Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 8
12%

Capítulo 8

LA HABITACIÓN DEL DESTINO

—No se conduce nada mal, la verdad —dijo mientras se detenían ante un semáforo—. Además, he conseguido una buena oferta con la financiación.

—O sea, que ha sido más un capricho que una necesidad —dijo Jake. La compañía le resultaba una distracción muy de agradecer frente a su vida doméstica—. Yo sigo con mi pequeño Mini. Mi ojito derecho. Tiene más de cuarenta años y todavía funciona a la perfección.

—Te pega un poco —dijo Lindsay desde el asiento trasero. Jake le había ofrecido el sitio del copiloto, pero ella lo había rechazado, diciendo que sufría unos mareos espantosos cada vez que iba delante.

—Cuidado con lo que dices, tú. Aún me faltan unos años para los cuarenta —replicó él, girándose en el asiento.

Pensó en devolverle el insulto —echándole unos cuantos años más a ella —, pero luego se dio cuenta de que tenía más clase que para andar ofendiendo a una mujer mayor—.

El médico ha dicho que funciono perfectamente, muchas gracias.

—¿El médico?

Mierda . Mantener en secreto los eventos de la noche anterior estaba yendo de maravilla.

—He ido al hospital —empezó. Confiaba en ellas dos —de hecho, eran de las pocas personas en las que confiaba—, así que ¿qué daño podía hacer? El padre de Elizabeth no está bien. Sus riñones están al límite y necesita un trasplante. He ofrecido uno de los míos.

—Cielo santo, Jake. Eso es algo muy serio. ¿Estás seguro? ¿Lo has pensado bien? —preguntó Stephanie mientras metía primera y arrancaba al ponerse el semáforo en verde.

—No, pero me parece que es lo correcto. Además, no hay garantías de que funcione. Puede que nuestros grupos sanguíneos no sean compatibles y...

—¿Y qué dice Elizabeth de todo esto? —preguntó Stephanie, sonando como una madre preocupada. O como una amiga cotilla. No había mucha diferencia—. Me imagino que no le habrá hecho ninguna gracia.

—Anoche tuvimos nuestra buena ración de discusiones.

—Problemas en el paraíso —dijo Lindsay, aunque por su entonación pareció que lo decía más para sí misma, retomando su conversación anterior.

Stephanie hizo una pausa y luego continuó: —¿Por este tema?

Jake sacudió la cabeza. —Temas de dinero.

—¿Vas a ofrecer tu riñón para compensar la discusión?

—No.

Pero ella no lo oyó y dijo: —Las cosas que hacemos por amor, ¿eh?

—A mí me parece algo precioso —añadió Lindsay, posando una mano delicada en el hombro de Jake—. Totalmente altruista y muy valiente.

—Gracias —respondió Jake.

Quería cambiar de tema, pero Lindsay se le adelantó: —¿Qué es lo último? ¿Qué detalles jugosos tienes para mí?

—¿Perdona? —respondió Stephanie, echando un vistazo al espejo retrovisor.

—Sobre Matheson. Echo de menos que compartáis cosas conmigo ahora que Darryl os tiene bajo llave.

Jake vaciló, miró a Stephanie y cruzó la mirada con ella.

Los dos habían estado trabajando exclusivamente en las pruebas posteriores a la imputación contra Henry Matheson, recopilando todas las evidencias en los diversos formularios que debían presentarse a la Fiscalía.

Todo su tiempo lo consumía un solo hombre y su imperio de traficantes de drogas y socios del crimen organizado.

Stephanie era la oficial al mando de la investigación, con Darryl supervisándolo todo, mientras que Jake se encargaba de redactar todos los informes, lo cual requería que prestara una atención minuciosa a cada detalle de lo que hacía.

Algo que, mientras la identidad de La Cábala siguiera siendo un misterio, le resultaba difícil.

La información contenida en la investigación era confidencial, por lo que habían jurado mantener el secreto.

Pero eso no impedía que todos los demás en la oficina intentaran averiguar lo que pudieran. Lindsay no era más que otro nombre en una lista que ya era larga.

Jake soltó su discurso habitual: —Todavía quedan muchas pruebas que no tenemos contra él por un montón de delitos de los que aún no sabemos nada. Sus organizaciones criminales se remontan a muchísimo tiempo atrás. Queda mucho trabajo por delante.

—Pero lo suficiente para condenarlo por mucho tiempo, ¿verdad? —preguntó Lindsay.

—Habrá que verlo. Con suerte, habremos hecho nuestro trabajo correctamente.

—Más nos vale que así haya sido —respondió Stephanie, soltando una pequeña pulla para recordarle las consecuencias de no hacerlo.

Entraron en Shoreditch, a pocos minutos de Aldgate, que era hacia donde se dirigían. Iban diez minutos adelantados, lo que le daba algo de tiempo para prepararse mentalmente para la próxima hora de su vida.

—¿Cuándo es la fecha del juicio? —preguntó Lindsay.

—El dieciocho —respondió Stephanie—. El lunes de la semana que viene.

—Seguro que os alegraréis cuando todo esto termine.

No terminará nunca. No hasta que encuentren a La Cábala.

Un breve silencio cayó en el coche, a excepción de los sonidos ambientales de los neumáticos rodando sobre el asfalto y el ronroneo del motor mientras sorteaban el tráfico intermitente.

Jake se sentía a gusto simplemente sentado allí, sin necesidad de charlas triviales y conversaciones sencillas. Pero intuía que había cosas de las que Stephanie y Lindsay querían hablar. Se dio cuenta de que era solo cuestión de tiempo que sacaran el segundo tema de conversación.

La razón por la que estaban allí en primer lugar.

—Todavía estoy en estado de shock —explicó Stephanie.

—Es horrendo —añadió Lindsay—. Pensar que ocurrió cuando ocurrió. Todos estábamos en la oficina con él unas horas antes. Es una locura.

La teoría decía que hablar de las cosas con los demás ayudaba a aliviar el dolor, pero a Jake le estaba costando que así fuera.

La muerte de Roland todavía estaba reciente en su mente, y la rabia que sentía era tan fuerte que pensó que podría empezar a discutir con ellas por cualquier cosa que dijeran, por pequeña que fuera.

En lugar de eso, decidió quedarse allí sentado, sin decir nada y asintiendo cortésmente cada vez que se le incluía en la conversación.

Era la forma masculina de lidiar con ello.

Dejar que se pudra, y dejar que caiga más y más bajo hasta que estuviera en lo profundo de algún abismo.

Esa era la mejor manera.

—Si pudiera cambiar una cosa, habría pasado más tiempo con él. Me habría gustado conocerlo mejor —empezó Stephanie.

Un poco tarde para eso, joder , pensó Jake con cinismo, pero se guardó sus pensamientos.

En su experiencia, había descubierto que la muerte hacía que la gente se diera cuenta de lo mala persona que era, de cómo se habían vuelto tan ensimismados que se habían olvidado de todos los demás.

Por ejemplo: Stephanie y su deseo póstumo de ser amable, de ser cariñosa con alguien a quien anteriormente no le había prestado ninguna atención.

Era la forma hipócrita de decir que era una buena persona.

—Mi padre siempre me decía que fuera amable —terminó ella—. A veces es más fácil decirlo que hacerlo.

Jake se giró hacia ella: —Creo que es la primera vez que te oigo mencionar a tu padre.

—Probablemente porque si te dijera dónde está, me juzgarías y tendrías un montón de preguntas, y eso es algo para lo que no estoy preparada. Quizá en otro momento.

La conversación terminó ahí cuando Stephanie se metió en un apartadero a un lado de la carretera. Comprobaron las horas permitidas y Stephanie pagó en el parquímetro. Jake le ofreció su parte, pero era una cantidad insignificante. Ella sugirió que, a cambio, la invitara a un café.

—Trato hecho —respondió él mientras bajaba del coche y cerraba la puerta tras de sí.

Mientras empezaban a caminar hacia la escape room, el móvil de Jake vibró. Lo sacó del bolsillo y comprobó el mensaje.

Hay gente que solo quiere ver el mundo arder

Jake lo leyó una segunda vez, y una tercera. Era del mismo número de móvil que la noche anterior.

La persona que buscas es D...

Pero antes de que pudiera darle demasiadas vueltas, una mano apareció frente a su cara. No se había dado cuenta, pero se había quedado quieto, y ambas mujeres le hacían señas para que se diera prisa. Se disculpó con una sonrisa atenta y luego las siguió.

Poco después, llegaron a un edificio pequeño en la esquina de la calle.

Tenía las ventanas tapadas con láminas negras de papel A3 que habían sido unidas con celo y pegadas al cristal.

Era un trabajo chapucero, lo que hizo que Jake supusiera que el interior iba a ser igual de mediocre.

En la parte superior de la fachada aparecía el nombre de la empresa: Escape the Crazy Maze.

Jake puso los ojos en blanco y suspiró. Todo aquello le parecía demasiado parecido a Halloween para su gusto.

Bueno para un mes y desfasado para los otros once.

Subió al bordillo y se dirigió a la puerta principal del edificio. Había un botón a un lado. Stephanie lo pulsó y sonó un timbre.

A los pocos segundos, la puerta se abrió. Los recibió una chica joven de pelo rojo sangre. Tenía una complexión delgada y un lunar en la frente, justo encima de la ceja.

—Hola —dijo—. ¿El grupo de Grayson?

—Somos nosotros —respondió Stephanie.

La chica sonrió y se hizo a un lado.

—Bienvenidos a la Habitación del Destino.