Capítulo 14
CON COMAS Y TODO
J ake ya estaba en la oficina a las seis de la mañana siguiente.
La tarde anterior había pasado como un borrón.
Habían cenado lo que quedaba de la comida, habían acostado a las niñas y luego habían pasado el escaso y preciado tiempo que les quedaba juntos sentados en sofás separados; ambos fingían ver el primer episodio de la nueva temporada de Sherlock , mientras las imágenes de su cuenta bancaria vacía se grababan en la mente de Jake mientras intentaba idear una salida al agujero de mil libras en el que se encontraban.
Ninguno se había dado las buenas noches al irse a la cama, y cuando Elizabeth no le preguntó por qué se iba tan temprano, agradeció no tener que mentir.
A pesar de que ya tenía una mentira preparada.
Había decidido no contarle la verdad porque no quería que se preocupara.
Peor aún, no quería darle munición que ella pudiera usar contra él.
Este era su problema, su solución.
Y iba a hacerlo solo.
En ese momento, sin embargo, no podía pensar en la reacción de Elizabeth.
Estaba al teléfono con el banco mientras entraba en la oficina.
Todo estaba en silencio, a excepción de la limpiadora que terminaba su turno de noche; estaba enrollando el cable en la parte trasera de la aspiradora, con un pequeño soporte de plástico lleno de productos químicos de limpieza y bayetas manchadas a sus pies.
Jake apenas le prestó atención. Si hubiera sido en cualquier otra ocasión, la habría saludado como hacía siempre.
—Gracias por llamar al equipo de fraudes de Barclays. Le atiende Alana.
—Alguien ha hackeado mi cuenta. Me han robado todo el dinero. No me queda nada. Tengo facturas que pagar. Hijas a las que alimentar.
Alana pareció muy preocupada y le pidió que superara el control de seguridad.
—Yo... —Jake dudó. Ella le estaba haciendo exactamente las mismas preguntas que le habían hecho hacía unos días—. ¿Hay alguna otra forma de acceder a la cuenta?
—Lamentablemente, no. Si no desea hablar de esto por teléfono, siempre puede pasarse por una sucursal y estarán encantados de ayudarle.
Jake suspiró y cerró los ojos. Buscó su asiento, se desplomó en él y se lió la manta a la cabeza.
—No tengo tiempo para ir a una sucursal. Hágame las preguntas otra vez.
Así lo hizo ella, y Jake respondió tal como había hecho anteriormente. Una vez que ella accedió a la cuenta, él se relajó.
—Voy a necesitar unos cuantos detalles más, ¿le parece bien? —continuó Alana.
—Sí, claro. Lo que necesite saber.
Pasó los siguientes cinco minutos realizando el proceso para abrir un expediente.
Le contó con pelos y señales lo que había sucedido, recordando esta vez más detalles que antes.
Como la entonación en la voz del hombre.
Las palabras que había usado y la forma en que había respondido a la llamada.
El ruido de fondo que simulaba un centro de llamadas real.
Si aquello le resultaba útil a ella o no, él no lo sabía.
Pero al terminar todo aquello, Jake se sentía exhausto.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó—. ¿Cómo recupero mi dinero?
—Por lo que puedo ver, los pagos de su cuenta personal y de la conjunta se realizaron a una empresa llamada Candiru Limited.
—Entiendo.
No estaba seguro de qué tenía que ver eso con nada. Lo único que quería saber era cuándo recibiría su dinero.
—Y... según los datos de inicio de sesión, los pagos se realizaron mientras se estaba conectado a la misma dirección IP que en los inicios de sesión anteriores. ¿Se hizo esto desde su ordenador de sobremesa o portátil por casualidad, señor?
—Yo no realicé el pago.
Pero alguien más lo hizo... En la calle, en la casa de al lado, frente a la ventana de la fachada... Usando mis datos de acceso y mi puta dirección IP...
—¿Tiene alguien más de su familia acceso a su ordenador o portátil en casa, señor?
—Sí, pero...
—¿Y es posible que ellos hayan realizado el pago, señor?
—¿Qué? No, nadie...
—Por lo que puedo ver aquí delante, parece que esto podría haber sido una estafa en la que usted o alguien de su hogar ha ingresado el dinero a sabiendas en esta cuenta de inversión.
Jake se apartó del ordenador y apretó el puño. —Tiene que ser una broma. ¿Me está acusando ahora de reclamar esto para algún tipo de fin relacionado con el seguro?
—En absoluto, señor. Solo le digo lo que tengo delante de mí en la pantalla.
Pues al carajo con su pantalla. Y al carajo con usted y con su alegre vocecita de atención al cliente también.
—¿Entonces qué ocurre ahora? —preguntó.
—Primero tengo que darle un número de caso. Por favor, anótelo, ya que es la confirmación de que su caso ha sido registrado. Nuestro equipo de investigación lo estudiará y se pondrá en contacto con usted en un plazo de siete días para informarle de las novedades.
—No me lo puedo creer. No puedo esperar tanto. Necesito el dinero ya. Tengo dos niñas que alimentar. Gasolina. Gastos. No puedo hacerlo todo sin dinero.
Alana continuó, ajena a sus palabras. —Si el equipo necesitara más información, le enviarán lo que se llama un formulario de divulgación. Deberá rellenarlo y devolverlo en un plazo de diez días o se cerrará su caso.
—¿Y qué hago mientras tanto?
—Ingresaremos algo de dinero provisional en su cuenta, señor. Pero tenga en cuenta que esto puede tardar hasta cuarenta y ocho horas en procesarse.
Cuarenta y ocho horas sin dinero.
Cuarenta y ocho horas para mantener este puto desastre de situación lejos de Elizabeth.
Un caos.
—Vale. Está bien. Gracias. —Rápidamente se dio cuenta de que estaba usando a Alana como válvula de escape para su agresividad y su rabia. No era culpa de ella, pero era la única con la que podía desahogarse en ese momento.
Ya se había fustigado bastante a sí mismo la noche anterior.
—Ojalá hubiera algo más que pudiera hacer —dijo Alana.
Su intento de apaciguarlo no servía de nada, pero se agradecía.
—Ha hecho todo lo que ha podido. Entonces, ¿puedo...?
Sin previo aviso, la llamada se cortó y oyó dos pitidos en el oído.
Jake se alejó el teléfono de la cabeza y miró la pantalla.
En la esquina superior derecha del teléfono, donde deberían estar las barras de cobertura, no había nada.
Probó a poner el móvil en modo avión y a encenderlo de nuevo. Pero nada.
Volvió a la pantalla de inicio y vio una notificación en sus mensajes. Había llegado mientras hablaba con Alana. Era de su proveedor de red móvil, Vodafone.
Gracias por su reciente duplicado de SIM. Su nueva tarjeta SIM se activará en las próximas 24 horas. Su número seguirá siendo el mismo. Si no ha solicitado usted este trámite, póngase en contacto con el servicio de atención al cliente en el 209 .
Sin señal de telefonía móvil.
Sin medios de comunicación.
Alguien, en algún lugar del país, había traspasado su número de móvil a una nueva tarjeta SIM. Ahora recibirían todos sus mensajes y llamadas entrantes. Toda su identidad perdida, así como así.
Estaba en el fondo de un pozo de mierda, sumergido a quince metros de profundidad, y nadie estaba preparado para lanzarle una cuerda.
Jake soltó un juramento y su voz llenó la sala vacía. Justo cuando llegaba al punto álgido de su grito, las puertas de la oficina se abrieron, cortándole el paso. Entró Lindsay, maletín en mano, con aspecto de llevar la misma ropa que el día anterior.
—¿Va todo bien? —preguntó ella, deteniéndose en el umbral.
Jake se quedó helado. —Solo... solo estoy teniendo una mala mañana.
—¿Otra? ¿Lo mismo de ayer?
—Una prolongación de aquello —dijo él, ajustándose la corbata y colocándola bien de un manotazo.
—Debe de ser grave, entonces. —Cruzó la sala. Al detenerse en su mesa, preguntó: ¿Puedo ayudarte en algo?
Jake bajó la cabeza avergonzado. —¿Sabes algo sobre coberturas de móvil? ¿Sobre duplicados de SIM?
—No mucho. ¿Por qué?
—¿Y sobre fraudes? ¿Sabes algo de eso?
—No, pero una amiga pasó por ello. Desagradable. Una experiencia realmente horrible. Su confianza en todo desapareció después de aquello. Ahora es una paranoica con todo. Siempre lleva dinero en efectivo.
Jake gruñó. No tenía respuesta. Sabía lo profunda y abrumadora que era la situación.
—¿Te ha pasado algo? —preguntó ella.
Jake asintió. —Se lo han llevado todo.
—Jesús. Siento oír eso. ¿Cómo?
—Haciéndose pasar por British Gas. Enviaron una carta diciendo que mi cuenta tenía recibos pendientes, y cuando pasé el control de seguridad con ellos por teléfono, me cobraron un pago para liquidar la deuda . —Jake hizo el gesto de las comillas con los dedos al decir la última palabra.
—¿Y te han vaciado la cuenta por completo?
Jake volvió a asentir.
—Hoy en día son muy sofisticados. Hay que tener muchísimo cuidado.
Gracias por el consejo. No se me había ocurrido.
—Estoy intentando recuperarlo, pero a nadie parece importarle demasiado ayudarme —le dijo él.
—¿Has probado con la brigada de fraudes? Habría pensado que sería tu primer puerto de escala.
—Perdona —dijo Jake, cogiendo un bolígrafo de su mesa y garabateando en su bloc de notas. Pintarrajeó, moviendo el bolígrafo de un lado a otro en forma de ocho hasta que la tinta se volvió densa y gruesa—. Han sido un par de días frenéticos. Muchas cosas a la vez.
—¿Quieres hablar de algo más?
Sí. De todo. Quería soltarlo todo de golpe. Gritar. Correr escaleras arriba y abajo. Liarse a puñetazos con la pared hasta que los agujeros formaran las palabras: QUE TE DEN, MUNDO. Con comas y todo.
En lugar de eso, se recompuso. Inhaló, contuvo el aliento. Y decidió guardárselo todo, como el cobarde que era.
—Estoy bien, gracias. —Sin decir nada más, cogió su teléfono, la cartera y el carné, y se dirigió hacia la puerta.
—¿A dónde vas?
—A la brigada de fraudes.
—¿Y qué hay de la señal de tu teléfono?
Jake se detuvo a mitad de camino y miró su pantalla. —Ehm... lo arreglaré por el camino. Usaré el móvil del trabajo o algo por el estilo.
—Creo que tienes que pedir cita con la brigada de fraudes.
—Lo siento, Lindsay, pero ahora mismo me da igual. Voy a hablar con alguien, y ellos van a hablar conmigo.