Capítulo 13
LA PEQUEÑA SUSIE
E l chirriante sonido del timbre le rompió los oídos.
Dirigió la mirada hacia la pequeña puerta del rincón izquierdo de la sala por la que, en unos instantes, entraría su padre.
El corazón le latía a mil por hora y le sudaban las manos de la emoción; se recolocó en el asiento, irguiendo la espalda y sacando el pecho. Tal como él le había enseñado.
Tu forma de sentarte es, a veces, la primera impresión que la gente se lleva de ti. No dejes que piensen que eres una vaga. Eso nos deja en mal lugar a tu madre y a mí.
Apareció a los pocos segundos. Su sudadera y su jersey volvían a parecer sucios: oscuros, con manchas negras en los hombros, el cuello y la cintura.
Llevaba los brazos a la espalda, más por elección propia que por algún tipo de castigo físico.
Tenía la piel flácida y había perdido mucho color desde la última vez que lo vio.
Unas finas canas blancas le brotaban de la barbilla como los brotes de una patata.
Y miraba a su alrededor sin un rumbo fijo.
El único hombre de su vida. Destrozado.
Su padre avanzó por la sala, seguido de una hilera de presos, y sacó la silla de debajo de la mesa. Se dejó caer en el asiento y forzó una sonrisa.
—Hola, papá —dijo ella.
—Leah —murmuró él, dedicándole un frío asentimiento.
—Leah no está aquí, papá. Soy Stephanie. —Volvió a examinarlo, fijándose en la fragilidad de sus dedos y en cómo el jersey le colgaba de los hombros—. No estás comiendo otra vez, ¿verdad? —preguntó, con la voz cargada de preocupación.
—La comida de aquí es terrible. ¿Cómo voy a comer?
—Te morirás de hambre si no lo haces. Y tampoco estás lavando tu ropa, ¿a que no?
—Hago que otros se encarguen de eso.
—Pero no lo haces. Lo veo en la ropa que llevas. Está sucia.
Su padre se inclinó hacia delante, con las manos en el regazo. —Esto es un estercolero, Stephie. Son todos unos putos psicópatas. Todos ellos. Ninguno es culpable de nada.
—Pero tú no lo eres, papá. Los dos lo sabemos.
Bueno, por lo que ella sabía. En aquel momento, solo uno de los dos lo sabía con total seguridad.
—¿Y qué estás haciendo al respecto? —espetó él—. Llevo aquí dos meses y no has hecho nada. Y dices que eres mi hija.
La mejor hija. La que te quiere mientras la otra está en el puto París cabalgando sobre la polla de algún tío y acostumbrándose a no tenerte ya en su vida.
—Estoy trabajando en ello, ¿te acuerdas? Es difícil.
De hecho, estaba resultando más difícil de lo que había previsto.
Unos meses atrás, durante el verano, su hermana había encontrado algunos archivos de pornografía infantil en el portátil de su padre —cosas gráficas y desagradables— e inmediatamente pensó en denunciarlo.
Pero Stephanie fue quien la detuvo. Estaba segura de que habría una explicación razonable.
Y la había: los vídeos se los había enviado un amigo de uno de sus clubes de caballeros, según su versión de los hechos.
Pero Leah no se creyó nada y, a continuación, denunció a su padre a la policía. Ahora Stephanie tenía la tarea de demostrar que aquello había sido algo puntual y que las otras pruebas que había descubierto en otro portátil no eran más que bromas de sus amigos.
—Siempre me envían cosas raras de esas —había dicho él—, pero nunca las miro. —Ella esperaba, por el bien de su familia, que así fuera realmente.
—El otro día —empezó él, bajando la voz hasta un susurro—, le dieron una paliza a uno aquí dentro. En su celda. Les pegaron a él y a sus amigos. Luego lo quemaron con agua.
A su alrededor, las conversaciones bullían y la sala pronto se llenó de risas estrepitosas mientras amigos y familiares compartían historias del mundo exterior, de una vida en la que el preso no estaba presente.
Stephanie se acercó y puso su mano en el centro de la mesa con la esperanza de que él se la cogiera, y mantuvo la voz baja. —¿Quién fue, papá?
—Uno de los tíos de aquí. No sé su nombre —respondió él—. ¿Qué estás haciendo para sacarme? ¿Cuánto va a tardar?
—No lo sé. Espero que no mucho más.
—Ya han pasado dos meses.
—Lo sé, papá. Lo sé. Estoy en ello, de verdad. Solo tienes que tener paciencia.
—Espero que te estés esforzando en el trabajo, Stephanie. No te crié para que fueras una especie de floja a la que cualquiera puede mangonear.
—No lo soy. Me han ascendido a inspectora. Y ahora trabajo en el Equipo de Investigación de Delitos Mayores. Estoy en un equipo pequeño y es mucho mejor que trabajar en el IPCC. ¿Estás orgulloso de mí?
Su padre gruñó. —No tendrás novio, ¿verdad? ¿Qué te dije sobre los novios? No traen nada bueno. Te distraerán.
—Lo sé, papá. No olvidaré ese sabio consejo.
—Bien. Tu hermana siempre tenía novios. No me gustaba ninguno.
—A ella tampoco —dijo Stephanie mientras un guardia se paseaba por allí con las manos en los bolsillos y las llaves tintineando en la cadera.
Stephanie las miró y, por un instante, contempló la idea de robarlas, agarrar la mano de su padre y sacarlo de la cárcel para que pudieran huir juntos.
Volver a casa. Viajar al norte, a Manchester, o ir al Distrito de los Lagos o a las Tierras Altas de Escocia, donde nadie pudiera encontrarlos.
Qué puta idea más estúpida.
Volvió a centrar su atención en su padre.
—¿Te acuerdas del primer novio que tuvo? —comenzó—. El jugador de rugby. Medía unos dos metros o algo así. ¿Te acuerdas de cuando lo trajo por primera vez y cenamos juntos, los cinco? Siempre recordaré la cara que puso cuando le dijiste que eras un—
—Esto es un estercolero, Stephie —la interrumpió él—. Son todos unos putos psicópatas. Pero ninguno es culpable, claro.
—Lo sé, papá —dijo ella secamente—. Ya lo has dicho.
Miró su reloj y comprobó la hora. Quedaban cinco minutos.
—La echo de menos —dijo él.
—¿A quién?
—A la pequeña Susie.
Stephanie rebuscó en su banco de memoria de nombres. Y entonces cayó.
—¿La pequeña Susie de cuando vivíamos en Romford?
Una mirada vidriosa cubrió los ojos de su padre y, en un instante, abandonó la sala para perderse en su propio mundo. —Era una niña adorable. Tan amable, tan dulce. La echo de menos, de verdad.
Stephanie no estaba segura de que el sentimiento fuese mutuo; en cualquier caso, Susie Chaplain no tendría ni idea de quién era él.
—Siempre tan simpática. Y tenía una sonrisa preciosa. Unos dientes tan bonitos.
—Ya es suficiente, papá.
Volvió a mirar su reloj. El tiempo se había desvanecido tan rápido como su memoria. No quería pensar en lo mucho que se había deteriorado desde la última vez que lo vio. Cerrando los ojos, tragó saliva y dijo: —Lo siento, papá, pero tengo que irme.
—¿Qué estás haciendo para sacarme? ¿Cuánto va a tardar?
—Su mano buscó la de ella justo cuando Stephanie la retiraba de la mesa.
Sus ojos brillaron bajo la luz fluorescente.
Parecían angustiados, pero, lo que era más importante, notó que había miedo en ellos: el miedo paralizante de que se quedaría allí el resto de su vida.
Ella también sentía miedo. Insidioso. Paralizante. Devastador. El que la mantenía despierta por la noche. Temía no ser capaz de sacarlo de allí, no ser capaz de enmendar el error que se había cometido con él. Temía no poder cuidar de él como él lo había hecho por ella toda su vida.
—Vas a sacarme de aquí, ¿verdad?
A ella le costó mirarlo a los ojos mientras luchaba contra el nudo de su garganta.
Conteniendo las lágrimas, respondió: —Claro que sí, papá.
Voy a hacer todo lo que esté en mi mano.
Y entonces podremos estar juntos como cuando mamá vivía.
Y entonces podré cuidarte. Y todo volverá a ir bien. Te lo prometo.