Capítulo 9
BATIENDO RÉCORDS
C uando regresaron, poco menos de una hora después, fueron recibidos como héroes.
A todos en la oficina les había sorprendido verlos de vuelta tan pronto, pero sobre todo a Darryl.
Los tres habían completado la escape room en menos de media hora, algo nunca visto en la Sala del Destino.
Con ingenio, inteligencia y buen ojo para los detalles ocultos, habían superado los diversos desafíos y escapado victoriosos, con la identidad del Asesino del Carnicero —el psicópata al que perseguían— bien amarrada.
Sin embargo, lo que habían omitido contar era el hecho de que Stephanie ya había completado una escape room similar a la Sala del Destino.
Podrían haber terminado en quince minutos, pero decidieron que eso los delataría como fraudes y tramposos.
Así que, en su lugar, se marcaron el objetivo de deambular un poco, caminando con aire ausente a ratos, solo para batir el récord mundial por unos modestos minutos.
—Tendremos que ver si Ashley, Oliver, Harriet y Azmi pueden superar eso —dijo Darryl mientras preparaba al siguiente grupo para salir.
La oficina se veía vacía. Jake había trabajado en turnos de Nochebuena mucho más concurridos que este.
La idea de mandar fuera a media oficina para que estrecharan lazos y lloraran la pérdida de un amigo seguía sin tener sentido para él.
Todos eran detectives. Todos estaban insensibilizados ante la muerte y el dolor que causaba.
Pero, lo más importante, todos tenían una cosa en común: la convicción de que el verdadero cierre llegaba al encontrar al asesino responsable, al condenar a alguien por lo que había hecho. Y la muerte de Roland no era diferente.
Los detalles eran tan escasos como los cuerpos en la oficina, pero eso no significaba que no hubiera nadie a quien culpar. Solo había un puñado de personas que sabían qué estaba pasando: uno estaba de baja por estrés, el otro enviando a la gente a hacer actividades.
A quien buscas es a D...
Habla del rey de Roma y por la puerta asoma.
Justo cuando Jake, Stephanie y Lindsay estaban a punto de volver a sus mesas, Darryl les hizo una señal y los condujo a una sala aparte.
Allí sentado, con un portátil abierto y una serie de formularios y cartas colocados con pulcritud sobre la mesa, estaba el comisario adjunto Richard Candy.
Hoy, su pelo estaba más grasiento de lo habitual, su barriga sobresalía por encima de la hebilla del cinturón y sus brazos velludos parecían un poco más enmarañados de lo normal.
No era un hombre atractivo, pero alguien, en algún momento del pasado, debió de encontrarlo remotamente guapo, ya que seguía llevando la alianza que su exmujer le había dado el día de su boda.
Jake bromeaba diciendo que era para ahuyentar proposiciones en el improbable caso de que despertara interés en el sexo opuesto.
—Me alegra mucho verlos a todos —dijo Candy, levantándose de la silla y estrechando la mano de cada uno. Primero Jake, luego Stephanie y finalmente Lindsay—. ¿Qué tal les ha ido en la escape room ?
Jake dejó que Stephanie lo pusiera al día. Ella tenía más dotes narrativas.
—Es una noticia fantástica. Sabía que podía confiar en mis mejores y más brillantes elementos para traer el trofeo a casa. —Candy asintió brevemente hacia Jake—. Especialmente contando con uno de nuestros agentes del año en el equipo.
Jake esbozó una sonrisa tímida mientras Darryl rodeaba la mesa y se unía a Candy, con las manos entrelazadas en el regazo.
—Siento tanto misterio, chicos —empezó—, pero queríamos hacerlo así para minimizar el impacto de lo que estamos a punto de decir.
—Es sobre su colega, Roland —masculló Candy.
Darryl se aclaró la garganta. —Como dije en mi correo electrónico, la escape room era para ayudarles a procesar y asimilar la noticia.
Pensé que, si trabajaban en ello juntos, podrían sanar juntos.
Pero tras escuchar las primeras reacciones a mis correos, hemos decidido profundizar un poco más, por lo que vamos a programar reuniones individuales conmigo y con el comisario adjunto para que puedan discutir y compartir cualquier pensamiento, sentimiento o demonio con el que estén lidiando.
Jake no sabía qué reacción esperaba Darryl, pero a juzgar por el asombro en su rostro, no era el silencio absoluto. Miró a Candy y ambos intercambiaron una mirada de entendimiento.
Darryl continuó. —Estamos preparando el turno de las reuniones ahora mismo y les avisaremos cuando estén confirmadas. Esto ha sido un golpe para todos nosotros, y cada uno guardará luto y llorará a su debido tiempo.
El mayor golpe era el hecho de que no estaban haciendo nada concreto al respecto.
—¿Tienen más información sobre lo que le pasó? —preguntó Jake.
Darryl vaciló al principio, como si estuviera sumido en un conflicto de emociones, luego asintió y alargó la mano sobre la mesa para coger un papel. —Iba a esperar a que estuvierais todos de vuelta para dar la noticia, pero mientras no estabais, Poojah ha enviado el informe de patología.
—¿Y...?
Darryl bajó la cabeza. —No hay una forma fácil de decir esto...
—Dígalo y ya está.
—Estimamos que entre las once de la noche y la una de la madrugada, Roland se suicidó. Se encontró una gran cantidad de paracetamol e ibuprofeno en su sistema. Y, para empeorar las cosas, él mismo apretó el gatillo.
Un nudo se formó en el cuerpo de Jake. Primero en la garganta, luego en el pecho, después en el estómago. Cada tramo de cuerda se tensaba con distinta fuerza, estrechando sus vías respiratorias, encogiéndolo de dolor.
Era inconcebible. Roland. Suicidio. Los dos términos no cuadraban —y nunca deberían ir juntos— en la misma frase.
En todo el tiempo que Jake lo conocía, nunca había expresado preocupación alguna ni sentimientos de depresión o ansiedad.
Jamás había tenido un mal día, ni se le había visto desanimado o retraído.
No había nada que sugiriera que fuera suicida.
Y dado su conocimiento de la psicología, Jake confiaba bastante en su capacidad para notar y reconocer ese tipo de cosas.
—Me cago en todo —dijo Lindsay, siendo la primera vez que Jake la oía soltar una palabrota—. ¿Suicidio? ¿En serio?
Darryl frunció los labios y asintió con aire compasivo. —Eso es lo que parece. Uno nunca sabe lo que pasa por la cabeza de los demás. Hay una lección en todo esto.
Jake pensaba que también la había. Pero no la misma que Darryl tenía en mente.
A quien buscas es a D...
—¿Qué va a pasar ahora entonces?
—Ahora que han entregado el cuerpo —respondió Candy—, he empezado a trabajar, con la ayuda de Recursos Humanos, en los preparativos del funeral.
La muerte de un miembro de la familia policial nunca es algo fácil de comprender o gestionar, pero estamos haciendo lo que podemos.
Por ahora parece que tenemos un lugar reservado para este jueves.
Jake contó los días mentalmente. Hoy. Miércoles. Jueves.
Dos días.
—Por lo que hemos podido averiguar, Roland no tenía parientes vivos a los que pudiéramos pedir ayuda con el servicio. Pobre hombre.
La conversación llegó a su fin de forma natural mientras todos asimilaban y digerían la información. Corta y directa.
Uno de los suyos.
Un tiro en la cabeza.
Una sobredosis de analgésicos y medicación.
El comisario adjunto tenía razón al decir que nunca eran fáciles de comprender, pero no por el mismo motivo.
Normalmente, una muerte en el cuerpo ocurría en un accidente fortuito con un atracador armado o un asesino.
Había alguien a quien culpar, alguien que tenía la culpa, y atraparlo proporcionaba el cierre que todos ansiaban.
Pero un suicidio... todos eran culpables. Si Roland de verdad no tenía a nadie, ninguna familia, entonces sus amigos del cuerpo eran los únicos que lo mantenían con vida. Y si no habían hecho bien ese trabajo...
—Jake —dijo una voz, sacándolo de su ensimismamiento. El dueño de la voz jugueteó con un papel y lo puso frente a él—. Te hemos apuntado para la primera reunión, ¿te parece bien?
Antes de que pudiera responder, se dio cuenta de que no tenía mucho que decir al respecto. Mientras Stephanie y Lindsay salían de la habitación, cada una le puso una mano de consuelo en el hombro y le dedicó una sonrisa cálida y considerada.
Lamentablemente, no había nada de consolador en cómo se sentía. Nada que mitigara la rabia, la traición, el dolor y la culpa.
Y para colmo, ahora tenía que pasar los próximos veinte minutos contando a otras personas qué es lo que le pasaba por la cabeza.