Capítulo 6
EL EQUIPO DE ENSUEÑO
A la mañana siguiente, Jake estaba temprano en la oficina.
Había dormido poco debido a la sensación de dolor punzante en el brazo.
Jake, que solía ser aprensivo ante la visión de agujas e inyecciones y ante la sola idea de que algo le perforara la piel, había necesitado que lo calmaran; como consecuencia, a la enfermera le había resultado difícil controlarlo —y encontrar una vena—, así que le había pinchado con una brusquedad extra.
Al menos, consideró él, se había ahorrado la vergüenza de desmayarse. Por los pelos.
Jake acababa de acomodarse en su silla de escritorio cuando se abrieron las puertas de la oficina.
Entró Lindsay Gray, la jefa de instalaciones del edificio, una mujer que era una pieza ornamental en el tapiz del inmueble, sosteniendo su maletín para el portátil a un lado.
Llevaba sus gruesas gafas de montura de leopardo, pantalones negros y una americana negra.
Lo mismo que casi todos los días. Pero esta vez había una diferencia sutil.
—¿Collar nuevo? —le soltó Jake cuando ella dejó el maletín en su despacho.
Una gruesa línea negra rodeaba su cuello.
Ella se detuvo y se la sujetó, pasándola entre los dedos como si al hacerlo evocara recuerdos de un amante perdido, una primera cita, un primer beso.
Un pequeño corazón colgaba de la base del collar, con tres piedras negras en su interior.
Era una pieza de joyería espantosa, pero Jake no tuvo valor para decírselo.
—Me lo compró mi marido anoche. Era nuestro aniversario. Treinta años.
—¿Con la misma persona? ¿Cómo lo haces? —preguntó Jake.
Lindsay esbozó una sonrisa burlona, se quitó el abrigo y lo colocó en el respaldo de su silla.
—¿Problemas en el paraíso? —preguntó ella.
Al principio, Jake se mostró reticente a responder con sinceridad.
Por lo general desaprobaba mezclar su vida personal con la profesional —salvo en circunstancias atenuantes—, pero Lindsay tenía algo diferente.
Era la mayor de la oficina y, en cierto modo, le recordaba a su madre.
Era considerada, cariñosa, atenta. Sabía cosas.
Tenía experiencias de vida. Tenía las respuestas a preguntas que él ni siquiera sabía que necesitaban respuesta todavía.
Y estaba el valor añadido de que ella podía decirle cosas sin que él se enfadara, lo que significaba que la escuchaba y prestaba atención.
Teóricamente.
Eres igual de testarudo que tu padre.
—No es nada...—
A veces, si te cuentas la misma mentira una y otra vez, empiezas a creértela.
—¿Estás seguro? No suena a «nada». Y noto que se te hizo tarde anoche —dijo ella, acercándose lentamente hacia él. Se detuvo al otro lado de su escritorio.
—¿Por qué lo dices?
—Mi trabajo es saber todo lo que pasa por aquí.
Jake soltó una risita. —No hay nada que contar. ¿Café?
—¿Es que acaso hay que preguntarlo?
Con la cobardía calándole en la mente, Jake se levantó de la silla y se dirigió a la cocina. Para cuando regresó con las tazas en las manos, Lindsay ya estaba en su asiento con los auriculares puestos, inclinada hacia delante de forma que estaba a escasos centímetros de la pantalla.
—¿Has visto tus correos? —preguntó Lindsay cuando Jake empezó a caminar de vuelta a su mesa.
—En los últimos cinco minutos, no.
Lindsay pulsó el botón de su ratón.
—Darryl acaba de enviar uno. Parece que los dos vamos a pasar un tiempo juntos.
—¿Cómo que qué?
Ella se inclinó más, casi rozando la pantalla con la nariz.
—«Buenos días a todos, tened en cuenta que, a la luz de los recientes acontecimientos, los miembros de todos los equipos del edificio pasarán el día juntos realizando ejercicios de cohesión de grupo.
Habrá cuatro miembros en cada equipo. Vuestros equipos asistirán a una escape room , donde tendréis una hora para salir.
Ahora bien, como agentes de policía, esto debería ser pan comido para vosotros; para otros, no tanto.
Hemos reservado turnos para vuestra asistencia en el documento adjunto.
Por favor, familiarizaos con vuestros equipos y con la hora a la que debéis estar allí».
Lindsay terminó y se quitó las gafas de la nariz.
—A la luz de los recientes acontecimientos —repitió Jake con desdén.
—Creo que es una buena idea.
Jake no opinaba lo mismo. —Eso no va a traerle de vuelta.
—Pero podría ayudar en el proceso de duelo.
—Entonces no es un ejercicio de cohesión de equipo. Es un ejercicio de duelo. Al pan, pan, y al vino, vino.
Lindsay lo miró con la cabeza ladeada, confundida. —No creo que ese sea el dicho corr—
Jake levantó la mano. —Ya sabes a qué me refiero. —Y acto seguido regresó hecho una furia a su mesa.
Desde que se enteró de la noticia de la muerte de Roland Lewandowski, que se había propagado por el edificio como un resfriado común, Jake no había sentido más que rabia.
Una rabia cruda y pura. Que una de las mejores personas que había conocido en el cuerpo pudiera serle arrebatada era inimaginable.
Que hubiera muerto en Nochevieja, la noche de celebraciones y nuevos comienzos, resultaba aún más profundo.
Él y Roland habían trabajado en varios casos en el pasado, el más notable cuando Roland ayudó a Jake a atrapar al Destripador de Stratford, un asesino en serie sanguinario y perturbado que acechaba y acosaba a mujeres llamadas Jessica a través de una plataforma en la Dark Web.
Roland había sido fundamental en el caso y, más recientemente, Jake le había confiado la tarea de averiguar la identidad de El Cónclave a través de un puñado de correos electrónicos.
Lo que más le molestaba era que los detalles sobre su muerte habían sido escasos. De hecho, eran casi inexistentes. Estaba muerto: eso era todo lo que sabían.
El dónde y el cuándo eran obvios: el sargento Lafferty había encontrado el cuerpo de Roland a la mañana siguiente y ahora estaba de baja tras el hallazgo.
El cómo no se había explicado. El porqué no estaba justificado. El quién se dejaba a la imaginación.
Todas las respuestas que la mente insaciable de Jake requería estaban desaparecidas, perdidas en el éter.
—Espero que estés emocionado —gritó Lindsay desde su despacho.
—¿Por qué?
—Porque estoy en tu grupo —respondió ella unos segundos después—. Junto con Stephanie y Mason.
—¿Mason? ¿No está de baja por enfermedad desde hace tres meses?
—Lamentablemente, sí.
—Parece que seremos solo nosotros tres, entonces. El equipo de ensueño.
Le costó pronunciar aquellas palabras.
—¿Así es como nos vamos a llamar?
Jake se encogió de hombros. No quería gastar demasiada energía ni pensamientos en el asunto.
Aparte de todo lo que le rondaba por la cabeza, había una cosa que era prioritaria: el juicio de Henry Matheson.
El antiguo capo del hampa se enfrentaba a cadena perpetua por una lista de cargos tan larga como el brazo de Jake.
Pero el proceso se había retrasado una y otra vez mientras Henry intentaba conseguir un abogado adecuado.
Al parecer, Rupert Haversham, el abogado habitual de todos los cerebros criminales, ya no quería saber nada de él.
Un día eres el rey del corral...
—¿A qué hora nos toca? —preguntó Jake, volviendo gradualmente su atención al trabajo. Tenía mucho por hacer.
—A mediodía. Tenemos unas cuantas horas que matar.
—¿Solo unas cuantas? —replicó Jake con sarcasmo.