecito en el hombro—. ¿Te gustaría un trabajo, algo para mantenerte ocupado aquí dentro?

—Eh...

—¡Genial! Solo necesito que hagas un par de cosas. Nada complicado. Necesito que seas mis ojos y oídos en este lugar. Hay mucha mala gente que intentará hacerme la vida imposible, así que necesito a alguien que esté al tanto.

—No sé...

—La vida puede ser muy dura para ti aquí dentro, Bri. Créeme. Sé quién eres y lo que has hecho, y tengo formas de llegar a tu familia.

—Stephie...

—Exacto. No querríamos que le pasara nada a Stephie, ¿verdad? ¿Entonces qué me dices? Incluso podríamos tener una palabrita clave si la necesitaras. ¿Qué tal... nubes?

—Nubes...

—Cada vez que diga esa palabra, significará que necesito que hagas algo por mí. ¿Podrás recordarlo?

—Claro que sí. Mi memoria está perfectamente.

Henry no se lo creyó, pero sí creyó que tenía a Brian comiendo de su mano. Para cerrar el trato, y para poner algo en marcha en el exterior, sacó el teléfono del bolsillo y escribió un mensaje.

Nuevo contacto con Steph Grayson. Stratford CID. Su padre está en la trena conmigo.

Pulsó enviar pero no esperó respuesta. En su lugar, volvió a centrar su atención en Alex y sus drugos, mientras Brian se entretenía lavándose las manos. Henry miró el hervidor y la taza que había al lado.

—Brian, colega... ¿no podrías hacerme un té?