Capítulo 7 #3
Vinnie fue el primero en entrar en la habitación; arremetió contra Osman a toda velocidad y lo lanzó contra la pared de enfrente.
Sin perder tiempo, le arrojó la taza de napalm a la cara y empezó a golpearlo.
Al instante, el hombre gritó y se llevó las manos al rostro.
Sin miramientos, Vinnie cogió una almohada de la cama de Dominic y la envolvió alrededor de la cabeza del hombre, asfixiándolo, para luego propinarle patadas y puñetazos hasta dejarlo inconsciente.
Mientras tanto, Biggie entró a saco y se encargó del otro secuaz del pequeño ejército de Dominic.
El hombre estaba sin camiseta —luciendo el tatuaje de un lobo que se había hecho recientemente— y Biggie le arrojó el agua contra el pecho.
El napalm rebotó en la superficie lisa y salpicó por el aire.
Unas gotas cayeron en los brazos y la cara de Biggie, pero él siguió adelante de todos modos.
Agarró al hombre, le dio un rodillazo en el estómago y lo empujó contra la cama, golpeándole la nuca repetidamente y aplastándolo contra el colchón, usando su monumental peso como contrapeso.
Los brazos y las piernas del hombre se agitaban y pataleaban, pero era inútil.
Después le tocó el turno de sufrir a Dominic.
Estaba sentado en el lado derecho de la cama, en el rincón de la celda, con la espalda pegada a la pared, con los ojos clavados primero en la tele y luego en el horror que se desarrollaba en su celda.
Tenía las piernas encogidas y apretadas contra el pecho.
Estaba acorralado y no tenía escapatoria.
Jason fue el primero en llegar hasta él; vertió su taza de agua sobre la cabeza calva de Dominic y, aparentemente cegado por una rabia interior, estrelló la taza contra la sien de Dominic, lacerando y rompiendo la piel al instante.
Dominic gritó en una agonía salvaje mientras el napalm se filtraba en la herida abierta, y se llevó las manos a la cara para protegerse los ojos y otras partes expuestas.
Pero no sirvió de nada. Jason estaba fuera de sí, poseído por algo muy profundo; era la primera vez que Henry presenciaba algo así.
Jason parecía dispuesto a matar al hombre solo con sus puños.
Pero como dice el refrán...
Jason metió la mano en el bolsillo trasero y sacó su pincho.
La cuchilla metálica había sido pegada con cinta entre las cerdas de la parte superior del cepillo de dientes, y Jason la usó para tajar la piel del hombre.
Golpeó y mutiló repetidamente, esquivando por poco la arteria carótida de Dominic antes de bajar por el cuerpo y empezar a apuñalarlo en el estómago, las costillas, el pecho y la parte superior de los muslos, perforando agujeros en su cuerpo como si fuera un plato precocinado listo para el microondas.
Mientras tanto, Henry esperaba allí pacientemente, sosteniendo el recipiente con agua.
—¡Tíralo al suelo! —le gritó a Jason.
Jason no respondió, estaba demasiado absorto en el momento del ataque.
—¡Jason! —volvió a gritar Henry, con la voz apenas audible por encima de los gritos y las peticiones de auxilio. Por el rabillo del ojo, Henry se fijó en la multitud que se agolpaba fuera de la puerta, retenida por algunos de sus propios hombres.
Entonces Jason se detuvo y giró sobre sí mismo. Pequeñas motas de sangre le salpicaban las mejillas, la nariz y la barbilla, y gotas de sudor le resbalaban por las sienes y la frente.
—Tíralo al suelo —ordenó Henry, señalando el espacio libre a sus pies.
Jason hizo lo que le decía. Agarró a Dominic por la camiseta, lo lanzó sobre el suelo rígido y le propinó una patada en las costillas. La camiseta blanca de presidiario del hombre estaba manchada con flores de sangre.
—Levántale la camiseta —ordenó Henry. Toda racionalidad se había esfumado. Estaba consumido por la adrenalina de lo que estaba pasando y, lo que era más importante, de lo que estaba a punto de hacer.
El cuerpo en llamas de Frank Graham...
El olor, la vista, el sabor, el sonido de los gritos de Frank...
La emoción de todo aquello, los sentidos agudizados, la ferviente sensación de inmunidad...
En cuanto Jason le quitó la camiseta a Dominic, Henry apoyó el cuenco contra su estómago, retiró el trapo y vertió el contenido del cuenco sobre el cuerpo, la cara y la entrepierna de Dominic.
El líquido se extendió rápidamente por su pecho, y el olor a carne chamuscada y quemada llenó pronto la estancia.
Dominic gritó, pero sus lamentos fueron silenciados por una patada en la cabeza de Jason.
Una vez vaciado todo el líquido, Henry lanzó el cuenco a un lado, cogió el trapo y lo envolvió sobre el rostro de Dominic. La tela, al combinarse con el napalm, se adhirió a su piel y a su pelo.
—¡Escúchame! —le gritó Henry al oído a Dominic—. ¡Escúchame bien!
Retiró el pie y se agachó al lado de Dominic.
Un charco de sangre se estaba formando en el suelo junto a su cabeza y su cuello.
Le susurró, con la voz lo bastante alta para que Dominic le oyera por encima del ruido de la habitación: —Tú no diriges este puto antro.
Lo dirijo yo. Así que vas a empezar a tratarme con el respeto que me merezco.
Y si vuelves a asaltar a mi amigo, me aseguraré de que no vuelvas a dar otra bocanada de aire en tu vida.