Capítulo 11
EL ÚNICO
L a decisión en su mente, tras su reunión con Darryl y Richard Candy, era sencilla. Sólida. La absoluta falta de información respecto a la muerte de Roland no había servido para calmar sus sospechas.
Roland no estaba deprimido. Roland no tenía tendencias suicidas.
Roland se acercó demasiado a la verdad y lo silenciaron.
Y solo había dos personas, por lo que Jake sabía, que conocían la respuesta a lo que le había pasado.
Una de ellas estaba de baja por estrés y la otra era la mujer que acababa de inspeccionar su cuerpo y realizar la autopsia.
Poojah Singh era una patóloga que había trabajado con Jake y el equipo con frecuencia en los últimos meses.
Al principio, Jake y Poojah habían sido buenos amigos, pasando tiempo juntos en el pub en alguna que otra ocasión social, pero desde que Jake denunció a Liam y Drew, su relación se había vuelto tensa.
Incapaz de perdonarle por lo que había hecho, y las investigaciones sobre su vida que su denuncia había provocado, ella le había hecho el vacío.
Era justo decir que Jake había tenido sus sospechas sobre ella; sobre si trabajaba con La Cábala, falsificando autopsias de los muertos para confundir a los vivos. Pero después de que las investigaciones de Stephanie sobre ella resultaran inconcluyentes, la había dejado en paz.
Excepto ahora. Algo iba mal. Y en su mente, alguien mucho más poderoso que ambos la estaba presionando.
Llamó a la puerta de su despacho, impaciente, mientras esperaba. Ella abrió la puerta y, en cuanto puso los ojos en él, se le dilataron las pupilas.
—Jake… ¿qué haces aquí?
—¿Estás ocupada? —Se asomó por detrás de ella para mirar el interior de la habitación. Al ver que no lo estaba, se acercó un poco más a la puerta—. Hay algo que necesito comentar contigo.
—Yo… —Vaciló, pero se dio cuenta de que no servía de nada discutir y se hizo a un lado.
Su despacho era pequeño, lo cual, pensándolo bien, tenía sentido.
Todo lo que necesitaba para llevar a cabo su trabajo diario estaba abajo, rodeado de una variedad de armas, productos químicos y batas blancas.
En el centro de la habitación había un escritorio y un ordenador con una papelera al lado, llena hasta los topes de pañuelos y restos de comida.
La pared del fondo estaba ocupada por una ventana que daba a una calle residencial, un lugar donde niños y adultos vivían y jugaban sabiendo que se diseccionaban cadáveres a pocos metros de sus portales.
La pared estaba adornada con una selección de fotos familiares: la primera de sus hijas sobre un fondo azul claro profesional; la segunda con la familia en Disneyland Paris.
Era la primera vez que Jake entraba en su despacho, y la primera vez que veía mención alguna a un marido y unos hijos.
—Que sea rápido —dijo ella, rodeando la mesa a toda prisa como para poner distancia entre ellos. Apoyó las manos en el respaldo de su silla—. Tengo cosas que hacer. Mucho trabajo acumulado.
—Esto solo durará el tiempo que tardes en decirme lo que quiero.
—¿El qué? —Aunque la entonación de su voz sugería que ya sabía a qué había venido. Y el alivio sugería que lo agradecía.
—Roland. Necesito ver su cuerpo.
Poojah se mofó.
—Y yo quiero acostarme con Brad Pitt, pero eso no va a pasar.
—¿Por qué no?
—Porque está muy por encima de mis posibilidades.
La mirada de Jake fue como un dardo que perforó la resistencia de Poojah.
—Me refería a por qué no puedo ver el cuerpo.
—Porque, al igual que Brad Pitt, Roland no está aquí.
—¿Dónde está?
—Camino de averiguar qué se siente a mil grados de temperatura.
—¿Ya?
—Han entregado su cuerpo hace unos veinte minutos.
—¿Así, sin más?
—Sí. Así, sin más.
Jake se rascó un lado de la barbilla y observó a Poojah. Su postura. Su semblante. Su forma de hablar. Cómo gestionaba las cosas y usaba el humor como mecanismo de defensa. Su intuición le decía que era el resultado de evitar la verdad más que de asimilar la pérdida de un colega.
—Si no puedo verlo, supongo que te toca a ti ponerme al día —dijo finalmente.
—¿Con qué?
—Con lo rápido que viajaba la bala cuando lo mató.
—Jake, por favor. —Esta vez había dolor en su voz, algo en su interior pidiendo auxilio—. Todo lo que descubrí estaba en mi informe. No sé qué más quieres que te diga.
Jake sacó una silla de la mesa.
—La verdad.
Eres igual de testarudo que tu padre. Él siempre era así, creyendo que lo sabía todo.
—Esa es la verdad.
—Creo que una vez me llamaste sabueso porque tenía buen olfato para detectar tonterías. ¿Te acuerdas?
Poojah confirmó que no se acordaba.
—Sé que algo va mal. Trabajé estrechamente con Roland. No había nada que me indicara que estaba pasando por un mal momento.
—¿Y te crees tan poderoso como para saber exactamente por qué está pasando todo el mundo en cada momento del día? Todos tenemos mierda, Jake. Todos tenemos nuestra mierda.
Jake se preparó para lanzar el ataque.
—¿Así es como llegaron hasta ti? ¿Descubrieron cuál era la tuya y la aprovecharon?
Poojah balbuceó, las sílabas atropellándose en sus dientes.
—Sé cómo es esta gente, Poojah. Sé de lo que son capaces.
Sé lo poderosos que son. —Por primera vez desde que descubrió la red clandestina de agentes corruptos y criminales organizados de La Cábala, Jake sintió de verdad que aquello era cierto—.
Pero ese poder tiene un precio. Y se les puede arrebatar fácilmente.
—No sé de qué estás… —Poojah cerró los ojos, inhaló profundamente, contuvo la respiración y luego exhaló largamente—. No sabes de lo que estás hablando.
Jake suspiró y decidió que, si quería llegar a ella, tendría que cambiar de táctica.
Desbloqueó su teléfono, navegó por su galería de fotos y le mostró una imagen de Luke Cipriano, el miembro más joven de The Crimsons, tomada momentos después de haber recibido un disparo en el pecho.
Luego le mostró una foto de Danika Oblak, una de las amigas más cercanas de Jake en el cuerpo, una foto de sus sesos esparcidos por detrás de la cabeza, con la herida de bala bajo la barbilla.
Finalmente, encontró otra foto, esta vez de Drew Richmond, otro de sus antiguos colegas, tomada cuando Jake lo descubrió la mañana después de que su cerebro hubiera explotado por todo el suelo, con el cuerpo desplomado en la silla de su cocina.
—Todas estas personas tenían secretos —empezó—. Todas estas personas tenían sus demonios, y todas tenían una cosa en común: trabajaban para el mismo hombre. El mismo hombre que tenía poder sobre ellos, que los amenazaba, que controlaba cada uno de sus movimientos.
Alternó entre las fotos de Danika y Drew.
—Uno de estos se pegó un tiro en la cabeza con una pistola, el otro recibió un disparo en la cabeza de otra persona. No creo que haga falta ser un genio para distinguir cuál es cuál.
Bajó el teléfono, se lo guardó en el bolsillo y la miró profundamente a los ojos.
—Y supongo que la escena del crimen que viste en una de esas fotos era la misma que viste la otra noche. ¿Es cierto, Poojah?
Jake solía evitar las tácticas de intimidación siempre que era posible, especialmente tratándose de sus colegas, pero era difícil ignorar los resultados. Poojah cambió el peso de un pie a otro, evitando su mirada, con la cabeza girándose lentamente hacia la foto de sus hijas.
Luego hacia la foto con su marido.
—Son mis hijas —empezó ella—. Hassan apareció poco después de que nacieran.
Mi primer marido murió de un ataque al corazón.
Comía y bebía fatal, así que no fue una gran sorpresa.
Pero nunca le perdoné que me dejara sola con las niñas.
Pero eso cambió cuando Hassan llegó a mi vida.
Se portaba de maravilla conmigo y con las niñas.
Cariñoso. Atento. Tierno. Completamente desinteresado. Nos casamos poco después.
Poojah se acercó a las fotos mientras se evadía del despacho y se perdía en sus recuerdos.
—Nos mudamos juntos, incluso nos planteamos tener un hijo propio.
Pero cuando… cuando no pude quedarme embarazada, las cosas cambiaron.
Empezó a… hacerme daño. A hacerles daño a las niñas.
Nada físico, al menos no a las niñas. Sobre todo emocional.
Llamándome pedazo de mierda, maldiciendo a las niñas, maldiciéndome a mí.
—Sorbió por la nariz y se limpió la cara, ocultándose—.
Supongo que debieron de enterarse de eso.
Esta era una faceta totalmente nueva de Poojah para él. Ya no tenía delante a la patóloga dominante y, francamente, intimidante. En su lugar, había sido reemplazada por una mujer rota y frágil que necesitaba apoyo y atención. Así que la trató como tal.
—¿Quiénes, Poojah?
—No sé sus nombres. No sé el nombre de nadie.
—Cuéntame qué pasó —dijo Jake con suavidad.
Poojah vaciló, lo sopesó, se lamió los labios.
—Un día recibí un correo electrónico de un remitente desconocido. No decía mucho. Solo contenía una imagen mía y de las niñas en el coche de camino al colegio. —Poojah se atragantó al expulsar la culpa y el miedo de su garganta—. Eso fue todo. Pero fue suficiente.
Roland .
—Así que le pedí a Roland que le echara un vistazo. Le dije que tenía miedo, que no sabía quién lo había enviado. Se portó muy bien. Me dijo que no se lo contaría a nadie. Hasta que yo estuviera lista.
Jake deseó no haber oído aquello. ¿Y si hubiera sido sincero con Roland desde el principio, diciéndole que los correos electrónicos sospechosos que había recibido de La Cábala eran amenazas directas contra él y su familia? ¿Seguiría vivo Roland hoy en día? ¿Conocería la identidad de La Cábala?
Jake no sabía qué le entristecía más, si el hecho de que Roland se hubiera ido o que la identidad de La Cábala se hubiera ido con él.
Pero no servía de nada pensar en eso.
—Creo que se estaba acercando —continuó Poojah—, porque no dejaba de enviarme mensajes para quedar fuera del trabajo. Pero cada vez que quedaba con él, nunca aparecía. Creo que o tenía miedo o estaba ocupado con algo. Y entonces… entonces recibí el paquete.
—¿El paquete?
—Dinero. Drogas. Y traía un mensaje.
—Le agradecemos su silencio —terminó Jake—. Sí. Yo también los he recibido. Varios.
— He recibido . ¿En pasado?
Jake asintió.
—La persona que los envía dejó muy claro que van a por mí de una forma diferente. Aún no he visto cómo.
Aquello pareció aliviar un poco a Poojah. Ver que ambos compartían esta experiencia de un mal monstruoso amenazándolos a cada paso. Ver que podía confiar en él.
—La otra noche —empezó de nuevo— recibí otro paquete. Esta vez contenía veinte mil libras, pero la nota llegó en forma de mensaje de texto. —Echó mano de su teléfono y le mostró el mensaje.
Pronto se requerirá algo de usted. Pronto podrá dejar a su marido para empezar una nueva vida con sus hijas. Pronto sabrá exactamente lo que tiene que hacer.
Jake dejó el teléfono sobre el escritorio.
—¿Así que te obligaron a dictaminar que la muerte de Roland fue un suicidio?
Ella asintió.
—¿Y a encubrir su asesinato?
Ella asintió de nuevo.
Jake exhaló profundamente y se acomodó en la silla.
—¿Qué más necesito saber? ¿Hay algo en su casa que pueda usar como pista?
Supo la respuesta en cuanto lo dijo. Si La Cábala estaba detrás del asesinato, se habría asegurado de que no quedara nada que pudiera incriminarlo a él o a quienquiera que hubiera ordenado ejecutar el golpe.
Poojah se lo confirmó.
—Intenté buscar su portátil, pensando que se lo habría llevado a casa, pero también había desaparecido.
—Y tampoco está en su mesa…
Lo que significaba que podría estar en cualquier parte, fuera de su alcance.
—¿Algo más? —preguntó Jake.
Poojah se preparó.
—Brendan Lafferty… él vio el cuerpo primero.
Jake se inclinó hacia delante.
—¿Está bien?
—No lo sé. Espero que sí. Pero lo que sí sé es que no está de baja por estrés.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Pero me preocupa que quienquiera que esté detrás de todo también le haya hecho algo a él.
Hizo una pausa, contuvo el miedo y habló con claridad.
—Por favor, no le digas nada a nadie, Jake. Eres el único en quien confío. Y eres el único que puede hacer algo al respecto. Pero están pasando cosas muy graves en tu equipo. Tienes que llevar cuidado.