Capítulo 7
NAPALM
H enry Matheson se estaba acostumbrando a la vida en prisión preventiva.
Tenía una cama, aunque fuera incómoda. Calefacción.
Acceso a la televisión, a los últimos programas deportivos e incluso a películas.
Un compañero de celda que iba a lo suyo y que, o bien no se enteraba de lo que pasaba, o simplemente le daba igual.
Una mesa de billar, pimpón. Sofás. Hasta la comida no estaba tan mal.
Lo más importante era que tenía protección.
El tráfico de drogas y contrabando en la cárcel, con un poco de ayuda de algunos amigos en el exterior, había resultado ser más fácil que abastecer a medio East London.
La demanda era mayor, el suministro constante.
Y ambas cosas daban como resultado una sola: una acumulación de deudores que podían pagar en efectivo o haciendo favores.
Los favores, en el insidioso mundo del encarcelamiento, eran la nueva moneda de cambio.
Los favores mandaban. Los favores te libraban de meterte en líos.
Y no había límites que la gente no estuviera dispuesta a cruzar para conseguir su droga.
Mezcla a individuos altamente volátiles y destructivos con cantidades ingentes de estimulantes y sustancias químicas, y tendrás una olla a presión de drugos listos para practicar la ultraviolencia.
Henry estaba tumbado en su cama, leyendo un libro.
La naranja mecánica . El primer libro que caía en sus manos en mucho tiempo.
La biblioteca contenía toda una selección de obras con las que deleitarse, pero esta era una edición especial de Penguin —letras doradas, estuche con textura, páginas envejecidas y desgastadas— y le gustaba sobre todo por las dosis de spice que se escondían en algunas de sus páginas.
Uno de los muchos métodos que tenía a su disposición.
Esta edición en concreto la había introducido de estrangis uno de los últimos integrantes de su equipo.
Atrás habían quedado los días en los que se hacía llamar el líder de la E11, su cuadrilla.
Aquí él era el rey, pero no hacía falta un nombre de banda; todo el mundo sabía quién era, todos reconocían su rostro, todos entendían lo que significaba que él les hablara.
Podía protegerlos, ofrecerles seguridad a cambio de favores.
Y si no pasaban por el aro, sus problemas originales no tardarían en agravarse y cambiar de manos.
Él se convertiría en su problema, y se aseguraría de que aprendieran la lección.
Llamaron a la puerta. Era Jason, un ex toxicómano cuyo amor y adoración por las drogas se habían renovado desde que entabló amistad con Henry.
Se habían conocido cuando Henry compartió habitación con él, y luego su relación se había transformado en amistad.
Jason estaba inquieto, incapaz de quedarse quieto, y su mano derecha estaba permanentemente deformada por haber matado a alguien a golpes, según decían. Ese era su delito. Muerte a puñetazos.
Pero, como dice el refrán carcelario, era inocente. Al igual que todos los demás.
—¿Qué pasa, Hen? —dijo, sorbiendo por la nariz repetidamente. Se rascó la nuca con unas uñas ásperas—. ¿Tienes ya algo de material?
Jason no solo era el segundo de Henry, sino también uno de sus mejores clientes.
El mayor cocainómano que Henry había conocido jamás; se gastaba casi el noventa por ciento del sueldo que le pagaba Henry en la misma droga que se suponía que debía distribuir.
Cada vez que llegaba un cargamento, Jason se quedaba con la mayor parte y pagaba su parte.
De alguna manera que Henry desconocía, siempre conseguía el dinero.
Y si no podía, entraba en juego la nueva moneda.
Lo único que se podía decir de su relación era que Henry agradecía no haberlo tenido nunca como socio en el exterior.
Solo Dios sabía que habrían acabado encerrados a los cinco minutos de empezar a trabajar juntos.
—De momento no tengo nada, tío —respondió Henry—. Se supone que Skinner traerá algo con la comida del viernes. Al parecer, el cargamento se ha retrasado.
—Ah, tío. ¿No tienes nada más por ahí? Me vendría muy bien un poco. Sé que guardas tu reserva de emergencia en algún sitio.
Era cierto. Tenía una reserva de emergencia. Pero era para emergencias.
—Esto no es una emergencia —replicó Henry. Dejó colgar las piernas desde la litera superior y puso el libro a su lado—. ¿Qué se cuece por el pabellón uno? ¿Se portan bien los boqueras? ¿Algo de lo que deba enterarme?
—Solo un mierdecilla que no deja de preguntar por ti.
—¿A qué te refieres?
—Un tal Carlson. No quiere dar su nombre de pila. Llegó ayer mismo. Ha pasado la noche en el uno. No para de preguntarme por ti. Quiere saber si puede hablar contigo sobre algo.
Henry vaciló un momento. No era raro que los internos quisieran hablar con él para pillar una parte del pastel del narcotráfico. Pero cuando eran carne fresca, y acudían a él tras su primera noche... ahí era cuando empezaban a sonar las alarmas.
—Si tiene huevos de acercarse a mí a solas, le escucharé. —Henry se limpió la nariz con el dorso de la mano y se la secó en los pantalones—. ¿Algo más?
Jason negó con la cabeza violentamente y se rascó la nuca. —Nada, Hen.
Se rascó el cuello con más fuerza. Con tanta, de hecho, que Henry podía oírlo desde la cama.
—¿Qué te he dicho sobre eso? Vas a volver a hacerte sangre. Vas a contagiar a todo el mundo con tu sida.
—Yo no tengo el sida.
—Como sigas follándote a todos los nuevos en las duchas, lo tendrás.
—Aquí no hay nada de esa mierda de Cadena perpetua , Hen. Nosotros no hacemos esas cosas.
—¿Entonces qué hacéis? ¿Os sentáis a leer cuentos antes de dormir mientras os hacéis pajas?
Jason bajó la mano del cuello y se encogió de hombros con timidez. —A veces nos ponemos juguetones.
—Madre mía. —Henry se bajó de la cama y se ajustó el pantalón del chándal.
Otra cosa a la que se había acostumbrado en la vida carcelaria era al atuendo.
El conjunto de pantalón y sudadera de chándal gris no era su elección habitual, pero le había parecido sorprendentemente cómodo, sobre todo porque pagaba por un suavizante extrasuave en la lavandería.
Todo, y todos, fuera quien fuera o fuera lo que fuera, tenía un precio.
Y la mayoría de las veces, él podía permitírselo.
Se acercó a Jason, manteniendo la distancia suficiente para no oler el aliento rancio del otro hombre.
—Venga, Hen. Dime dónde está. ¿Dónde tienes la reserva?
—Te he dicho que no la vas a encontrar. Y si te pillo buscándola, te juro por Dios que te voy a desfigurar como le hicieron a Mark. Creo que Biggie todavía tiene los nudillos doloridos.
—No, no, no. No quiero líos de esos. Venga ya .
—¿Adónde ha ido a parar lo tuyo? El último cargamento llegó hace solo un par de días. Te di suficiente para que te durara hasta el final de la semana. ¿Ya te lo has ventilado todo?
Jason dejó de temblar y miró al suelo, como un niño que se prepara para el castigo.
—¿Jase? Jase, respóndeme. ¿Te lo has ventilado todo?
—No... Bueno... Mira... Más o menos...
—¿Dónde se ha ido?
—Dom me lo quitó ayer.
—¿Ah, sí?
—Él y sus chicos me asaltaron en la sala de recreo cuando estaba vacía.
—¿Por eso te sujetabas el estómago? Dijiste que tenías cagalera.
Al instante, por su mente pasaron una docena de formas de vengarse.
Últimamente, Dominic Radler, asesino y miembro de una banda de Liverpool, un cabrón de los grandes, se estaba tomando demasiadas libertades.
Le estaba quitando el negocio a Henry migaja a migaja.
Primero había sido un cargamento desaparecido, luego una pelea en el pabellón dos, algo que luego se reportó como un poco de guasa y entrenamiento entre dos reclusos.
Y ahora esto. Se había cruzado una línea, y era hora de hacer algo al respecto. De una vez por todas.
—¿Qué ha sido de tu pincho? ¿Lo has vuelto a perder?
Jason levantó brevemente la cabeza y volvió a mirar al suelo. —Yo... se me cayó por el váter el otro día, Hen. Estaba intentando cortarme las uñas con él.
—¿Mientras estabas puesto?
Jason asintió, con una mirada de absoluta vergüenza en el rostro. Había sido el único responsable de su propia desgracia.
Normalmente, Henry no sentiría lástima por alguien tan descuidado y estúpido. Pero Jason tenía algo diferente. Era como un niño pequeño que necesitaba protección. Como su hermana. La dulce Danielle. Se había ido, pero nunca la olvidaría.
Si algo había aprendido de ser un señor de la droga en los bajos fondos, era que sus enemigos siempre irían a por las cosas —o las personas— que más le importaban.
Por eso se había esforzado por distanciarse de casi todos los aspectos de su vida personal.
Era demasiado peligroso para todos los implicados, y la pérdida demasiado grave.
Primero fue Danielle, el siguiente sería Jason.
Sin decir nada, Henry se dirigió a la parte derecha de la estancia, a la pequeña zona de cocina que él mismo se había apañado. Allí tenía una taza, un cuenco, un hervidor y una caja de té. Al lado había dos bolsas de azúcar.
Henry llenó el hervidor hasta los topes con agua del grifo del aseo, lo volvió a colocar en la base y luego cogió las bolsas de azúcar, las abrió y vació su contenido en el cuenco.
—Henry... —dijo la voz titubeante de Jason a su lado—. ¿Qué estás haciendo?
—Prepara a los chicos. Luego busca a Dominic e infórmame. Voy a necesitar un par de manos extra —explicó Henry.
Jason asintió y salió de la habitación despacio, sin apartar la vista del cuenco de azúcar.
—Ah —le llamó Henry justo después de que saliera de la estancia—, y quiero que busques otro pincho. Me da igual de quién sea o lo que tengas que hacer para conseguirlo; búscalo. Y entonces, tal vez te deje pillar algo de mi reserva secreta.