Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Al oír lo de la reserva secreta, a Jason se le abrieron los ojos de par en par y salió disparado.

Henry echó una última mirada al pabellón dos —el nombre que recibía la planta en la que estaba— y a las redes de alambre fuera de su habitación que servían para evitar suicidios, y luego volvió a prestar atención al hervidor.

Había terminado de hervir y un chorro fino de vapor silbaba por la boquilla.

Lo retiró de la base y vertió el agua hirviendo en el cuenco con el azúcar, mezclándolo con una cuchara.

Unos segundos después, mientras seguía removiendo, un grupo de figuras apareció en el umbral, con Jason a la cabeza.

Henry los reconoció a todos de inmediato.

Eran sus camellos, los que empleaba para pasar el material a los demás presos de los pabellones uno y dos.

Por encima del hombro izquierdo de Jason estaba Biggie, un bruto de un metro noventa y tres cuya única debilidad en una pelea era su pelo anormalmente largo.

Por el hombro derecho de Jason estaba Vinnie.

Era el más fuerte de los tres, y el más llamativo.

Era el tipo más corpulento de toda la prisión y se había dejado el vello facial al estilo de Charles Bronson, lo cual resultaba apropiado porque era igual de volátil.

Ambos estaban allí por robo a mano armada, aunque no juntos, y habían sido delincuentes profesionales durante mucho tiempo antes de ser detenidos y encarcelados.

Henry los había contratado por su rapidez mental y su capacidad para zafarse de situaciones complicadas.

Su tamaño también había sido un factor determinante.

—¿Qué pasa, Hen? —comenzó Vinnie, cruzando los brazos de tal forma que su cuerpo impedía ver el interior de la celda desde fuera—. ¿Qué tenemos?

—Una pequeña tarea.

—¿Quién es el objetivo?

—Dominic.

Vinnie soltó una risita de entusiasmo. —Ya era hora. Llevo esperando para ponerle las manos encima a ese cabrón el tiempo suficiente.

—No —dijo Henry con firmeza—. Este es para Jason. Solo quiero que vosotros dos intervengáis si él o yo tenemos algún problema.

—¿Tú también vienes? —preguntó Jason.

Había una emoción en su voz que a Henry le pareció entrañable.

Al igual que hacía en el exterior, Henry solía distanciarse de cualquier paliza salvaje o agresión.

De ese modo, mantenía las manos limpias y el resto de la prisión podía seguir recibiendo sus entregas.

Él era el que poseía los contactos, la cabeza de la serpiente, y si se cortaba la cabeza, el resto del cuerpo acabaría cayendo.

Pero esta vez era diferente.

—Siempre he querido ver qué daño puede hacer esto... —Volvió a centrar su atención en el cuenco con agua. El vapor que subía calentaba el lateral de su cara y sus manos.

—¿Vamos a ahogarlo? —preguntó Biggie.

—¿Qué? —soltó Henry.

—El agua. ¿Vamos a ahogarlo?

Henry lo miró con incredulidad. —¿No hablarás en serio, verdad?

¿Cuánto tiempo lleváis encerrados? Esto es napalm: agua con azúcar.

Se lo tiras a alguien a la cara o al cuerpo y se le pega a la piel.

Le tiras algo más —como una funda de almohada o una camiseta— y esa mierda no sale.

Esto hará que Dominic se lo piense dos veces antes de intentar joderme a mí o a cualquiera de mis chicos.

Tanto Vinnie como Biggie sonrieron, mostrando sus dientes manchados de negro y amarillo. Vinnie aplaudió y se frotó las palmas de las manos.

—¿Lo has encontrado? —preguntó Henry.

—En su celda —respondió Jason.

—¿Tenemos a algunos chicos vigilándolo?

En cuanto terminó de hablar, otra figura apareció en el umbral: Corben, uno de los reclutas más nuevos. Henry le tenía haciendo las cosas de poca monta —demostrando su valía, asegurándose de que mantuviera su lealtad en el lugar correcto— antes de que pudiera aspirar a un ascenso.

—¡Hen! ¡Hen! —dijo Corben, jadeando—. Tenemos que darnos prisa. Minty ha dicho que algunos de sus chicos están entrando en su habitación ahora.

—Entonces será mejor que cojamos una taza cada uno. Pero Dominic sigue siendo de Jase. —Henry se volvió hacia Jason—. ¿Has encontrado un pincho como te pedí?

Jason asintió, rascándose de nuevo la nuca. Cuando retiró la mano, Henry vio manchas de sangre en sus dedos y uñas.

Henry suspiró. —Venga, tío. Anímate un poco.

Cogió una taza de la superficie de la cocina, la sumergió en el cuenco con agua y se la pasó a Jason. Luego llenó el resto de las tazas de su mesa y se las pasó a Vinnie y Biggie.

—¿Y tú, Hen? ¿No decías que venías con nosotros?

Henry sonrió con malicia, cogió el cuenco con las manos y dijo: —No te preocupes, iré justo detrás de vosotros.

Los cuatro cruzaron a toda prisa el pabellón dos, en dirección a la habitación de Dominic en el tres, con la cabeza baja. No había ni un solo boquera a la vista. Perfecto. Alguien a quien tenía en nómina debía de haberlos quitado de en medio.

Los favores eran la nueva moneda de cambio.

Jason, Vinnie y Biggie llevaban las tazas pegadas a la cadera, fuera de la vista y lejos de cualquier atención no deseada.

Mientras tanto, Henry se esforzaba por detrás, intentando seguir el ritmo de los demás, a la vez que trataba de ocultar el napalm que llevaba en las manos.

Lo último que quería era que se derramara por el borde y le cayera en la piel.

Antes de salir, había cogido un trapo de cocina y lo había puesto encima del cuenco, pero no estaba resultando efectivo; el agua seguía salpicando el paño y calando el resto del material, empapando rápidamente el trapo. Y sus dedos.

A medida que recorrían el pasillo, obligaban a otros internos a apartarse ante su presencia, dejando tras de sí cotilleos, conversaciones y desconcierto.

En poco tiempo, los que se habían cruzado en el camino habían formado una fila y ahora los seguían, contagiados por la emoción de todo aquello, a pesar de que sabían que no debían hacerlo.

La violencia engendraba emoción. La emoción engendraba confusión. La confusión llevaba a la curiosidad.

Y un exceso de eso podía salir caro.

Vinnie iba a la cabeza, adelantándose con sus grandes zancadas.

Llegaron a un tramo de escaleras y las subieron.

El corazón de Henry latía con fuerza. Por un instante, las imágenes del cuerpo en llamas de Frank Graham aparecieron en su mente.

Seguidas por el olor, la vista, el sabor, el sonido de los gritos de Frank.

Se vio transportado de nuevo a aquella noche en la urbanización Dunsfield, vengándose del hombre que había matado a su hermana.

La emoción de todo aquello, los sentidos agudizados, la ferviente sensación de inmunidad.

Se deleitó en ello.

Con la adrenalina a mil, irrumpieron en el pabellón tres.

Vinnie giró a la izquierda y se dirigió directamente a la celda de Dominic, justo delante.

A no más de seis metros de distancia. Sonidos de risas, parloteos y música con bajos metálicos emanaban del pequeño hueco en la pared.

Henry miró por encima del hombro de Jason.

Osman, el segundo al mando de Dominic, estaba de pie con las manos en los bolsillos del pantalón, riendo, apoyado en la puerta.

Al acercarse a la celda, Osman los vio. Pero era demasiado tarde para reaccionar.